Manolo Berra: "Lo más justo era retirarme en Cipolletti"
El futbolista con más partidos en la historia del albinegro no continuará en la institución en la próxima temporada.
Manolo Berra no formará parte del plantel de Cipolletti que comenzará la pretemporada con vistas al Federal A, que arrancará el 16 de marzo próximo.
Hay ciertos seres que son irrefrenables. No importa la actividad que realicen. Seres que caminan por los pliegues de la historia como arquetipos de la voluntad, que llevan esa característica personal hasta el paroxismo. Manolo es uno de ellos.
Te puede interesar...
¿Qué moviliza a estos tipos a desafiar los límites de la lógica, a poner a prueba los patrones del orden natural de las cosas? ¿Dónde reside la respuesta a tanta constancia, a una perseverancia que a veces hasta suena incomprensible? ¿Está en el ADN, en la educación, en lo que se mamó de chico? Hay un poco de todo, seguramente.
“Mi viejo y mi vieja militaron toda la vida amor y pasión por lo que uno hace. Los Berra somos así en general, vamos al 110%”, explica el ahora ex jugador de Cipolletti. No son días fáciles para Manolo. Mientras el calor cala los huesos de todos por aquí, él atiende una chacra familiar, oficia de padre de tres hijas que son “la luz” de sus ojos, entrena para mantener atlético un cuerpo que ya cumplió 43 abriles y mantiene una sorda lucha interna con una herida que está en carne vida, que por momentos le incinera las vísceras, que hasta amenaza con estrangularle el habla.
“La sensación de mi salida es de dolor, porque creo que era más justo retirarme en el club, dentro del plantel, luchando como lo hice siempre. Mi sueño era despedirme de la gente con la camiseta puesta”. Dice Manolo, y calla. Lo demás lo manifiestan los gestos, la mirada que se pierde en los pasillos de la nostalgia y lo no dicho, que muchas veces habla más que mil palabras.
Sella los labios porque prefiere “ser respetuoso”, porque su salida de Cipolletti será en silencio y dejando una imagen inmaculada, la del jugador inquebrantable, capitán de tardes de alegrías y otras de lamento, hombre récord con la casada albinegra en torneos federales (286 presentaciones y 24 goles). Trabajador de voluntad inquebrantable. Se crio en el barrio Río Grande de Neuquén capital, en un ambiente donde muchos chicos jugaban a la pelota, pero también a iniciarse en el menester de los “rufiancillos”.
Sus padres se formaron en el escenario de las peleas, Manolo grande en el ring y el pugilato, Gloria Sifuentes en la batalla diaria de la política. La educación la recibió en casa y en la calle, y el fútbol fue su primer amor porque en muchas situaciones también ofició de rescate. El deporte como una verdadera metáfora de la vida. Con inferiores y bautismo en primera con la camiseta de Independiente (17 años), la oportunidad del Capataz de la Patagonia le llegó muchos años después, cuando Mingo Perilli cumplió con su promesa y él ya era figura y capitán del Diablo neuquino.
Hizo de la perseverancia un arte (le costó ganarse un lugar, más en el corazón del hincha) y de la voluntad su mantra. Durante los tres procesos que vistió la camiseta albinegra (2007-2011, 2012- 2015 y 2019- 2024) se puso bajo las órdenes de técnicos tan disímiles como Perilli, Yorno, Frutos, Roger Morales, Coronel, Raggio, Medero, Alecha, Gorer, Bonjour y Nasta, y convivió con dirigencias del más variado talante que suenan en los apellidos Arriaga, Boschi, Pierdominichi, Caldiero, Chelia, Rapazzo Cessio, Bastía, Gutiérrez, Del Río.
En las últimas décadas, apenas un puñado de años estuvo afuera de la institución albinegra. Trascendió procesos y categorías. Jugó de todo, desarmando la idea de aquellos que son inflexibles con los dibujos tácticos y la cosmovisión de un fútbol que se entiende de una sola manera.
Hace muchos años, César Luis Menotti, al que desde acá extrañamos horrores, con el carisma y la sabiduría que sólo poseen los elegidos en el arte del pensar y el decir, expuso una idea central, medular para quienes creemos que “el fútbol es la cosa más importante entre las menos importantes” (otra aventura literaria del Flaco). Dijo el gran César: “Al futbol se juega como se vive”. Y quizá en esa frase de la década de los ’70 exista mucho de lo que es Berra, en la cancha y en la vida.
En la vida de antes, la de más joven, un tanque que arrasaba por la banda, cabecea los rascacielos y tenía la fiereza de los indomables. En la vida de hoy, de la experiencia de décadas de partidos importantes, la de un futbolista de mente cartesiana y voluntad no perecedera, que quiere más, que mantiene la llama intacta. No lo diferencia haber jugado lesionado decenas de veces defendiendo los colores albinegros, o con dos costillas rotas en duelo a todo o nada. Tampoco haber resignado dinero y elegir Cipolletti antes que otro club, convencido a sponsores de aportar fondos, bancar a compañeros que no tenían para el pan del día, e incluso viajar a Formosa (sí, a Formosa) cuando estaba expulsado y tranquilamente era “más lógico” mirarlo desde acá por tevé, en la eliminación de la la temporada pasada.
Eso es realmente valioso, pero lo han hecho otros futbolistas, desde el compromiso y el amor por la actividad y la camiseta. Lo que lo diferencia es el dolor que emana por sus ojos. Eso y el silencio ante preguntas como las que le hace este escriba. ¿Te vas mal con alguien? ¿Esperabas otra cosa de la dirigencia? Manolo no dice, no cuenta. Prefiere callar a encender una polémica que podría estallarle en la cara a una dirigencia que recién arranca. No es su estilo. Quizá no conozca la frase del Flaco, pero la aplica a la perfección. Se juega como se vive. “Voy a extrañar el club, la cancha, la gente, el hincha que supo aprender a quererme y valorarme. A Cipo siempre le deseo lo mejor, porque ¡es grande de verdad!”.
Con 43 años, a la edad que ni siquiera los arqueros siguen con los guantes puestos, seguramente seguirá por un tiempo más en el extenuante derrotero del fútbol federal. Ya no saliendo del túnel de la calle O’Higgins, como capitán de un club que siente más que su casa. Tampoco lo dice, pero Manolo merecía otra salida. Alguna muestra de reconocimiento que estuviese a la altura de la faena cumplida. Una prueba más que el fútbol es tan bello y apasionante, como despiadado y repleto de injusticias.
*texto de Juanse Piscuchi
Leé más
Mateo Álvarez, el pibe de Allen que gambetea la distancia y juega en Racing
La Amistad, la derrota en la final y el arbitraje: "Era muy difícil no hacer una locura"
Del 300 For Ever a la Confluencia: San Isidro se reforzó con más de 20 jugadores del "Timao"
Noticias relacionadas
Lo más leído















