Lila Calderón, una vida marcada por la violencia

La referente social contó su historia rodeada de golpes y abusos.

La reciente acusación que realizó la actriz Thelma Fardín contra Juan Darthés por violación no sólo reavivó el histórico pedido para desterrar la cultura machista instalada en la sociedad, sino que también empoderó a miles de mujeres para denunciar a sus agresores y abusadores en todo el país a través de las redes sociales y la línea gratuita de asistencia y prevención de violencia de género.

En esta ciudad, Lila Calderón, referente social del Barrio Obrero, fue una de las que se animaron a denunciar -hace casi dos meses- a su ex pareja por abusar sexualmente de ella y de su hija, quien en ese momento tenía 9 años. El valiente accionar ayudó a la familia a cerrar una herida que se mantuvo abierta por casi dos décadas y fue ejemplo a seguir para muchas jóvenes atrapadas en situaciones similares y que no lograban juntar el coraje para acudir a la Justicia.

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Chacras: Su niñez la pasó deambulando por la zona rural de la ciudad, donde se curtió.

Hoy se convirtió en la personificación de la lucha por la igualdad de género y la fiel compañera de todas las chicas que necesitaron, en algún momento, de un hombro y un impulso para encontrar el camino correcto. Sin embargo, antes de que Lila pudiera dar uno de los pasos más importantes de su vida tuvo que superar una historia marcada por el dolor y el sacrificio.

“Junto a mis tres hermanas y mi hermano vivimos una niñez muy violenta. Haber crecido en ese entorno es la explicación de por qué ahora lucho por los derechos del género”. Lila Calderón referente social del movimiento La dignidad

Su mamá la tuvo en su propia casa en el barrio Villarino de esta ciudad. Asistió a la escuela en la zona de El 30 y en el barrio Santa Elena, pero no terminó la primaria porque sus padres no pudieron llevarla más. Con tan sólo 5 años aprendió lo que era el trabajo, pasaba las tardes en el basural junto a sus hermanos, a metros de la cárcel, en busca de algo que comer o que sirviera para juntar unas monedas. A los 6 conoció lo que era el miedo y, al mismo tiempo, su nivel de coraje. Es que su papá -albañil y carpintero- tenía problemas con el consumo de alcohol y le pegaba a su madre. No tenía control sobre sí mismo, ni sobre su vida o su entorno.

“Tengo cargado en mi memoria esas veces que tuve que salir con el caballo desde la zona de las chacras para llegar a la Comisaría 24 para avisarle a la policía que mi padre nos estaba lastimando. Eran varios kilómetros, yo era muy chiquita, pero cocorita. Junto a mis tres hermanas y mi hermano vivimos una niñez muy violenta y difícil. Y creo que haber crecido en ese entorno es la explicación de por qué ahora lucho por los derechos del género”, reflexionó.

Cuando Lila cumplió 7, la familia se mudó al barrio Don Bosco y se estableció por un largo tiempo en la esquina de Paraguay y Alberdi. Los años pasaron y la paciencia de su mamá se terminó, no podía continuar viviendo con un hombre que la lastimaba, que atemorizaba a sus hijos. Llegó el divorcio y, en consecuencia, una nueva etapa en la vida de los hermanos Calderón.

“Nos quedamos a la deriva porque no queríamos estar con ninguno de los dos y terminamos conociendo la calle desde muy pequeños a pesar de tener un lugar donde caer. Mi mamá siempre mantuvo las puertas abiertas, pero nosotros nos sentíamos mejor como estábamos.

Abusos a ella y a su hija mayor

El 9 de octubre de 2018, Lila se animó a denunciar públicamente a su ex pareja, padre de su segundo hijo y en ese momento delegado de la Secretaría de Trabajo, Aparicio Rifo, por haber abusado sexualmente de ella mientras cursaba su segundo embarazo, hace más de 17 años. Un día después, el funcionario renunció a su cargo y negó las acusaciones. Al relato de Calderón se le sumó el de su hija mayor, quien también aseguró haber sido víctima de abuso sexual cuando tenía 9 años. La cipoleña contó que intentaron realizar la denuncia formal ante la fiscalía hace poco más de tres meses, pero no la tomaron porque para la Justicia los hechos ya habían prescripto. Pero más allá del infructuoso trámite judicial, para Lila y su hija se trató de un desahogo que, a su vez, les permitió cerrar un ciclo que, por mucho tiempo, les “dolió en el alma”.

Se embarazó a los 14 años y sufrió muchos maltratos

A los 14 años, Lila Calderón quedó embarazada de su primera hija, pero por temor lo ocultó hasta el día que dio a luz. Pasó parte de su adolescencia con una vida en su vientre y escondida en las chacras porque la Policía solía buscarla a ella y a su hermano porque “se mandaban muchas macanas”. Sin embargo, el nacimiento de su pequeña -quien hoy ya tiene 32 años y un hijo- cambió su forma de ver el mundo y de percibirse como persona.

“A ella le debo un montón de cosas porque hizo que saliera de la calle y que no pensara en volver. Me dio un empuje para acomodarme, me dio vida. Ser mamá y aprender a tener a alguien a quien defender, aunque a veces no lo pude hacer, significó que tenía una razón para estar acá. Cuando cumplí 17 conocí al papá de mi segundo hijo, quien en ese momento parecía ser el gran revolucionario, pero que me lastimó cuando pudo. Yo buscaba un papá para mis nenes y sólo encontré una persona enferma”, relató.

Los malos momentos, el estrés y los obstáculos provocaron que Lila enfermera y debiera ser internada por un largo tiempo. “Pensé que me moría y que no iba a dejarle nada a mis hijos, no cosas materiales, sino valores. Los obligaba a estudiar cuando yo no había terminado la primaria, les enseñaba a luchar cuando yo había sido humillada y basureada en miles de oportunidades”, contó.

Recostada en la camilla de un hospital intentando recuperarse encontró la inspiración para hacer una lista de todas las cosas que quería lograr. No sólo se propuso terminar la escuela y empezar una carrera universitaria, sino también organizar su vida, comenzar a luchar por un plato de comida para los más pequeños y empoderarse para que nunca más la maltrataran, para recuperar la dignidad.

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