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Vende tortas fritas y rosquitas en la calle y estudia derecho "por las injusticias del pasado"

Lourdes empezó a los 14 años con el emprendimiento junto a su amigo Francisco. El sueño de la panadería propia y de convertirse en una “abogada humana”.

Salió, al fin, el sol y Lourdes aprovecha para ofrecer rosquitas recién sacadas del horno tras varios días de lluvia en los que la grande estrella de su conocido puestito ambulante fueron “las tortas fritas”. Está como siempre en Naciones Unidas y González Larrosa. Comenzó a los 14 años y hoy, con 19, sigue firme.

Estudia derecho continuando el legado de su madre y sus tíos y a la vez porque en el pasado “sufrí muchas injusticias y me gustaría ser una abogada justa y humana”.

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Su otra gran aspiración en la vida consiste en consolidarse en la gastronomía y tener “mi propia panadería”, para seguir sacándole provecho a las habilidades que heredó de la otra parte de su familia, la paterna (“mis abuelos tenían Rotivianda, trabajaron en el hotel Ludman y manejaban la cocina del club Marabunta y mis tíos también están en ese rubro de los cocineros”).

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Lourdes vive con su abuela estudia derecho y ayuda en los gastos vendieno tortas fritas. Foto: Antonio Spagnuolo.

Lourdes vive con su abuela estudia derecho y ayuda en los gastos vendieno tortas fritas. Foto: Antonio Spagnuolo.

El joven Francisco es su mano derecha, su compañero en esta increíble aventura que iniciaron “un verano yendo casa por casa porque queríamos tener nuestra propia platita”.

“Yo cursaba el secundario y recuerdo que arrancamos con las tartas de manzana, luego surgieron las rosquitas, las tortas fritas, las bolas de fraile, los panes rellenos… Fran ahora no está viniendo tanto porque pegó otro laburo, pero siempre fue un pilar en el emprendimiento: es el que amasa, fríe, reparte en bici. Sin él no saldrían las cosas riquísimas. Antes yo tomaba pedidos, diseñaba las rosquitas y ahora que él no está hago de todo”, señala la joven apretando sus dientes y luego esbozando una sonrisa.

Locuaz y carismática, explica por qué eligieron esa concurrida esquina para la venta ambulante. “Una tarde estábamos apurados, íbamos para Contralmirante Cordero, no teníamos tiempo para ir casa por casa y habíamos visto que una señora se había vendido todo en ese lugar. Y empezamos a quedarnos ahí. La gente ya nos encarga, nuestra bici está pinchada para los repartos, pero ya nos conocen y compran. El boca a boca es clave”, asegura mientas entrega una de las 6 docenas que preparó a cambio de $5.000 (“la media cuesta $3.700”).

Con las torta fritas ayuda con los gastos a su abuela

Tiene las cosas bastante claras para su edad. Una madurez y ganas de progresar fuera de lo común. “Me sirve lo que recaudo para comer, para ayudar a mi abuelita paterna con la que vivo en las 1.200 y es una genia. Mi mamá, que trabaja en el Juzgado de Paz, me paga la facu en la Siglo XXI de Cipolletti y yo después me arreglo y aporto también en la casa, porque mi nona no pudo jubilarse y sigue cocinando”, confiesa, siempre responsable y consciente de la situación.

El emprendimiento fue creciendo y hoy las redes sociales, sobre todo Instagram (Del Valle Rosquitas) son otra de las patas clave del proyecto. “Nosotros publicamos que ya estamos en la esquina vendiendo y vienen y nos sacan las cosas de las manos. Capaz que en una hora vendo todo”, celebra feliz por el impensado éxito comercial.

Admite, eso sí, que por la crisis hubo que ajustar los números y hacerla menos lujosa, prescindir de algunos chiches en la presentación de las delicias... “A la bolsa antes le ponía el sticker, el logo del emprendimiento. O una frase como ‘muchas gracias por elegirnos, etc’ pero la plancha está cara ahora”.

A pesar de que sabe que “primero está el estudio”, sueña con ir dando pasitos en la vida, capitalizarse y a la vez continuar ligada a su pasión gastronómica. “El emprendimiento lo uso para llegar a la moto, tengo esa meta y trato de ahorrar para tener mi propia movilidad. Luego podría cambiarla y así hasta alcanzar el auto. Y también sueño con abrir una panadería con Fran en el futuro y que la gente nos reconozca, que puedan tomarse un cafecito en nuestro local, sería hermoso pasar de la calle a un comercio”, cuenta.

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Lourdes vive con su abuela estudia derecho y ayuda en los gastos vendieno tortas fritas. Foto: Antonio Spagnuolo.

Lourdes vive con su abuela estudia derecho y ayuda en los gastos vendieno tortas fritas. Foto: Antonio Spagnuolo.

Cuenta que estaba entre abogacía y psicología, pero más allá de la influencia de su familia materna, repleta de letrados, se inclinó también por esa carrera “por mi pasado, pues sufrí muchas injusticias”.

Y se anima a una suerte de catarsis. “Yo a mi papá no lo veo hace mucho tiempo, me dejó de lado, sufrí muchas injusticias, pero ya está... Pasé muchas cosas y por eso decidí quedarme con abogacía, me gustaría ser una abogada justa y humana, luchar por lo que hay que luchar, no por la plata", relata.

Quiere ser "una abogada que se ponga del lado de la víctima. Me inspiran lógicamente mi mamá, que se recibió de abogada con dos nenas haciendo gran esfuerzo, mi tía, mi tío…”, revela en el tramo más triste de la charla".

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Lourdes vive con su abuela estudia derecho y ayuda en los gastos vendieno tortas fritas. Foto: Antonio Spagnuolo.

Lourdes vive con su abuela estudia derecho y ayuda en los gastos vendieno tortas fritas. Foto: Antonio Spagnuolo.

Contención, cariño y aguante no le faltan. “Muy agradecida con mi mamá María Lujan, con mi abuela Fita y mi tía Maria Jesús, que me apoyan en este emprendimiento, a pesar de que al principio no estaban tan de acuerdo jaja. Lo hago porque me gusta tener mis cosas, amo la gastronomía y el emprendimiento y ellas son las que me llevan a comprar a los mayoristas, me acercan al puestito etc”, destaca la ayuda de esas tres mujeres claves en su vida.

Tampoco se olvida de María Gabriela, una amiga que “nos brinda el lugar, nos presta el espacio para cocinar y me queda a dos pasos de donde vendo, más no puedo pedir”. Ni de sus hermanas “Ariadna y Dulce, clientes fijas, cuando me sobra ellas me compran”.

La anécdota de la sombrilla

Días pasados Lourdes hizo público un agradecimiento a los chicos de la vinoteca de la cuadra que le acercaron una sombrilla para que no se mojara. “Yo estaba entregando tortas fritas y me sorprendió el buen gesto. No es habitual en la sociedad de hoy en día y hay que destacarlo. Lo mismo que esos abuelitos que pasan y nos dicen ‘felicitaciones chicos, qué bueno que estén trabajando, pero no dejen de estudiar’ y cuando les cuento que voy a la facu aplauden".

También, contó, "pasa gente que no nos compra, pero nos dan plata. Y en la calle se conoce a muchas personas, algunos ya son amigos, como los malabaristas, gente muy buena y trabajadora”, culmina. Ella también lo es. ¡Una masa esta chica!

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