Otoño Uriarte: el arte de hacer memoria
Morena fue docente de Otoño, realizó la plazoleta que la recuerda y diseñó cada afiche en reclamo de justicia. El arte, como herramienta de memoria para que la impunidad no borre su nombre.
Después de 18 años de impunidad, este miércoles finalmente se conocerá la sentencia por el secuestro y femicidio de Otoño Uriarte. Fueron casi dos décadas de un camino plagado de obstáculos, silencios cómplices y dilaciones. Pero también fueron 18 años de lucha colectiva, de resistencia, de un grito que nunca se apagó. Porque cuando la justicia tarda, la memoria se convierte en trinchera.
Morena es profesora de Plástica—hoy llamada Artes Visuales—en la Escuela Secundaria 14 de Fernández Oro. Fue alumna de esa misma escuela, su segunda casa. Su papá era secretario, sus hermanos también estudiaron allí, y como muchos ex alumnos, ella volvió para enseñar. Pero su forma de habitar el aula nunca se limitó a las técnicas y materiales: su clase fue siempre un espacio de expresión, de diálogo, de escucha.
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Cuando Otoño ingresó a la escuela, Morena tenía 28 años y ya llevaba algunos años dando clases. En aquel entonces, el entonces CEM 14 era el único secundario del pueblo, el punto de encuentro de chicos y chicas de toda la zona.
Otoño llegó a primer año con su historia: venía de El Bolsón, ahora vivía con su papá y su pareja. Su mamá había muerto. Morena recuerda el momento exacto en que la vio sacar una billetera de su mochila y mostrarle una foto. “Era muy bella”, le dijo. Se parecía mucho a ella.
Otoño amaba charlar. Le gustaban las chacras, Fernández Oro, tenía muchos amigos a pesar de ser nueva en el pueblo. Se reía todo el tiempo, era dulce, espontánea, con una energía que llenaba los espacios. Disfrutaba de Plástica y Morena la tuvo como alumna desde primer hasta tercer año, hasta que un día su silla quedó vacía.
Para entonces, Morena estaba de licencia por la llegada de su segundo hijo. Dos compañeras fueron a verla. “¿Sabés que desapareció una alumna nuestra?”, le dijeron. “Es Otoño. Dicen que se fue con un novio, pero es raro. El papá hizo la denuncia”. Morena estaba a punto de dar a luz, pero la noticia la atravesó. Sabía que algo no cerraba. Desde entonces, junto a otras docentes, nunca dejó de acompañar la lucha.
Morena parió a su hijo. Entre pañales y desvelos, se mantenía informada de la búsqueda. En 2007 retomó su trabajo y empezó a involucrarse más. Supo de las falsas pistas que le daban a Roberto, el papá de Otoño. Hasta que un día, al encender la televisión, vio la noticia: habían encontrado un cuerpo. Esa noche no pudo dormir.
Al otro día, la directora las reunió. Había que contener a los chicos. Pero, ¿cómo se sostiene a otros cuando una misma está rota? Entrar al aula y ver a los alumnos llorando fue uno de los momentos más duros de su vida. No quería dejarlos solos, pero tenía que volver a casa con sus hijos.
Otoño Uriarte, luchar contra la impunidad
Aunque las pericias aún no confirmaban su identidad, quienes la conocían sabían que era Otoño. En la televisión mostraban retazos de su campera, su colgante. La certeza los derrumbó. Ahí empezó otra etapa: la de enfrentar una maquinaria de impunidad que trabó la causa durante años. La de pelear contra el silencio, la desidia judicial, los pactos de poder que quisieron borrar su nombre. La de sostener la lucha por Otoño en un país donde la justicia llega tarde, cuando llega.
Con el tiempo, Morena tomó dimensión de lo que significaba todo esto. Sus hijos crecieron y pudo involucrarse más. Conoció a los hermanos de Otoño—también sus alumnos—y en sus rostros la vio a ella. Se acercó más a Roberto, su papá, a quien considera un referente. Siempre se pregunta cómo sigue en pie después de tanto.
El arte se convirtió en su forma de resistencia. Diseñó el primer afiche pidiendo justicia para Otoño y, desde entonces, cada año repite el mismo ritual: un mes antes de cada 23 de octubre, piensa qué hacer. Con exalumnos y colegas organizan actividades, invitan a amigas de Otoño a hablar con los chicos. La mayoría de los alumnos actuales no habían nacido cuando ella desapareció, pero la memoria sigue viva.
Cada aniversario es difícil. A veces, Morena se dice que este año no va a participar, que necesita frenar. Pero siempre aparece alguien—un exalumno, una colega—y la mueve otra vez. Porque hay algo más fuerte que el miedo, que el dolor, que la impunidad: la certeza de que la memoria es un acto de justicia.
En uno de esos aniversarios, Morena escribió una carta. Es un puñal, un espejo, una pregunta que sacude:
¿Alguna vez pensaste que podías desaparecer?
No, no estoy hablando de magia… estoy hablando de que te suban a un auto, a la fuerza, sin tu consentimiento. Te hablo de encierro, de torturas, de violaciones, de muerte…
¿Te preguntaste qué pasaría si te hacen desaparecer? ¿Quiénes preguntarían por vos? ¿Quiénes se alarmarían? ¿Quiénes harían la denuncia? ¿Quiénes saldrían a buscarte? ¿Tu familia? ¿Tus amigos? ¿Tus profesores? ¿Tus compañeros y compañeras de la escuela? ¿Tu iglesia? ¿La gente del pueblo al que pertenecías?
Si un día te hacen desaparecer, ¿te preguntaste quiénes te juzgarían? ¿Por cómo te vestías, por cómo eras o hablabas, por tu familia? ¿Por la cantidad de novios que suponían que tuviste?
¿Crees que una comunidad permanece inerte cuando desaparece una persona? ¿Crees que la vida continúa? ¿Que todo sigue igual? ¿Que total a vos nunca te va a pasar? ¿Que vos no sos de esas? ¿Que por algo le pasó?
En estos pocos segundos en que quisiste responderte alguna de todas estas preguntas… hacen desaparecer, violan y matan a cientos de mujeres.
El 23 de octubre de 2006 en nuestro pueblo hicieron desaparecer a Otoño Uriarte. Otoño era alumna de nuestro colegio, cursaba su tercer año. Durante seis meses se la buscó, se la juzgó, hubo desesperación, indiferencia, inoperancia, oportunismo, dolor… Su cuerpo apareció seis meses después, sumergido en un canal de riego de esta ciudad, con signos de violencia y violación. Muerta.
Hace 12 años que los culpables caminan por las calles de nuestra ciudad. Hace 12 años que su cuerpo está en la morgue esperando de una maldita vez que la justicia haga su trabajo. Hace 12 años que una familia ya no es la misma, nuestro colegio no es el mismo y este pueblo tampoco lo es.
Y ahora… te repito la pregunta… ¿Pensaste alguna vez que podías desaparecer?
A 12 años de la desaparición de Otoño Uriarte, soy y somos la voz de todas aquellas mujeres que no están. Tenemos memoria y exigimos justicia.
Este miércoles habrá una sentencia. Pero la lucha por Otoño no termina. Porque su nombre es bandera. Porque su ausencia es grito. Porque la memoria es resistencia. Para Otoño, la verdad. Para los responsables, justicia.
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