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Recuerdos de barrio

Santa Clara, hogar de pioneros. Las primeras familias en asentarse al sur de las vías forjaron gran comunión al lograr todo a pulmón.

El barrio Santa Clara tiene un “qué se yo” particular. Será porque es uno de los más antiguos de la ciudad y se formó con gente laboriosa que se atrevió a instalarse al otro lado de la vía, donde no había nada, y debió luchar duro para vencer la aridez y el salitre. Todo para cumplir el sueño de la casa propia.

Esa mancomunión hizo que sus habitantes conformaran una familia grande que se fue agigantando a través de las décadas porque muchos, por el fuerte arraigo, eligieron no irse más y hoy padres, hijos, nietos y bisnietos transitan las calles de la barriada que los enorgullece.

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Juan Carlos Cebreiro es uno de ellos. Recuerda el día que llegó con apenas tres años a vivir con los tíos, cuando había apenas un puñado de casas algunas de material y otras de adobe, rodeadas de chacras donde crecían manzanos y perales.

Cientos de anécdotas, muchas de ellas jocosas y otras no tanto, le quedaron marcadas a fuego en su corazón. Y como también le ha prendido el nervio literario, tiene escritas decenas de hojas con evocaciones, reflexiones, personajes y eventos trascendentales, que piden a gritos convertirse en libro.

“Debe ser que me estoy volviendo más viejo”, dice mientras su semblante revela un cúmulo de sensaciones que lo atraviesan en segundos al volver el tiempo atrás, que le provocan la aparición de lágrimas traicioneras hasta una sonrisa cargada de picardía al evocar alguna travesura.

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Sin dudarlo destaca que la solidaridad fue un modo de vida que caracterizó al conjunto, un principio que aún se mantiene.

“Siempre fue un barrio muy unido. Si a alguien le hacía falta una mano siempre aparecía quien se la daba”, resaltó Cebreiro.

Así surgieron amistades que se hicieron eternas y florecieron amores apasionados.

Hasta los comerciantes de entonces mantenían ese vínculo de generosidad cuando a un cliente le faltaba el mango para llevar la comida, porque la palabra valía más que la plata.

Así Cebreiro evoca el mercado Cochi y el Vasquito, que atendió. 50 años. “Conocedores de la economía de sus clientes, nunca dijeron no cuando alguien no tenía para pagar en ese momento”, afirma.

Hasta era familiar el ruido que hacían sus persianas cuando las levantaban para abrir el local, que se escuchaba a varias cuadras de distancia.

Era como una alarma que le marcaba horas claves del día a los vecinos. Al oírlo, los pibes empezaban a los gritos: “abrió el Vasquito”.

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Fraternidad sin límites

En una oportunidad, el sentimiento de hermandad fue más allá y se lo ofrendaron al cadáver de un desconocido que había quedado en el hospital y nadie lo reclamaba. Ellos se enteraron y se lo llevaron al barrio. Lo velaron y luego lo sepultaron con deferencia cristiana.

Otro funeral que no pasó desapercibido fue el de un vecino muy querido con parentela numerosa que llegó desde lugares lejanos y la ceremonia se extendió cuatro días, con la concebida atención alimentaria que el evento requería. El aporte fue cumplido con esmero y permaneció en la memoria colectiva como un acontecimiento para destacar. “Estuvo lindo el velorio”, fue la frase que siguió utilizándose para graficar un hecho bien logrado.

Tampoco se olvida aquel diciembre en que murió ahogado en el Dique Ballester un joven vecino, y que para acompañar el dolor de la familia en el barrio no se festejó Navidad, ni Año Nuevo. El dolor de uno, era el de todos. “Todo el mundo estaba triste”, afirma.

Hombro con hombro

Muchos de las mejoras que tuvo el barrio en sus orígenes fueron logro de los propios vecinos que lucharon hombro con hombro, con el aporte de la Junta Vecinal. Como cuando construyeron por propia cuenta y gastos carteles indicadores de calles. Fue un hecho que lo destacó del resto de los barrios, pues este tipo de señales había solo en algunos sectores y en la zona céntrica.

El mismo apoyo ofrecieron a principios de la década del 60, cuando comenzaron a construir la Escuela 165 “Luis Agote”, otro logro relevante.

Fue una obra que contó como mucha ayuda de los habitantes hasta que finalmente quedó concluida, en 1961.

La institución se erigió en el centro de la vida comunitaria, un lugar para el encuentro de chicos y grandes, ya que con el tiempo se sumó la enseñanza para adultos.

Además, al lado del colegio durante muchos años hubo una calle cortada que cerraron con cantoneras y construyeron un pequeño palco donde realizaban acontecimientos festivos en beneficio de la institución y sobre todo para los bailes, famosos en esa época.

En el Santa Clara, tenían hasta grupo musical propio, “Papel Picado”, integrado por Pirincho, el Flaco, el Negro y Manolo, quienes ensayaban a puertas abierta en el patio de una casa, donde se reúna una multitud.

No solo hacían bailar a sus vecinos, sino que luego se presentaron en ciudades cercanas, con la muchachada vecina como fieles seguidores.

“Si no me falla la memoria en el barrio se organizó el primer baile en la calle. Fue para una Navidad. Era un lleno total. La lluvia nos jugó una mala pasada, pero igual el baile duró hasta la madrugada”, evoca Cebreiro.

Otra entidad que dejó su huella en la historia fue la agrupación folclórica “Jaime Dávalos” que dirigía la profesora Nelly Gauna, con Oscar Soto y Fatiga Burgos. Llegó a contar con más de 30 alumnos, y entre sus galardones lograron ganar varios premios a nivel provincial.

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