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Luis Longo, inmigrante italiano y sus descendientes

Llegó al Valle construyendo las vías del ferrocarril, y se quedó a vivir. Conoció a su pareja repartiendo pan y tuvieron seis hijos.

Una vez más dejamos constancia de que para recuperar las huellas el pasado del Valle, que marcó el rastro de una sociedad en la que todos nos conocíamos, es necesario realizar las entrevistas orales a descendientes de aquellas familias. Eso opera como un valor insoslayable para la autora de la nota, como así también la investigación en cuadernos o carpetas que los protagonistas han dejado a sus hijos.

Aunque es necesario destacar que la memoria libra batalla ante omisiones o cambios de nombres de determinados hechos perfilados en los relatos familiares. Personajes que antes de estar en la memoria estuvieron en la vida cotidiana de ese Alto Valle de los recuerdos; por ello es necesario recordarlos, rescatarlos, reconstruir sus historias de vida.

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Historia que no proviene de archivos ni documentos sino de pequeños relatos que forman la “gran Historia”, es decir la fuente cultural de un pueblo.

Juan Bautista Lilo Longo nació en General Roca el 6 de noviembre de 1921. Hijo de Luis Longo, un italiano nacido en Fiuvine, provincia de Alexandría, y de Ana Pallarol.

Como la madre de Luis falleció siendo él muy joven, su padre los envió a él y sus hermanos a distintos lugares: Luis se fue de Italia a Inglaterra a los 14 años y de allí lo embarcaron como grumete a Buenos Aires.

Llegó al Valle construyendo las vías del ferrocarril, y se quedó a vivir en General Roca. Allí conoció a Ana Pallarol, que trabajaba en una casa, y como don Luis repartía pan se conocieron.

De esta unión nacieron seis hijos: Luis, odontólogo; Ramón, que trabajó en el comercio con su padre; Rosa, modista y ama de casa; Pola, ama de casa; Juan Bautista, lechero y empresario; y Ana Elsa Monona, escribana.

Con dinero ahorrado, don Luis compró una panadería, a la que bautizó Italiana, ubicada en Don Bosco y Mitre de General Roca.

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Juan Bautista cursó la escuela primaria en General Roca, donde pasó su infancia y parte de su adolescencia. A los 20 años conoció a su primera esposa, Juana Bustamante, con la que se casó en Buenos Aires en 1944. En 1945 nació su primera hija, Silvia Liliana, médica, a la que el clima húmedo no la favorecía por un tema de salud, y por eso se volvieron a General Roca.

Juan empezó a trabajar en la lechería de Francisco Paco Fernández, que era dueño de cuatro tambos, en Roca. Envasaban leche higienizada en botella. A través de un ómnibus mandaban leche a Neuquén. Hasta que don Juan vino a Neuquén a estudiar la situación acerca del mercado para comerciar la leche. También ayudó en el reparto del pan de la Panadería Serrano a las colonias del ferrocarril.

Cuando regresó a Roca, y gracias a los conocimientos obtenidos, le comentó a don Paco la necesidad de repartir leche en esa capital provincial, y decidió venir a vivir con su esposa y su hija a la calle Sarmiento en un departamento de Dolores Serrano: ahí comenzó a repartir la leche con un carro, un caballo en donde transportaba ocho tarros de 20 litros cada uno.

“Íbamos casa por casa, arrancábamos desde la panadería La Estrella hasta las colonias de los ferroviarios por calle Sarmiento. Hicimos el reparto con 250 litros y a las dos cuadras se terminó la leche. Esto mostró la necesidad de venir a vender en esta capital”, recuerda don Juan. Le habían colocado un cascabel a la yegua, que se llamaba Lola.

La Andaluza, el negocio de don José Domene, estaba ubicado en la calle Sarmiento, frente a la panadería La Estrella: don Juan fue a hablar por teléfono a Roca y le enviaron mayor cantidad de leche, con lo que alcanzó a llegar hasta la confitería del Bar Ideal, en avenida Olascoaga. Posteriormente, cuando le enviaron mayor cantidad, alcanzó a repartir hasta la Usina, en San Martín y Láinez, donde estaban los motores de la luz.

La demanda de la leche crecía tanto que tuvo que comprar otro carro y contratar un empleado; a los 6 meses compró otro más. “Llegué a tener cinco carros” recordaba Juan.

Luego compró un terreno de 20 por 50 metros en Carlos H. Rodríguez al 1100, lugar en que ataba los carros y los caballos para salir a vender la leche. También comenzaron a vender leche a YPF en Plaza Huincul: transportaba en ese viaje, además, vino de familia Bilo en bordelesa, de la localidad de Allen.

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Cuando hacía sus repartos de leche, se le presentaron otras oportunidades de reparto, así que trajo también tambores de combustible: con un socio compraron seis camiones y viajaban de Plaza Huincul a Bariloche.

Cuenta Longo que por medio del escribano Carulli se contactó con Sebastián Rodríguez y compró la bodega Viñagrande, ubicada cerca de Plottier. Realizaba estas tareas sin dejar de lado el reparto de leche. Además, con dos socios compró la empresa de transporte La Neuquina: al principio iban a Barda del Medio y a Colonia Inglesa.

Vallelec, planta pasteurizadora de leche

“La leche en bolsa” como se la llamaba a la leche en sachet. Juan abrió la pasteurizadora en su terreno de Carlos H. Rodríguez al 1100, alrededor de 1968; cerca del Aeropuerto tenía 55 vacas que le daban 500 o 600 litros de leche por día: se “ordeñaba a mano” rememoraba.

La cárcel le compraba 150 litros de leche por día y el hospital, 100.

Recordaba Longo: “repartía le leche en las casas en que muchas veces no estaba la dueña, se dejaba la puerta abierta, no había problemas de seguridad. Me dejaban la leche y la confianza.”

El amor por los caballos

Ya a los 14 años tenía caballo de carrera. “En 1958 compré a Primordial, puro de carrera, mi madre le hizo la manta”. Posteriormente, tuvo a 2º Primordial, que ganó dos Grandes Premios Carlos Pellegrini, el gran premio de la hípica de nuestro país.

Su lúcida mente –que todavía atesoraba muchos recuerdos del Neuquén de ayer, hace unos años cuando lo entrevisté— se abrió para evocar el pasado, su pasado. Sus últimos veinte años los vivió en Canal 5, donde se instaló cuando vendió todo, al enfermarse del corazón.

Tuvo cuatro hijas, muchos nietos y bisnietos.

Una historia de vida más, plagada de pequeñas historias valletanas que hacen a nuestra identidad, a la identidad de todos los habitantes que habitan este suelo.

Recuperar las huellas del Alto Valle territoriano y provincial con la llegada de migrantes que sellaron los signos para que nuestras ciudades, antes territorios y devenidos provincias, es nuestro objetivo para que esos protagonistas no marchen al olvido y para mostrar una Norpatagonia al que la gran mayoría de habitantes de hoy desconoce. Historias entrelazadas de Río Negro y Neuquén.

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