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Eligieron la venta ambulante como modo de vida y hace 40 años que están juntos

Él disfrutaba la estabilidad, ir a trabajar con camisa y corbata, y tener el sueldo depositado a principio de mes. Ella juntaba vidrio y chatarra con un carro, y era libre como un pájaro. Se enamoraron y formaron una familia rodante, sin jefes ni horarios, con miles de andanzas, vaivenes y sobreviviendo a la hostilidad de la calle

Roberto Poblete (56) y Alejandra Ellena (56) son callejeros por derecho propio. En los casi 40 años que llevan juntos hicieron de la libertad una filosofía de vida, una historia de amor y un culto a la venta ambulante: anduvieron por Santa Rosa, Villa Regina, Allen y en muchas otras ciudades y pueblos. Siempre vendiendo algo: ropa, verduras, locro, pochoclos, panchos, lo que sea. Acá en Neuquén se hicieron famosos por sus papas fritas; por ser los mentores de la feria de la cancha de Boca – que llegó a convocar a más de 400 puesteros y 20 mil visitantes por domingo- y por ser los dueños del Honguito de Parque Central, ese carrito de comidas rápidas que hoy es un ícono de la ciudad.

Un carro que en su proyecto original quiso emular una botella de Coca Cola, pero que algo salió mal a la hora de ejecutarlo. Sin saber bien lo que estaba buscando, Roberto entendía que había que cambiarle la estética y hacerlo chiquito como para que entrase en la vereda. Entonces siguió doblando caños y soldando chapas, y la estructura mutó: primero se pareció a un OVNI, y finalmente devino en este hongo que está ubicado en la esquina de Sarmiento y Misiones, y que por su forma peculiar y colores excéntricos terminó convirtiéndose en una postal del centro neuquino.

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“Tuvimos tantos carros que ya ni me acuerdo la cantidad que hicimos”, dice su creador, quien en estos momentos construye un carro pochoclero con forma de helicóptero.

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Hay un carro que Roberto no se va a olvidar jamás: es este, el que está arrastrando Alejandra en esta tarde del año 1987, en el corazón del barrio Río Grande. Ella tiene 16 años, acaba de llegar de Mendoza con su familia, vive en un colectivo abandonado y en la pobreza extrema, y sale a ganarse el mango como recolectora urbana: junta vidrio, bronce, chatarrería y baterías viejas. Tal vez por esto sepa tanto de polos opuestos. Tal vez por esto le guste tanto Roberto, que también tiene 16 años, pero que es la antítesis a ella.

Es tímido, inocente, y aunque le vaya bien con las chicas, es evidente que todavía le falta calle, algo que a ella le sobra. Tanto que organiza una corso en el barrio para encarárselo. El plan le sale perfecto. “Era flaquito, hermoso, divino y cayó en mi trampita: bailamos juntos en un concurso y ganamos el premio. Nos besamos y fue algo de película”, evoca Alejandra, sobre los inicios de este amor eterno.

Un amor que tuvo algunas pausas: la primera cuando el padre de Alejandra se opuso al noviazgo; la segunda cuando Roberto tuvo que hacer el servicio militar; y un último distanciamiento la vez que ella regresó a Mendoza por un tiempo. Volvieron a encontrarse en Neuquén recién después de dos años, y a esta altura estaban más distintos que nunca. Él trabajaba en un correo privado, de camisa y corbata, y disfrutaba la estabilidad y la tranquilidad de tener el sueldo depositado a principio de mes. Ella todo lo contrario. Vendía café en la calle, repasadores, sahumerios, artesanías. Lo que fuera con tal de no tener jefe.

Más allá de las diferencias – y como siempre-, otra vez se volvieron a elegir. Y al tiempo se casaron, aunque al principio las cosas no anduvieron del todo bien. “No nos veíamos nunca, él se la pasaba trabajando. Un día me cansé y le dije que quería que pasáramos más tiempo compartido, que laburásemos juntos”, recuerda Alejandra sobre la vez que le sugirió comprar una máquina de papas fritas y emprender la venta ambulante.

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Roberto no lo dudó: se terminaba el sueldo fijo y la corbata, pero empezaba un camino de aventura e incertidumbre. “Lo volvería hacer mil veces, con todo lo bueno y todo lo malo. Y ni hablar con la experiencia que tengo ahora”, dice Roberto.

Un rebusque permanente

Con la flamante freidora, en los 2000 se fueron a trabajar al Club del Truque de la Vuelta de Obligado, donde montaron un gazebo de 1x2, para vender conos de papas fritas a 0.50 centavos, siendo los primeros en intercambiar dinero en una feria en la que en ese entonces sólo circulaban los créditos. Con unas papas crocantes, brillosas y perfectas se convirtieron en las estrellas del lugar.

Tanto que la gente empezó a hacer filas eternas para conseguir los afamados conitos. Los clientes preguntaban si las fritas salían rápido y la respuesta la volvieron una marca: “Al Toque”, le pusieron ellos.

Sin embargo, el éxito trajo sus complicaciones: “Empezamos a tener problemas con el dueño de la feria, porque nosotros no trabajábamos con los créditos. Cobrábamos mucho más barato, pero el intercambio lo hacíamos exclusivamente por dinero. Ahí nos fortalecimos, nos organizamos, entendimos cómo se manejaba una feria y nos fuimos”, recuerda Roberto.

La pareja tuvo que echar cuero para poder sobrevivir a los códigos de la calle. Aunque es cierto que a Alejandra siempre le sobró temperamento, Roberto - bonachón y conciliador por naturaleza- también tuvo que forjar una personalidad más aguerrida, para poder enfrentar discusiones y problemas con punteros políticos, con funcionarios de turno que no le otorgaban las licencias para la venta en la vía pública, con dueños de otras ferias, y con otra lista interminable de personas. “Trabajar en la calle te expone a situaciones muy malas, y para sobrevivir te convertís en malhablado, en altanero, en un discutidor serial”, confiesa Roberto.

Así como en la hostilidad surge la necesidad de ponerse combativo, en la necesidad surge la obligación de volverse creativo. Y si hay algo que le sobra a esta pareja es el ingenio y la inventiva. Para 2005, otra vez con la urgencia de vender algo que les permitiese sobrevivir, se les ocurrió crear una nueva feria, que arrancaron en el por entonces llamado Triángulo del Topsi, (en la rotonda del barrio Gregorio Álvarez), y que más tarde mudarían a la cancha de Boca.

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El primer domingo fueron apenas siete feriantes. Después se sumaron un par de verduleros y algunos vendedores de películas y juegos de Playstation. Al otro fin de semana ya eran 50 los puesteros y al mes ya estaban desbordados. Llegaron a pasar 20 mil personas por domingo por la feria. En un día tranquilo, Alejandra y Roberto podían vender 35 kilos de papas fritas. Pero ese no era el único rebusque.

Con parlantes de 400 watts y un micrófono, Roberto también explotó allí su faceta de animador y vendedor de publicidad. Con una labia envidiable, era capaz de vender un inodoro, una ventana, y hasta el “Chori dietético, hecho a base de sales marinas”, recuerda entre risas ahora.

Pero en ese tiempo no había de lo que reírse. Organizar una movida de tal magnitud demandó una logística importante, en la que tuvieron que contratar baños químicos, limpieza, gente que ordenara el estacionamiento, regadores, organizar a los feriantes por parcela y por sector, y cobrarles un canon para poder costear todos estos gastos. Juran que jamás se quedaron con un mango ajeno. A pesar de esto, en algún momento empezaron a recibir cuestionamientos de algunos pares. “Llegaron a decirnos que nosotros estábamos lucrando y eso nos terminó desgastando”.

Cansados de todo esto, en 2009 se fueron. Pero aunque ya no estén en las ferias, hoy siguen siendo reivindicadores de estos espacios que “le dan una oportunidad de supervivencia a muchas personas que la están pasando mal, y en un momento tan complicado como en el que estamos”, dice Alejandra.

Después de tanto camino recorrido, hoy este matrimonio que tiene 4 hijos y 3 nietas sigue trabajando tan fuerte como el primer día. Ella atendiendo el honguito de Parque Central, y él con carro de pochoclos y algodones de azúcar con el que recorre plazas, parques, y cualquier evento que convoque a las infancias. Cuando se enteran de alguna fiesta en el interior de la provincia, enganchan el carro a la Estanciera y emprenden viaje para seguir vendiendo.

Ellos, que son tan distintos y tan iguales, como en tantas otras cosas de la vida, coinciden en que son felices y que no son ambiciosos. Y que con esta vida que eligieron “sobrevivimos, salimos adelante, conseguimos que a nuestros hijos no les faltase nada y pudimos darle estudios”, concluyó Alejandra.

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