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Cargar la tarjeta SUBE: cuáles son las complicaciones para kiosqueros y usuarios del transporte

Por diversas razones, nadie está contento. Los kiosqueros ganan poco y los usuarios pagan altas costas por las recargas ¿Quién se beneficia?

Cargar la tarjeta SUBE se viene complicando cada vez más, tanto para los kiosqueros que brindan el servicio, como para los clientes que deben utilizar el transporte público de pasajeros. Para los kiosqueros, el servicio representa un dolor de cabeza por lo poco que ganan. Para los usuarios de la SUBE, el solo hecho de pagar enfrenta diversos retos.

En el contexto actual, kiosqueros y usuarios del transporte colectivo, en proporciones seguramente muy mayoritarias, enfrentan los rigores de una economía en recesión y un mercado interno deprimido. Las consecuencias más notables, el poco dinero circulante y el bajo poder adquisitivo de los salarios.

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Trabajadores y estudiantes son quienes más frecuentemente se ven en la necesidad de subirse a un ómnibus. Para los laburantes más humildes o para quienes no poseen un automóvil, tener la SUBE cargada resulta una obligación determinante para cumplir con su empleo y ocupaciones. Para los estudiantes, no perder clases y no rezagarse en sus estudios, se vuelve un deber ineludible. Si deben transportarse, tienen que tener al día su tarjeta.

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Los kiosqueros ganan poco y nada por el servicio de carga de la tarjeta Sube. A los usuarios, les duele el adicional por carga y muchas veces no poder acreditarse un monto grande de una vez.

Los kiosqueros ganan poco y nada por el servicio de carga de la tarjeta Sube. A los usuarios, les duele el adicional por carga y muchas veces no poder acreditarse un monto grande de una vez.

A los propietarios de kioscos les fastidia el mecanismo burocrático y el magro rédito que les deja mantener el servicio de la SUBE. Aquellos que lo hacen, es porque es una prestación esencial para mucha gente y, en buena medida, porque incluso en la "malaria" actual la vieja costumbre cipoleña de la solidaridad sigue vigente, contra viento y marea.

Un kiosquero del centro, que prefirió mantener en reserva su nombre, lo dijo sin ambages: "Si no sintiera que cargar la SUBE es un servicio para la comunidad, ya habría dejado de mantener la carga de la tarjeta. A veces, lo pienso, sería hasta un alivio para mí, pero no lo voy a hacer. Al menos, por ahora".

Otro propietario de un kiosco, en este caso, de un local barrial, ya dio el paso que su colega todavía no quiere dar. Hace unos meses, cortó con la prestación, porque no le cerraban las cuentas y porque las complicaciones y los trámites que conllevaba no justificaban, ni mucho menos, continuar haciéndose mala sangre. Como el otro kiosquero, se expresó con elocuencia, pero con la condición de anonimato. "No podía seguir con la SUBE", enfatizó.

Ganancia exigua, mucho trabajo

Los dos se manifestaron en términos similares. La ganancia que obtienen es muy escasa, exigua, no permite hacer diferencia. Esto se explica, entre otras cosas, porque se debe contar con conexión a internet, lo que puede exigir abonar sumas elevadas que conspiran contra la posibilidad de una ganancia significativa. Además, atender a los usuarios de la SUBE requiere de tiempo, es decir, de trabajo. Y tiempo y trabajo son oro.

Por otra parte, en ocasiones surgen malentendidos con los usuarios por el monto que se les ha cargado en la tarjeta, con la consecuencia de reclamos y broncas que los kiosqueros se deben bancar, obligándolos a explicar lo que ha ocurrido y si existió realmente un error al efectuar la operación cuestionada.

SUBE, con cargas limitadas

Otra manifestación de malestar que tienen que soportar los propietarios se relaciona con los montos que los responsables y representantes oficiales de la SUBE ponen a disposición. Se trata de saldos más bien acotados, por lo que, al final, no queda otra que cargarle poco al usuario. A menudo, no se les puede habilitar más de 10.000 pesos, una cifra que, en el transporte interurbano, no equivale a más de cinco viajes. En otras palabras, lo indispensable apenas para dos días y medio de locomoción, contando una sola ida y vuelta cotidiana.

Además, ni siquiera se cumplen, la mayoría de las veces, las expectativas de ventas extras que albergan los propietarios o de los empleados que atienden al público. Se decía, hace mucho, en los albores de la SUBE, que los usuarios de la tarjeta, al ir a cargarla, seguramente iban a comprar en el kiosco alguna golosina o cualquier otro producto en venta. Lo cierto es que esto nunca se ha vuelto una costumbre. Al contrario, como en los bolsillos de los laburante y sus familias hay cada vez menos plata, la mayoría solo carga y se va. Sin comprar nada de agregado.

Kiosqueros piensan en el Estado

A esta altura del partido, para los kiosqueros lo mejor sería que el Estado, asumiera el dispositivo completo de implementación del servicio, incorporando la atención directa de los usuarios que hoy prefieren acudir a los kioscos. Para concretar esto, se debería contar con la suficiente cantidad de bocas de expendio y de personal que facilitara el acceso del público.

En lo referente a los usuarios de la SUBE, los problemas también son amplios y variados. Y, en general, vinculados a los bolsillos flacos que predominan en esta época.

Es que, en principio, tienen que habérselas con precios de los pasajes que figuran entre los más altos de la Argentina, en una región, como la nuestra, en la que el costo de la vida entero es muy elevado. Por cierto, no está demás recordar que la bonanza petrolera alcanza a solo una porción menor de la comunidad.

Adicional para el usuario

Al mismo tiempo, cuando van a cargar su tarjeta los usuarios se encuentran con la obligación de abonar un adicional, exigido por el kiosquero para concretar la operación. La suma extra suele implicar un 5 por ciento, o un 10 y hasta un 15 por ciento del monto a cargar. En algunos lugares, se cobra como diferencial una cifra determinada, de 200 a 500 pesos y más también para efectivizar la transacción.

Lo que predomina es la exigencia de pagar la carga con dinero efectivo, contante y sonante. Los locales que aceptan el pago con tarjeta de débito, los cuales, al parecer no son muchos, suelen aplicarle un adicional bastante grosso. Por ejemplo, por acreditar 4.000 pesos en una tarjeta puede suceder que el extra alcance los 1.500 pesos.

Medio de pago

En cuanto a las tarjetas de crédito, lo habitual es que se rechace como medio de pago por parte de los usuarios. Por lo demás, en el pasado, solía solicitarse al usuario, como adicional, que comprara algún artículo en venta, por un monto mínimo estipulado. La práctica estaría ahora en franco retroceso, pero no ha desaparecido del todo.

Por último, como ya se indicó, para quienes deben utilizar el transporte público colectivo, el limitado monto que pueden cargar se convierte no solo en una complicación, por la necesaria repetición de las operaciones, sino también en una fuente de mayor gasto por el correspondiente adicional. Para todos, kiosqueros y usuarios, en fin de cuentas es toda una odisea.

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