Monseñor Mariano Elorrieta, el creador del colegio Fátima
Monseñor Mariano Elorrieta, un religioso que habitó en Cipolletti y que realizó importante obra en pos de la educación en la ciudad, había nacido en España, en la provincia vasca de Alava, el 17 de octubre de 1911. A los 12 años inició su formación eclesiástica en el Seminario de Vitoria, capital de su provincia. Vivió en tiempos de la República Española y debió cumplir con el Servicio militar en Estella Navarra, cuando aún no había concluido sus estudios de Filosofía. Terminada esta etapa de su vida, su hermano mayor Ladislao lo mandó a llamar: era Párroco de San José en Villa Mercedes, provincia de San Luis.
El primer Obispo de Viedma, monseñor Nicolás Esandi, lo aceptó e ingresó como seminarista de la diócesis de Viedma, donde ejerció como profesor del seminario menor durante un año.
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Luego fue enviado al seminario mayor San José de La Plata: allí terminó los estudios de Filosofía y Teología. Fue ordenado sacerdote en la catedral de Viedma el 19 de diciembre de 1942. Un años después fue nombrado profesor del seminario y en 1945 asumió como su primer rector del clero diocesano.
En 1946 fue nombrado párroco de San Antonio Oeste y luego monseñor Esandi lo nombró párroco de la parroquia de Allen en septiembre de 1946. Debido a su actuación en la diócesis y juntamente con dos párrocos antiguos –los presbíteros Fausto Pigat y Octavio Luis de Roia- fue nombrado prelado doméstico por el Papa Pío XII en 1958: comenzaron a recibir el trato honorífico de monseñores.
En marzo de 1960 el obispo diocesano monseñor José Borgatti lo trasladó como párroco a la La Sagrada familia de Cipolletti: llegó acompañado por el presbítero Demófilo Fernández, vicario cooperador. Al poco tiempo del arribo, un grupo de madres le expresó el deseo de crear un jardín de infantes, deseo que se cumplió debido a sus gestiones y la tarea incansable de ese grupo de personas pusieron en marcha el proyecto al año siguiente cuando empezó a funcionar lo que es hoy el Instituto Nuestra Señora de Fátima, importante institución cipoleña que es merecedora de grandes elogios por su calidad pedagógica.
Monseñor Elorrieta fue una persona de bien en cuanto a su labor religiosa, testigo de ello es que ha quedado en el recuerdo de cipoleños con los que hemos conversado por haberlos bautizado, haberles dado su primera comunión, los ha casado y además supo aconsejarlos con las palabras justas cuando así lo requirieron.
De acuerdo con el derecho canónico, y por razones de edad, renunció a su parroquia en 1987 y se retiró a una casa de descanso. Fue sucedido por un equipo sacerdotal conformado por los presbíteros Santos Alegre y Jorge Fernández Pazos y el seminarista Gustavo Varela.
Monseñor Elorrieta falleció en mayo de 1988, luego de haber cumplido en la ciudad cipoleña una incansable tarea pastoral. Siempre tuvo presente el recuerdo de su tierra vasca pero su destino estaba en estas tierras de la norpatagonia, donde Dios le dio la oportunidad de ser guía espiritual de una comunidad cristiana a la que respetó y admiró. Nuestro homenaje a él y a toda su imperecedera labor.
Instituto Nuestra Señora de Fátima
Al realizar un recorrido por una institución tan importante como esta, nos nutrimos de historias narradas por sus propios protagonistas volcadas en material impreso al cumplir sus Bodas de Oro. Hoy tiene sesenta y un años de fecunda vida y hacemos un breve repaso por su historia.
Habíamos contado que, en 1960, al recién llegado monseñor Mariano Elorrieta un grupo de madres le sugirió y solicitó la creación de un jardín de infantes, solicitud que fue cumplida al año siguiente. Comenzó a funcionar en marzo de 1961 con 116 alumnos en dos secciones de preescolar, una sección de primero inferior y una sección de pimero superior. En el aniversario de Cipolletti, el 3 de octubre de 1961, monseñor José Borgatti, segundo obispo de Viedma, bendijo las instalaciones y lo inauguró oficialmente. De acuerdo con la bibliografía suministrada por el padre Jorge, párroco de la iglesia cipoleña, fue su primera directora Dora Gregores de Gotelli y luego asumió como vicedirectora. Amalia Lombera de Funes.
Desde España arribaron laicas consagradas que ejercieron como maestras: Isabelita, Cristina, Pepota, Concepción y luego Esmeralda, Ramona, Mercedes, Inés, entre otras maestras como Isabel Comendador, Josefa de Mora López, Cristina Rodríguez, Mary Luz Anderson e Hilda Kossman de Couto. La primera profesora de música fue Amanda Arolfo y la abanderada de la primera promoción de nivel primario fue María Eugenia Andrade. La cooperadora de la escuela, que nació paralelamente con el establecimiento, tuvo como primera presidente a Ebe de Gobich, Sra. que cumpliera destacada labor en la Biblioteca Juan B. Alberdi de Neuquén.
En 1971 monseñor Miguel Ángel Alemán que en esos momentos era el administrador apostólico en Viedma, nombró para la dirección a Vilma Etel Margarita Musso, acompañada por Tota de Funes.
Durante el largo camino de la historia de la escuela, muchas madres de alumnos, acompañaron con su trabajo solidario y ayuda económica a la labor desarrollada en ella. Recuerdan a Yolanda Chichi de Sandi, María de Cantera, Clementina de Pilotto, Sra. de De Lasa, Antonia de Pérez, Margarita de Salto, Sra. de Capoduri, Nancy Lapponi de Steffoni, entre otras.
En la década del ’80 se formó la Comisión de Padres (pro edificio), compuesta por los señores Romero, Steffoni, Zoppi, Enriquez, Lochbaum, Quintanilla, Carreras, entre otros que se fueron sumando a través del tiempo. Se comenzó la construcción del patio cubierto y de cuatro aulas lindantes al salón. En 1985 monseñor Miguel Esteban Hesayne, tercer obispo de Viedma, designó al representante legal del obispado, presbítero Jorge Álvaro Fernández Pazos.
Con el correr del tiempo se profundizó en lo pedagógico a través de la cultura cristiana. Se gestaron grandes proyectos en materia edilicia. Transcurridos veinticinco años de su inauguración, el instituto tenía catorce secciones primarias y dos secciones de preescolar, con más de cuatrocientos alumnos. En 1992 con las gestiones del padre Jorge Fernández Pazos y un grupo de maestros –Amalia Lombera, Stella Braicovich, Vilma Musso, Gloria Viola- y tres padres –Miguel Vera, Carlos Viola, Silvia Cerasuolo- lograron que el obispado de Viedma aprobara el proyecto de nivel medio. En agosto del mismo año, se jubiló Vilma Musso y asumió la dirección la Sra. Lombera de Funes, acompañada en la vicedirección por Norma Tugnarelli de Rodríguez. En 1993 llegó trasladada desde la dirección del Instituto Santa Catalina de Allen, Susana Llanos de Toth, que se hizo cargo de la vicedirección. En marzo del mismo año se concretó la apertura del nivel medio, con dos divisiones, ochenta y cuatro alumnos: su primera rectora fue la licenciada Stella Gladys Braicovich y directora del nivel la profesora María Celia Pocai de Maragoto.
Otras recordadas directivas fueron Silvia Barrilli de Sarno y Lola Sardiña. En 2000 se creó la Dirección de Nivel Inicial, con la designación de Nora Argez de Roberts. En febrero de 2002 asumió María Luisa Caporossi de Zanoni: se estableció una nueva modalidad interna de gestión, gestión compartida con dirección en los niveles inicial y primario. En 2006 fue nombrada directora de nivel medio la profesora Ana María Franco, vicedirector el profesor Horacio Vagnola. Unos años después fue trasladado del Instituto Santa Catalina de Allen como vicedirector el profesor Fabián Héctor Font.
Sus responsables han seguido la ruta trazada por los fundadores y continúan ofreciendo un centro de formación sólida basado en nobles objetivos: contribuir a la sagrada tarea de formar personas, mejorándolas y perfeccionándolas como seres humanos y alentando su vocación de servicio apoyada en su fe cristiana. En el camino de la verdad y el amor busca lograr el hombre nuevo que nuestro mundo actual tanto necesita y anhela. Por ese motivo el Instituto tiene un grupo armónico de alumnos, padres y docentes dedicados con cuidado a la labor formativa, con un gran espíritu familiar, que le da coherencia a la comunidad educativa.
Nuestro homenaje a esta enorme labor educativa y a la gran cantidad de personas que dieron lo mejor de sí en pos de este noble objetivo. Algunos de ellos ya no están, otros están jubilados, pero viven en cada aula, cada pasillo que recibe en épocas escolares a cientos de niñas y niños deseosos de aprender.
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