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Cumple 50 años el Bodegón de la bohemia y las "mejores milangas del mundo"

Su dueña aún cocina y junto a su hijo hacen de todo. La fiel clientela, llena de personajes, un clima familiar y menú abundante. Imperdibles anécdotas.

La selección argentina aún no había ganado ninguno de sus tres Mundiales y el Albinegro jugaba en Primera. Perón volvía del exilio y en octubre de ese año, 1973, asumía su tercera presidencia. En Cipolletti, nacía el restaurante “Parrilla 9 de Julio”, hoy rebautizado con justa razón “El Viejo Bodegón”.

Transcurrieron nada menos que 50 años. Pasó de todo en el medio. Y medio siglo, claro. Las distintas crisis económicas, como la actual, arrasaron con cientos de locales y comercios gastronómicos. Pero ellos resisten y siguen vigentes en el simple, armonioso y cálido recinto de toda la vida: “aquí moriremos”. Este 31 celebran un aniversario especial.

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Aunque ya no vive el Poly Domingo Carmelo Condelo, quien construyó el salón en 9 de Julio 732 que se llenó de aromas e historias, la leyenda continúa. Pionera junto a él y hacedora del emblemático negocio, su mujer Isabel -en los inicios tenía 23 años, hoy 73- continúa firme en la cocina, deleitando a la fiel clientela con sus deliciosos platos caseros y trabajando codo a codo junto a Leo, uno de los tres hijos del matrimonio que heredó la posta (Fer y Paola, los dos restantes, se dedican a otros rubros pero “siempre apoyan”).

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No tienen mozos ni camareras. Ningún empleado “sacando las papas del fuego”… Tampoco lujos. Pero al tradicional lugar le sobra mística y bohemia. Ese “no se qué” mágico que en otro lado, quizá más elegante, no se consigue. Ideal para aquellos que gustan comer abundante y relativamente barato. Puede dar fe esa banda incondicional de habitués que son el alma del boliche.

Personajes de aquellos, hasta proponen el menú

“Acá se come bien cuando cocina Isabel, cuando cocina él -por Leo- nos vamos al bar que está a la vuelta”, bromea uno de los históricos comensales. Le festeja la humorada el resto del grupo, que ocupa una mesa larga en la que el vino se sirve en la vieja y querida jarrita de pingüino, acompañado de soda y hielo. Y donde los palillos para la interminable sobremesa nunca faltan…

Personajes todos. Doña Isabel, con su impecable delantal negro, también se prende: “¡eso no sale en la nota!”, tira en tono jocoso con esa lucidez y vitalidad que le permite pasarse horas en la cocina elaborando los manjares.

“Muchos son clientes de toda la vida. Comen todos los días acá. Algunos jubilados, tipos que viven solos, otros que laburan y encuentran con quien juntarse. Vienen, se sientan todos juntos y hasta integran a los nuevos, incluso a jóvenes que ven solos en otras mesas”, describe Leo la camaradería que reina en el familiar ambiente, mientras sirve los prometedores ñoquis del 29.

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Hay dos claros ejemplos del grado de confianza que existe con la clientela y la inusual atención que se les presta a todos. “Fijáte que hasta en pandemia nos las ingeniamos para que no les faltara la comida. Fue muy duro para ellos, algunos están solos y acá son charlas eternas, se sienten acompañados. Se mira la tele y mucho fútbol. Y hasta suelen proponer ellos el menú del día siguiente. ¿Cómo? Claro, ellos por ejemplo de repente sugieren: ‘che, mañana estaría buen comer pescado’ y entonces les preparamos filet de merluza”, explica. Para los que llegan por primera vez, el pizarrón verde con letra blanca, a la vista de todos, recuerda el plato del día.

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La temperatura a fin de marzo aún es agradable. No hace falta encender ni el ventilador de techo ni el de pared que se observan en el pequeño pero cálido recinto. En cambio, jamás se apaga la compu conectada al parlante, con los temas más pegadizos, ni la TV -eso sí, sin volumen-, en un canal de noticias.

Comerciante entrador, el dueño detalla el nutritivo y abundante menú, la carta del tradicional lugar: “Milanesa con papás fritas y huevos, costeleta y bifes con ensalada y huevo frito. Acá se toma sopa, los lunes hacemos pucheros. También asado los fines de semana que prendemos la parrilla. Las milanesas son las mejores de Cipo y del planeta”, saca chapa a la vez que busca otro tinto malbec en la estantería del fondo.

Entre tantas cosas ricas que prepara, su agradable madre, en cambio opta por “las pastas, me encantan los fideos cómo me salen”.

A la hora de buscar semejanzas en el rubro, él menciona a otro restaurante histórico de la ciudad: “Es parecido al Tano en cuanto a la onda, el clima. Cuando el Tano cerró como restaurante, la mayoría no tenía a donde ir y muchos nos eligieron. El que le hacía las pizas al Tano viene seguido, Juan Rivelino”.

Las anécdotas inolvidables

Se ríen con las anécdotas y picardía de los viejos clientes. Por ejemplo, “no me dejan propina porque Juan Acastello, uno de los veteranos que lamentablemente se nos fue de este mundo, un día instaló que ‘a este no hay que dejarle propina porque es el dueño’ y todos se agarran de eso y cada día pronuncian la frase y la cumplen al pie de la letra jaja”.

Y otra más de don Juan. “El querido viejo se tomaba un vino, agarraba coraje, se me acercaba y me decía ‘estos grandotes no sirven para pelear'… Y hacía que me enseñaba a boxear, metía piñas y puñitos al aire, que manera de reírnos, un grande”.

Y siguen los recuerdos simpáticos, este mucho más reciente: “Hace poco tenía mucha gente, le doy un sanguche de milanesa completo a Waldo, un tapicero que viene siempre. Lo empieza a cortar y me dice ¿y la milanesa? Yo lo miraba, iba y venía, pensé que era una broma. Pero al volver a la cocina veo que la famosa milanga estaba en la tabla, pobre Waldo tenía razón, je”.

Doña Isabel también posee una similar: “Resulta que estaba tan pasada de rosca un día que le traje un flan con dulce de leche de entrada a un cliente. Y lo más gracioso que se lo comió gustoso y luego me pidió el resto”.

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De la risa a la nostalgia y la emoción. “Pensar que vienen los nietos de los primeros clientes, es algo muy fuerte y lindo a la vez. ¡Cómo pasa el tiempo!”, reflexiona. Y termina de sensibilizarse al recordar a su marido. Hay que hacer una breve pausa. Hay lágrimas. Ya recuperada destaca que la clave de persistir en el tiempo “fue saber pelearla y apechugarla en los momentos complicados. Toda una vida juntos…”.

Precios razonables

Comprensivos con la gente y consciente de la situación del país, tratan de no excederse con los precios. “Hoy no se puede cobrar lo que se debería, así que buscamos un valor que nos convenga a todos. Al sanguche de milanesa lo tenemos a 1500 pesos, por decirte algo. Y ojo que muchos son fanas de la milanesa nuestra, que insisto, es incomparable. Venían grupos que salían de jugar al fútbol y se llenaba, todos la pedían”, señala con orgullo el muchacho.

“El bodegón es mi vida, yo nací acá. Antes tenía otros laburos -un carro gastronómico y también fui empleado- y cuando aflojaron mis padres, no lo quise abandonar, dejarlo caer. Logré que siga, fui cambiando. Papá murió en 2018, ni hablar que me gustaría tenerlo en los 50 años pero hoy la agasajada es mi vieja”, cuenta Leo y se le eriza la piel.

Respecto a los secretos para perdurar, Isabel considera: “Básicamente que se hace todo en el día, es casero. Esto de los 50 años me genera un gran orgullo”.

No se olvidan de doña Sofía, la gallega que cocinada en la pensión La Fama, de “acá a la vuelta, en la Irigoyen al 700” y que “nos enseñó mucho”.

De lo gourmet, tan de moda, no reniegan pero “a nosotros déjanos con el bodegón” repiten ambos con guiño de ojo y sonrisa cómplice mediante. “Es otra cosa, nuestros clientes necesitan un plato de comida suculento para seguir laburando, son metalúrgicos, albañiles, torneros, capaz que ni desayunaron, que es su primera comida. Se vienen a relajar, a alimentarse bien, a tomar un vinito y a seguir con la rutina”.

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E invitan a visitarlos “de lunes a sábado, de 12 a 15 y de las 20 a 24 o 00.30. Aunque a veces los muchachos se entusiasman con la charla y las sobremesas se extiende a veces 4.30 am”, acotan con la mejor onda. Seguramente, este viernes por la noche, la cena de los festejos se prolongará, como corresponde, hasta la madrugada.

El Viejo Bodegón 9 de Julio, una reliquia cipoleña, celebra los 50 años como reza el cartel de la puerta. Y cada día se come mejor. ¡Salud, felicidades y buen provecho!

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