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Es contadora, acá no puede ejercer y vive de su pasión: hace muñecos y artesanía

Rosángeles llegó a Cipolletti desde Venezuela. Se enamoró de la región pero eso sí: por burocracia no trabaja de su profesión y sobresale en otro rol. Y así cría a la hermosa Rosangelina. Su historia de lucha y sueños.

Tiene mucho carisma, una sonrisa fácil y encantadora y ese tonito extranjero que siempre suma en las relaciones sociales. Rosángeles Hernández cae bien enseguida, de esas personas agradables que vale la pena encontrar.

Tras varios años en la región ya incorporó costumbres argentinas y por eso en Nochebuena se apareció con un fernet y una coca a la chacra orense del Rusito y Doris (Las Calandrias) para brindar con sus entrañables amigos. "Traje del bueno, así que tomen", invitó la ronda y todos obedecieron...

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Rosángeles, en un brindis en un cumple que festejó en Oro.

Rosángeles, en un brindis en un cumple que festejó en Oro.

Es venezolana y se recibió de contadora. Con las cuentas y los balances no le iba nada mal en el caribe pero cuando por priorizar a su hija buscó nuevos horizontes y escapar de un modelo de país que para ella retrasa, se topó con un obstáculo impensado.

Aquí por cuestiones más burocráticas que académicas no le reconocen el título y tuvo que arremangarse y apelar a sus históricas habilidades de artesana, su vieja pasión, para salir adelante y criar dignamente a la buena de Rosangelina.

“Un día mi hija quería juguetes, una barbie y no tenía como comprársela… Así empecé a hacérsela yo misma. Ahí me di cuenta que eso podía ser una salida laboral si lo sumaba a lo que ya tenía y surgió todo mi proceso como artesana en Oro, en Cipo y en Argentina”, revela quien hoy ya es una vecina más. La confesión y su empuje erizan la piel.

Su historia

Rosángeles nació en Caracas, la capital de su país, en la cuál vivió hasta los 13 años. “A esa edad me fui a Barquisimeto que es la parte centro occidental de la zona y allí hice los dos años que me faltaban del secundario y estudié en la Universidad la carrera de Contadora Pública. Me gradué a los 22 años. De ahí comencé a trabajar en empresas, a llevar contabilidades y administrar”, explica al repasar su vida. Meta mate, claro.

“Siempre fui muy habilidosa con las manos, me pagué la carrera haciendo artesanías. Al graduarme, más allá de trabajar también como contadora independiente, monté un par de negocios como mercerías y cotillones en Venezuela”, amplía esta luchadora sin fronteras.

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Claro que hubo un click, un quiebre en su atrapante historia. “Como empezó a encrudecerse la situación económica y política del país decidí emigrar. Ya me había casado a los 32 años, pero no pudimos tener hijos y tras 8 años nos separamos. Por esas cosas del destino, me puse de novia con un amigo de toda la vida, compañero del secundario y con él tuvimos una hermosa hija, Rosangelina”, admite sobre la decisión más trascendental que le tocó tomar. Nada menos que dejar su querida tierra soñando con un porvenir mejor.

¿Qué la trajo a la zona? “Era insostenible la situación y no quería verla crecer en un país que estuviera pasando por esos conflictos tan tremendos. Nos vinimos a Argentina porque la hermana del papá de Rosa -por su nena-, con quien nos separamos hace 2 años, vivía acá en Cipolletti. Estuvimos primeramente en Buenos Aires unos días conociendo y nos vinimos a Cipo. Vivimos 4 meses con ellos hasta que Javier, mi ex pareja, consiguió laburo y nos mudamos para Oro porque en ese momento los alquileres estaban más económicos”, reconoce dando a entender que nunca abundaron los recursos financieros.

A pesar de su simpatía, tuvo -y tiene- que esforzarse al máximo. Todo se complicó cuando se cerraron las puertas del campo profesional. Se había preparado y capacitado para vivir quizá de modo más holgado pero era adaptarse a las nuevas reglas del juego o volverse a lidiar con un contexto de país y bajo un régimen con el que no comulgaba ni deseaba para su pequeña.

“Aquí comenzamos nuestra vida. Fue muy difícil el hecho de encontrar trabajo como contadora, no pude homologar o legalizar el título porque en Venezuela faltaron un par de firmas para revalidarlo a nivel internacional. Como estudié en una facultad pública el estado prohibía que nos fuésemos entonces era engorroso realizar los trámites y conseguir esos avales antes de partir”, sostiene Rosa mientras ultima detalles para un viaje relámpago a San Martín de Los Andes.

Se resignó a trabajar de otra cosa pero no bajó los brazos. Buscó alternativas y se las ingenió para subsistir como podía en un rubro y ambiente que no le eran desconocidos.

“Entonces, acá no puedo ejercer como contadora pero si estuve como auxiliar contable un tiempo. El tema es que la edad, como yo emigré a los 40 años, no era apetecible para las empresas que desistían de contratarme. Para no pasar hambre comencé a ir a las ferias con productos reciclados, carteras de jean, vinchas y collares. Yo hacía eso también en Venezuela, de hecho la parte artesanal me permitió juntar plata para el viaje. Hasta que empecé en la feria local, en el Portal de Oro, me fui expandiendo hacia Neuquén y quedé fija en la feria de artesanos de allí. Ya voy para 8 años. Ahora estoy yendo y soy fija también en la feria de artesanos y productores de China Muerta”.

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Sonríe, reconfortada, al comentar que no pasa desapercibida entre sus colegas ni con el público. “Le doy mucho agradecimiento a los argentinos, me recibieron re bien desde el comienzo. Y han sido muy generosos con nosotros: nos han ayudado con colchones, ropa, platos, etc. Como soy morena, de pelo enrulado, se nota que no soy de acá. Siempre me confunden con dominicana, cubana y tengo que hacer esa aclaración. Suelen preguntarme por Maduro, Chávez y tengo una postura totalmente en contra a ellos. Un gobierno de hambre y de miseria”, reflexiona tajante.

Se enamoró de la región y sueña con el techo propio

Llegó para quedarse. Es que Rosángeles siente que la región es su lugar en el mundo.

“Me encanta esta zona, la Patagonia, la tranquilidad. Vengo de una ciudad como Caracas -más de 2 millones de habitantes-, con mucha gente, mucho asfalto y este lugar ofrece todo lo contrario. Me encanta Fernández Oro, es una ciudad pequeña y pujante. Eso sí, se hace complicado tener casa propia al estar cerca de ciudades grandes, por eso me busqué también una zona un poco más alejada aún y tranquila... Me estoy tratando de construir algo super humilde en Mainqué, dentro de mis posibilidades. La idea es alejarme del consumismo excesivo también. Mientras tenga una buena luz, algo de internet me basta. Hago las muñecas articuladas, muñecos alambrados, que simulan una barbie y les armo a la par los vestiditos, comiditas y accesorios como casitas portátiles y esas cosas. Solo necesito la máquina de coser, pinturas, lanas, relleno y un tallercito cerca de casa para poder crear sueños”, indica en un reflejo de su simpleza y humildad.

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Junto a su gran amiga Doris y su hija Rosangelina.

Junto a su gran amiga Doris y su hija Rosangelina.

“Mi sueño es crecer en este país, cumplir mis metas acá, terminar mi casita y vivir con mi hija. Que sea feliz, que estemos tranquilas, que no falte nada. Todo esto es por ella, si ella es feliz yo lo soy. Con la artesanía he logrado lo poco que pude desde que estoy sola, eligiendo ser artesana. Siempre lo he llevado en la sangre, mi madre también hacía muñecos. Lo tomé de mi familia y lo traje a la actualidad. Soy como única dentro del mundo de los muñecos en Argentina, pues son muñecos particulares, entonces entro a las ferias y no me toman como competencia. Trato de ser una artesana venezolana que lucha por tener un sitio y criar a su hija en paz, con eso estoy re hecha”, admite visiblemente emocionada.

El bondi, el Renault 12 y su lucha permanente

“Mi lucha constante es la movilidad. Logré comprarme, permutar en realidad un Renault 12 –‘lo cambié por un terreno que había comprado y no pude terminar de pagar’- pero se me complicó aprender a manejar, las clases de manejo son caras je... Tener que compaginar mi vida con los colectivos, es una lucha porque andan con frecuencia hasta las 22.30 y en verano las ferias son hasta más tarde y me tengo que volver antes, justo cuando más gente hay. Otra lucha es con el tema de la edad productiva, pero vamos para adelante que la vida es bella”, arenga quien en los mundiales simpatiza por Argentina y festejó a más no poder la memorable conquista de la Scaloneta en Qatar.

También se acostumbró a contemplar la falta de previsibilidad de su oficio. “La artesanía no tiene proyecciones, la venta es fortuita, no tienes ventas fijas. Hay que prever, tener un equilibro para cuando decaigan las ventas. Pero ojo, trabajé tanto desde el punto de vista contable, carrera que también te da alegría y dolores de cabeza por los empresarios siempre pidiendo que uno les haga todo rápido para tener mayores ganancias, que siempre voy a apostar por ser artesana. Me hubiese encantando apostar por esto con seriedad mucho antes pero en Venezuela no está tan desarrollado como acá. La parte de las artes es mi esencia y lo que me gusta. Ojalá la gente siga comprando productos de la zona para que podamos mejorar las economías familiares”, es su mensaje final.

No todo es color de rosa en la vida de Rosángeles. Pero la agradable mujer que llegó como profesional y brilla como artesana va para adelante sin especular y con una enorme sonrisa. Al fin y al cabo está donde quiere estar y tiene una hija hermosa. Allí radican su mayores riquezas y motivos de felicidad. Lo demás es puro cuento, ¿o no contadora?

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