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Padre Brentana, el buen pastor de Río Negro y Neuquén

Entre 1912 y 1940 fue cura universal del Alto Valle de Río Negro y de Neuquén, y logró hacerse querer por toda la gente de esa extensa zona.

El padre José María Brentana había nacido en Chiari, Lombardía, Italia en 1870. Luego de unos años en el seminario diocesano de Brescia (del que según parece fue expulsado por no poder pagar la cuota) pidió entrar al noviciado salesiano. Un año más tarde, en 1889, partió como misionero a América. En Bahía Blanca formó parte de la comunidad que fundó la obra salesiana. Allí se destacó, entre otras cosas, por el oratorio y por sus famosas funciones de títeres.

El 11 de febrero de 1895 fue ordenado sacerdote en Carmen de Patagones por monseñor Juan Cagliero.

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Entre 1912 y 1940 fue cura universal del Alto Valle de Río Negro y de Neuquén, y logró hacerse querer por toda la gente de esa extensa zona. Para tener una idea de por qué lo querían tanto, basta con seleccionar algunos renglones de las numerosas cartas que recibía a diario: “Le mando 80 pesos giro postal, de estos 80 usted enviará 30 a mi hermano Fernando y los 50 restantes los repartirá entre los cinco hermanos míos…”

“Quizá usted podría ayudarme algo en el sentido de conseguirle trabajo a mi hijo. Como usted es todo sacrificio para el prójimo, ha tenido mucho roce social con las autoridades, y no hay duda de que una palabra suya vale mucho”.

También sus sacristanes y monaguillos lo recuerdan: “¡Cuántas veces se quedó sin comer, dando su almuerzo o cena al que se lo pedía! Y cuando ya no le quedaba nada, y caía uno de estos pobres que no se animan a pedir por miedo a ser corridos, entonces se desorientaba un poco, sus ojos se humedecían ante la imposibilidad de dar, y me decía: “¿Y ahora, Carlitos? ¿Qué hacemos con este?” (...) Porque a él venían de todos lados, sea por un problema o por otro. Él todo lo trataba de arreglar de alguna forma. ¡Cuántos no consiguieron un empleo o una medicina o tantas otras cosas que los pobres no tienen, y sobre todo el cariño que a mí me había negado la vida!”.

“Recibía muchas limosnas, pero a pesar de las donaciones que recibía, nunca tenía nada. Frecuentemente me hablaba de la vida desgraciada de los ricos, que por conservar o aumentar sus bienes de fortuna, no descansan ni de día ni de noche, y viven en continua zozobra”.

La vida íntegramente sacerdotal del padre José María volcó sobre su acción pastoral las bendiciones de Dios y de los hombres, con la misma solicitud magnífica de la entrega de su caridad.

Escribió el Padre Giacomini, testigo y parte de los extremos caritativos del padre José María: “Don José Masciovecchio fue el primer presidente de la Acción Católica del Neuquén y de la Asociación de San Antonio, fundada con el nombre de Pan de los Pobres por la caridad del apóstol rionegrino. La familia Masciovecchio, de Bahía Blanca, donde estaba radicada, se trasladó al Neuquén en 1918, y se hizo cargo del Hotel Confluencia. El Padre José tuvo un amplio respaldo de parte de esta familia que le ofreció el hotel y su familia que estaban a su disposición, día y noche para todo lo que necesitara. Cuando el Padre José necesitaba alojar a algún misionero o hermana religiosa o visitante, el hotel del otro José estaba a disposición con generosidad”.

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Recordó también que José aparecía por la parroquia llevando dulces y juguetes para los niños del padre José María. Y hasta cuando el pueblo carecía de luz eléctrica y el hotel la tenía, don José la encendía para solemnizar las festividades y los casamientos y los más solemnes actos de culto de la iglesia del padre José.

A fines de 1919 llegaron a Neuquén los esposos Perrota Quintana, grandes cristianos y músicos, que embellecieron y animaron con su arte y su amistad la humilde capilla de su párroco: el culto neuquino se vio engalanado por un coro de niños y señoritas.

Cipolletti, Allen, Fernández Oro, Ingeniero Huergo, Cinco Saltos, Neuquén, Cordero Plaza Huincul, Zapala, Picún Leufú, fueron localidades que se vieron beneficiadas por la prodigalidad del Padre José María. El autor de este libro que estamos analizando nombró como familias que prestaban su ayuda al Padre. Ferrer, Larrosa, Gavazzi, Minelli, Ciucci, Filipuzzi, Patrono, Croceri, Medela, Escala, Lizazo, Gutiérrez, entre tantos.

El Padre José era respetado y venerado por todos los pobladores del Río Negro y Neuquén. Pero el culto de los ferroviarios fue muy ferviente y avanzado. Los rieles fueron puestos a disposición del descarrilado cura universal del Alto Valle, en toda su extensión y en todas sus estaciones reglamentarias y paradas antirreglamentarias.

Fue el orden riguroso de los transportes ingleses, el que adaptó sus horarios a las deshoras del padre José María y a las imprevisiones de sus marchas. Porque el inquieto Padre no aguardaba nunca; terminaba su ministerio en algún lugar y se marchaba por cualquier atajo. Orillaba las vías caminando sobre los terraplenes; su andar apresurado ondulaba según los altibajos de los durmientes, renqueando con un desequilibrio típico.

Cuando avizoraba a lo lejos la locomotora, daba un brinco, la locomotora llegaba hasta los pies del cura. Tascaba los frenos, chirriaba y se detenía piafando. “Parecía que un rayo de sol saliera a iluminar la escena”, escribió un cronista. “En todas las ventanillas se arracimaban las cabezas de los pasajeros. Todos saludaban a los gritos al sordo padre José María, Al subir todos lo acosaban con augurios y preguntas. Luego los ferroviarios lo llevaban y terminaba en el vagón restaurante”.

“La vida del Padre José María frente a los indigentes y necesitados fue un acto constante de amor de Dios. El Padre José María es el buen pastor del Río Negro y Neuquén. Todos, en la cabal extensión de esta palabra, todos recurrían a él en las necesidades y en las circunstancias difíciles más inverosímiles y encontradas, Le escribían desde los más encumbrados y linajudos personajes, hasta los más humildes desheredados, y hasta los más abyectos.”

“Su cuerpo era chiquito, su tez blanca, y era casi calvo, los pocos cabellos que tenía eran blancos y parecía muy viejito, pero era fuerte y firme. Sus ojos eran vivaces, pero de un mirar piadoso. Cuando hablaba parecía que lo hacía riendo. Nunca lo vi enojado, siempre alegre como para infundir ánimo a los demás”.

“Cuando caminaba era casi veloz, se deslizaba como un viento por todos los lados”.

“Su presencia era requerida en el pueblo, en las chacras, en la campaña, de día y de noche, él no tenía horario para nada y no sentía cansancio jamás. Disponía de un sulky chiquito, con un caballito zainito. Nunca le vi que hiciera excepciones con nadie. Para él valía la persona no la vestimenta o la plata. ¡Nunca tenía un centavo!”

“En otro aspecto de la vida fue el padre José María un gran señor: en la cultura. Para su ilustración no había economías. Su cuerpo grácil y delicado casi no le exigía alimento. Pero a su espíritu lo devoraba una insaciable avidez de saber.”

“Leía incansablemente. Las noches no tenían ni oscuridad ni crepúsculo para su inteligencia siempre despierta. Sus conocimientos humanísticos eran profundos. Yo lo he oído disertar sabrosamente sobre los clásicos latinos; su poeta preferido era Horacio y en él remansaba los deleites de su espíritu. Era un sacerdote ilustrado. En las estanterías de su biblioteca figuraban todos los autores de renombre. En literatura prefería Horacio, Virgilio, Cicerón, San Jerónimo, San Agustín, Dante, Cervantes, entre otros.”

Entre tantas tareas le cupo la de llevar adelante el emplazamiento de las capillas de distintas localidades.

El Padre José María fue santo. Todos sus fieles lo afirman, falleció en Cipolletti el 21 de Marzo de 1944.

Lo recordamos con eterna gratitud y admiración.

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