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Los últimos días de Rodolfo Walsh, el periodista rionegrino que no pudo callar la dictadura

Este 25 de marzo se cumplen 44 años del día de su desaparición física. Cómo y dónde pasó sus últimos meses, mientras redactaba la excepcional Carta abierta a la Junta Militar.

La firmó como Rodolfo Jorge Walsh, ni más ni menos que su nombre. No decía “Esteban” ni “Neurus”, sus alias desde que Montoneros habían pasado a la clandestinidad el 8 de septiembre de 1974. Tampoco, al pie, tipeó Norberto Pedro Freyre, como se leía en su nueva cédula de identidad, la que le daba de manera oficial un nombre y un apellido falso que le permitían moverse lo más parecido a un fantasma e incluso hasta comprar un terreno con una casita en el barrio El Fortín de la localidad bonaerense de San Vicente, a unos 50 kilómetros de la Ciudad de Buenos Aires. Mucho menos puso “Beto”, el apodo falso del nombre falso, tal como lo conocieron sus vecinos de esa casa donde vivió los últimos meses de su vida: Beto, un profesor de inglés jubilado.

La Carta Abierta a la Junta Militar llevaba debajo el verdadero nombre de quien la había escrito, porque era de él, de Rodolfo Walsh, el descendiente de irlandeses que nació en Río Negro, en Lamarque, colonia de Choele Choel, el 9 de enero de 1927. El que cincuenta años después de aquel acontecimiento, con mucha tinta, tiempo y sangre que había corrido bajo el puente, estaba decidido a volver a escribir, y tecleó con muchas ganas de decir en su máquina de escribir portátil de marca Olympia. Tecleó, también, con la angustia y la obstinación de quien necesita empezar y debe terminar, como buen periodista gráfico, para cumplir con una fecha y hora de cierre. Era una autoimposición, en realidad, y era el 24 de marzo de 1977 esa fecha: el primer aniversario del golpe militar.

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Rodolfo Walsh quería “regalarles” a los militares su manifiesto, lo que fue su última obra y testamento. Porque al día siguiente, el 25 de marzo, lo asesinaron. Un grupo de tareas de la ESMA (el 3.3.2), con Alfredo Astiz al mando, desplegó un operativo en el barrio porteño de San Cristóbal. Sabían que el escritor estaría allí, donde había acordado algunas reuniones en las que entregaría, para empezar a hacerla circular, su Carta Abierta. Claramente, una de esas reuniones fue una trampa, una emboscada, y el entregado terminó siendo él.

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Una situación que no pudo anticipar a pesar de haber ido vestido desde San Vicente (viaje que hizo en tren y colectivo, porque su Fiat 600 ese día no arrancó) con una camisa tipo guayabera de color beige, un pantalón marrón y un sombrero de paja, quizá buscando parecerse más un turista cubano paseando por la calurosa Buenos Aires que a un escritor que desde la clandestinidad se disponía a denunciar a la Dictadura argentina. Llevaba un maletín negro con un doble fondo donde, escondidas, iban las copias de la carta. También, por las dudas, portaba una pistola Walther PPK calibre 22, con cierto parecido a las que usaba James Bond, aunque lo que viviría en el cruce de las porteñas avenidas San Juan y Entre Ríos nada tuvo que ver con la ficción ni con el célebre agente 007. Unos 25 hombres lo rodearon, lo dejaron sin salida y apenas con tiempo de sacar su pistola y hacer algún disparo antes de recibir una ráfaga de ametralladora. Herido de muerte, fue cargado en un auto y se lo llevaron directamente a la ESMA antes de que su cuerpo desapareciera para siempre.

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Rodolfo Walsh.

Rodolfo Walsh.

Su texto póstumo, que fue calificado por Gabriel García Márquez como “una obra maestra del periodismo universal”, no vio la luz en la Argentina cuando él quiso, por más que se encargó junto con su pareja de la última década, Lilia Ferreyra, de despacharla en el circuito clandestino que dominaba a partir de la creación de la ANCLA (Agencia de Noticia Clandestinas). Incluso, según comentó la mujer, hizo algunos envíos en la Plaza Constitución, al sur de la Ciudad de Buenos Aires, horas antes de ser asesinado. Incluyó a los grandes diarios nacionales, claro, pero éstos nunca la publicaron hasta 1983, cuando la época ya era otra.

Esa Carta Abierta guarda una claridad y una contundencia que impactan todavía más con el tiempo transcurrido. Describe y denuncia secuestros, torturas y muertes, afirma que no se trata de la lucha de la Triple A contra la subversión, con las fuerzas militares en el medio, sino que “las 3 A son hoy las 3 Armas y la Junta que ustedes presiden no es el fiel de la balanza entre ‘violencias de distintos signos’ ni el árbitro justo entre ‘dos terrorismos’, sino la fuente misma del terror que ha perdido el rumbo y solo puede balbucear el discurso de la muerte”. Y enuncia que “el primer aniversario de esta Junta Militar ha motivado un balance de la acción de gobierno en documentos y discursos oficiales, donde lo que ustedes llaman aciertos son errores, los que reconocen como errores son crímenes y lo que omiten son calamidades”.

Pero también habla del plan económico -llevado a cabo por José Martínez de Hoz- y anticipa el desastre que se vendría en breve interpretando como una peor violación a los derechos humanos a la política económica del gobierno en donde “debe buscarse no sólo la explicación de sus crímenes sino una atrocidad mayor que castiga a millones de seres humanos con la miseria planificada”. Y recién comenzaba 1977...

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Rodolfo Walsh.

Rodolfo Walsh.

Walsh, posiblemente, pudo haber escapado al exilio, rumbo algún punto de Europa. Sin embargo, decidió quedarse pese a los enormes riesgos que eso significaba para su vida. En ese tiempo, sufrió una noticia trágica, que tenía que ver con militantes caídos en combate aunque no cualquier militante: su hija mayor, María Victoria. El 29 de septiembre de 1976, un imponente operativo militar que incluyó helicópteros, carros de asalto y decenas de soldados, alteró la calma del barrio de Floresta, en el oeste capitalino. Sobre la calle Corro al 100 había una casa “marcada” y que fue literalmente bombardeada.

Ahí estaba María Victoria Walsh, que resistió todo lo que pudo hasta que entendió que no había solución ni escapatoria. Sólo quedaba un camino, algo que tenía planeado junto a su pareja para un caso así: suicidarse. Y eso hizo (eso hicieron) delante de los propios soldados, quienes oyeron cómo antes de pegarse el tiro mortal, la joven mujer les dijo “ustedes no nos matan, nosotros elegimos morir”.

En lo que quedó de esa casa completamente abollada por los balazos, escondido, los militares hallaron al pequeño hijo de Victoria, al nieto de Rodolfo Walsh. Al tiempo, el niño fue restituido a sus abuelos paternos y el autor de Operación Masacre escribió una carta en la que decía que “Vicki” eligió el camino “más justo, el más generoso, el más razonado. Su lúcida muerte es una síntesis de su corta, hermosa vida. No vivió para ella, vivió para otros y esos otros son millones”.

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A su nueva casa de San Vicente, Rodolfo tenía mucho por hacerle pero estaba bien para las expectativas que tenía, que esencialmente pasaban volver a escribir (tarea que había postergado cuando se intensificó su dedicación a la militancia) y seguir luchando contra el régimen que se había establecido en el poder. Siempre junto a su compañera, Lilia Ferreyra. En lo que al cabo terminaron siendo sus últimos días, guardaba un entusiasmo muy particular porque dentro del contexto negativo que se estaba viviendo, y que él particularmente experimentaba acarreando el dolor por el asesinato de su hija, el sábado 26 de marzo tenía prevista una visita muy especial: su otra hija, Patricia, le llevaría a su nieto, quien había nacido unas semanas antes, el 9 de marzo y a quien el abuelo no había podido aún conocer.

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Por eso, además de desmalezar y poner en las mejores condiciones posibles el terreno, donde no había luz (se alumbraba con lámparas a kerosene) ni gas ni agua potable (era de pozo y se bombea de forma manual) ni tampoco cloacas, estaba terminando de preparar la parrilla porque ya tenía decidido que el menú para ofrecer a sus invitados sería asado. Pero ese día, el 26 de marzo de 1977, ya no tendría a Walsh entre los vivos.

Sí a su hija, a su viuda y a su entonces yerno, el periodista Jorge Pinedo. La joven pareja, que además tenía una niña de tres años, pasó a buscar a Lilia por el barrio de Palermo, donde la mujer había ido a rescatar algunas pertenencias que habían quedado en el departamento donde había vivido junto a Rodolfo antes de mudarse en diciembre a San Vicente. Cuando llegaron al barrio El Fortín, tomaron la calle de tierra Triunvirato y advirtieron enseguida que el ansiado asado pensado por Rodolfo no se haría. La tranquera estaba abierta, el interior desordenado, las ventanas y puertas violentadas.

“Parecía bombardeada, con las paredes acribilladas a balazos, todo tirado y hasta el inodoro estaba en el jardín”, relató Pinedo en el juicio que se llevó a cabo en 2011, en el Tribunal Oral Federal N° 5, que condenó a prisión perpetua (entre 18 a 25 años) a 15 acusados (entre ellos a Astiz y al Tigre Acosta) de lo que se denominó la “causa ESMA”, proceso que esclareció, entre otras cosas, cómo atacaron a Walsh. Incluso, hubo testigos, ex detenidos en la ESMA, que confirmaron que vieron al escritor llegar a la Escuela Mecánica de la Armada en el barrio de Núñez, de mínima muy malherido. Además, en el operativo en la madrugada de 26 de marzo en San Vicente, robaron papeles y documentos, entre los que había montones de trabajos terminados o boceteados de Rodolfo.

¿Cómo supieron que la pareja estaba en San Vicente? En el maletín que llevaba Walsh, además de su Carta Abierta, tenía el boleto de compra venta que el martillero Victoriano Matute le había entregado en mano a “Norberto Freyre”, con quien se había cruzado en la estación del tren antes de que aquél, con su sombrero de paja, viajara a la Capital el 25 de marzo. Los miembros del grupo de tareas le hicieron una visita nocturna a Matute y luego, con la información que necesitaban, continuaron para la casa que saquearon y destrozaron (que desde 2008 es Patrimonio Cultural, Histórico y Arquitectónico de la ciudad).

Esa obra robada fue a parar a un armario en el sótano de la ESMA, según confirmó años después el docente universitario y abogado, Martín Gras, por entonces detenido en aquel lugar, quien se topó con los textos de Walsh al esconderse en un armario y también tropezó (tenía puesta una venda en los ojos) con algo que resultó ser el cuerpo muerto de Rodolfo, a quien pudo espiar por encima del “anteojito” (como llamaban al antifaz que llevaban puestos todos los presos) y verle la cara y el pecho roto por los balazos recibidos.

Justamente la memoria de Gras, quien leyó parte de esos escritos que halló en el armario y retuvo algunos párrafos, ayudó a la de Lilia Ferreyra a tratar de reconstruir un cuento de ficción que Walsh había terminado junto a la Carta Abierta y se llamaba “Juan se iba por el río”. Ese cuento concluía cuando Juan intentaba cruzar a caballo el río que se había secado, y mientras se perdía en el horizonte el agua volvía para recuperar su lugar. Lilia contó que le hizo a Rodolfo la pregunta obvia ante un final así: “¿Llegó Juan al otro lado del río?”. Y la respuesta del escritor, en cierto modo, encerró una metáfora de su vida y su propio final: “No se sabe, lo importante es que lo intentó”.

-> La Carta abierta a la Junta Militar

CARTA ABIERTA RODOLFO WALSH.pdf

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