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La historia del orfebre con más de 40 años en Cipolletti: "Nos gusta ser parte de momentos importantes"

Daniel Lillo, joyero desde los 10 años, abrió su primer local en 1985 y hoy trabaja junto a su hijo Mauro, que modernizó el taller con tecnología láser. Padre e hijo hablaron del oficio que se resiste a desaparecer, de las crisis y de la confianza como principal capital.

Cuando se habla de orfebrería, se habla de la habilidad con las manos y, por sobre todo, de la paciencia. Daniel comenzó a los 10 años y afirma que no está en su planes dejar su taller.

La joyería Daniell’s es un clásico en la ciudad. Por aquí vienen los que compran religiosamente sus regalos para ocasiones especiales y quienes juntan peso a peso para llegar a esa pieza tan especial.

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En diálogo con LM Cipolletti, José Daniel Lillo cuenta que un 8 de diciembre de 1985 logró abrir su propio negocio. Sin embargo, su recorrido comenzó a los 10 años cuando era cadete en una joyería de la ciudad. A los 12, el patrón lo dejó a cargo y él agrega: “No me volví a olvidar nunca eso, fueron mis primeros pasos”. Luego vendría el servicio militar y los planes que vendrían serían otros. No obstante, había una certeza: “este oficio lo llevaba dentro” y, por suerte, se escuchó. La historia tiene un presente feliz continuo.

Lo más preciado: sus hijos

Cuando nacieron sus hijos, la situación laboral, económica y familiar cambió. Junto a Marcela, se encontraban buscando ayuda. Sin obra social y con un pequeño que necesitaba tratamientos por problemas de visión, viajaron a Buenos Aires en tren para ser atendidos en el hospital de Niños Ricardo Gutiérrez. Luego nació Mauro y tenía el mismo problema y requirió realizar un trasplante de córneas. El camino no ha sido fácil para ellos, de hecho, él mismo cuenta que su hermano tiene más de diez cirugías.

Lo que podían ser ahorros, se transformaron en inversión para que los hijos tengan una mejor calidad de vida. Aquí, Daniel se emociona porque en su historia reconoce que su mayor fortuna, son sus hijos.

Y cuando todo parecía perdido…

Volviendo a la vida laboral, en esa época trabajaba "a puertas cerradas" como tallerista para joyerías y relojerías de la región, entre ellas las de Villa Regina, Roca y Neuquén. Fue un viajante que visitaba a un colega quien le advirtió que estaba en un lugar de mucho paso y que debía poner algo a la venta.

Así abrió su primer negocio en la calle Esmeralda, al que siguieron mudanzas por otros puntos de la ciudad. Fue en esos años de crisis, con deudas en dólares que se multiplicaron por cuatro cuando se disparó el tipo de cambio, cuando estuvo cerca de irse a trabajar a Chile. "Pensé en vender la mercadería a algún colega y probar suerte allá", cuenta.

Daniel cuenta que su idea era ir a Chile para mostrar su trabajo y probar suerte pero la vida, tendría otros planes.

Una conocida le avisó que de un local desocupado más cerca del centro. Era un garaje convertido en un pequeño comercio. El dueño, un médico retirado que vivía en Comodoro Rivadavia, se lo alquiló a un precio accesible y sin aumentos durante un año y medio, aproximadamente. Allí se dio el giro y recuerda: "En menos de seis meses salí de toda la deuda y cuadrupliqué las ventas", resume.

Los inicios de Joyería Daniel's en 1985.

Los inicios de Joyería Daniel's en 1985.

El momento de la expansión

La joyería creció y el taller también. Primero fueron los grabados a mano sobre piezas de joyería; después, el grabado con diamante, el más clásico; más tarde, la incorporación del láser. Hoy cuentan con cinco máquinas y aseguran tener la primera de la ciudad capaz de grabar materiales como cuero y vidrio, con tecnología de fibra y CO2. Las máquinas ya no entraban en el local original, así que sumaron otro espacio.

Ahí está al frente Mauro Lillo, que se sumó al negocio al año y medio de terminar el secundario, aunque desde chico ayudaba al salir de la escuela. "Siempre quise estar acá", dice.

Su especialidad es el grabado: placas, reconocimientos, termos, mates, agendas, lapiceras y llaveros para municipios, asociaciones, clubes deportivos y empresas. Estos días trabajan en los reconocimientos que se entregarán a comercios por el aniversario de la ciudad. Hace poco resolvieron un pedido de 1.500 piezas, entre estuches, bombillas y bolsas, todas con logo, grabadas una por una. "No hay máquina a la que le metas 20 mates y salgan los 20", explica. Por eso a la hora de buscar gente para trabajar, es necesario que se comprenda que este tipo de tareas demandan paciencia, concentración y un trabajo en serie que necesita atención.

El equipo se completa con un cadete y tres vendedoras. Para Daniel, el desafío es otro: "Le digo a Mauro que tiene que delegar, que aprenda otro. Pero no es el mismo entusiasmo". Mauro admite el cansancio, aunque el balance familiar, dice su padre, "siempre fue positivo".

Un oficio que se va achicando

Daniel y sus colegas de Buenos Aires coinciden en que es difícil encontrar jóvenes dispuestos a aprender joyería y relojería. "Hay que tener paciencia y habilidad de mano, y hoy prefieren una computadora", lamenta. Grabar a mano con buril una medalla de oro, dice, "es un trabajo de orfebre" que se pierde a medida que los maestros se retiran.

También destaca el valor de la restauración: el anillo del abuelo roto y pegado con adhesivo, la cadena de la mamá, la pieza con valor sentimental. "Ese trabajo no lo hace nadie", asegura.

Confianza, antes que nada

Sobre las compras por internet, Daniel es claro. Ha visto piezas que se ven hermosas en foto y resultan huecas, o con una calidad muy distinta de la esperada. "Es un rubro que se maneja mucho del lado de la confianza. La persona que le quiere regalar una cadenita a su hija de 15 años la busca en un lugar de confianza". Las redes sociales y el WhatsApp sirven para consultar y mandar fotos, pero casi todos terminan acercándose al local. No obstante, dejan ver la preparación de piezas muy especiales:

También habla del impacto de las crisis. Para que las piezas se puedan vender, los gramos se redujeron: "De 3 gramos pasamos a uno y medio, pero no dura nada, se tuerce y se salen las piedritas". En ese contexto, hacer joyas que perduren se vuelve casi "un acto revolucionario".

Una clientela que espera

Daniel reconoce que los plazos muchas veces se estiran a 35 o 40 días y la gente lo espera. Hay clientes que lo siguen desde la época de la calle Esmeralda, en 1985. "Se corre la voz: "Mirá que Daniel está atrasado", pero hay confianza.

Aunque Mauro es el único que continúa en el oficio, ya que su hermano se dedica a la actividad inmobiliaria, ambos esperan que haya una vuelta de tuerca para el rubro. Notan que se casa más gente y que la economía empieza a moverse. "Nuestro rubro tiene que ver con la celebración: un nacimiento, un cumpleaños, un casamiento. Cuando todos estamos bien, siempre hay un motivo para hacer un regalo".

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