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Maestro Fausto Agúndez y su labor en la Escuela 31 de la Alianza en Colonia Lucinda

Homenajeamos la tarea desarrollada por Maestros Normales Nacionales que en los comienzos del siglo XX se atrevieron a poblar estos territorios nacionales. Personalmente los he llamado "Oleadas pedagógicas" y se dedicaron a dar clases en las escuelas "rancho".

Hace unos días historiamos algunas escuelas pioneras de Cipolletti y sus zonas circundantes. Hoy es el caso del Maestro Fausto Agúndez que nació en San Luis Capital el día 26 de mayo de 1902, aunque en su libreta figure inscripto el 2 de enero de 1904, según narró su nieta. “En las entrevistas de los diferentes artículos periodísticos que sobre él se publicaron, relató en forma clara y amena su vida, así que trataré de dar otro enfoque de lo que fue su persona”, relata su nieta María Mónica Santos. Había estudiado en el Colegio Normal de Maestros de San Luis, se recibió en 1922

“Yo te voy a contar cómo lo despedimos cuando se nos fue a los 94 años; en las necrológicas sus nietos solo pusimos “¡Fuiste Genial abuelito”, porque fue así! Para nosotros fue genial, lleno de anécdotas, presencia constante, amor, cuentos e imaginación interminable para sus niños. Una persona que tuvo dos grandes orgullos en su vida, dos amores muy grandes, su profesión “la de maestro” y la familia que formó. Su familia original era de ocho hermanos. Tres de sus hermanos fueron fruto del primer matrimonio de su padre, quien luego de enviudar tuvo otros cinco hijos con su nueva esposa, entre los que se encontraba mi abuelo, Fausto Agúndez.

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No fue de poner énfasis en el dolor de sus pérdidas, casi que ni lo nombraba, pero quedaron huérfanos siendo chicos y tuvieron que salir todos a trabajar”, relata Mónica. En San Luis, lugar del que era oriundo, había tres escuelas normales que fueron cuna de maestros, y allí estudiaron los Agúndez.

Don Agúndez y esposa

Cuando se recibió en el año 1922 viajó a Buenos Aires con su título para que le asignaran un destino. El Inspector –don Próspero Alemandri de gran trayectoria en los Territorios Nacionales de la Nor Patagonia- al ver su nombre le preguntó qué era de los Agúndez que estaban en Bariloche y, al responder que eran sus hermanos, le dijo que bastante triste era la vida para estar lejos de su familia, entonces lo destinó a ese lugar rionegrino en la misma escuela que sus hermanos. A los cuatro años de ser maestro, el inspector lo consideró capacitado para ascender a Director y lo designó en la escuela Nº 71, en el paraje Ñirihuau Arriba, lugar solitario si los había y al que solo se accedía a caballo para llegar al ranchito de dos habitaciones y un baño. En una vivía y en la otra daba clases.

Cuenta que era tan chiquito que ni el escritorio para el maestro cabía, solo unos precarios bancos para sus alumnos. No obstante, guardaba hermosos recuerdos de su paso. Llegaban los niños a caballo, a veces de a dos o tres, bajando los cerros. Eran hijos de los puesteros y de los peones de los campos. Allí era Director, maestro y portero, personal único y enseñaba a todas las edades, quien quisiera venir para aprender a leer y a escribir era bienvenido. Esas soledades acrecentaban el amor por la lectura.

Tenía una inteligencia y memoria notables y amaba con pasión la literatura gauchesca. “Solía recitar textos enteros del Martín Fierro, del Fausto y otros con total precisión y cuando le preguntábamos como podía acordarse siendo ya muy mayor, nos decía “hijita, en esas soledades, donde no había nada ni nadie en kilómetros a la redonda, cuando se iban mis niños, mi única compañía eran los libros que leía incansablemente a la lumbre de mi lámpara a kerosén”, continúa recordando Mónica.

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“Bajaba solo los fines de semana a Bariloche para comprar provisiones, alguna golosina para mimar a sus alumnos, reponer libros para su lectura y de vuelta a su Escuela Nº 71 a caballo, en algunas ocasiones mojado porque el arroyo Ñirihuau había crecido” continúa su nieta. “Luego de 4 años en el paraje, el inspector le preguntó (resaltaba que nunca le gustó pedir para él), si no quisiera trasladarse al Valle de Río Negro y Neuquén y le dio tres opciones, Villa Regina, Choele Choel y una escuelita que se estaba por inaugurar en el establecimiento La Alianza de Ferri. Corría por entonces el año 1931 y optó por Ferri, también un lugar precario donde enseñaba a los chicos asentados a la orilla del canal e hijos de chacareros y peones.

Allí es donde se da la anécdota de la “Malversación de Fondos”, dado que desde Educación le habían mandado una partida para mejorar su vivienda que estaba pegada a la escuela y él decidió utilizar el dinero para mejorar el aula. Rescató la figura del Sr. Lamolla, dueño del establecimiento por su bondad y solidaridad, quien lo ayudó con el faltante de dinero para construir lo que él calificaba “como un regio salón para dar clase a sus alumnos con mástil y todo”. Cuando informó lo realizado fue acusado de malversación de fondos, lo que le valió el enojo de las autoridades y un tirón de orejas que no pasó a mayores.

Algunos de sus alumnos eran muy pobres, buena gente, respetuosos, pero con muchas necesidades básicas por lo que recurría a su cuñado Valentín Storni, quien era director en una escuela de Palermo, para que le enviara ropa y calzado, que era usado, pero estaba en muy buenas condiciones.

Agúndez se jubiló en el año 1957 en la misma escuela, la Nº 36, que actualmente sigue funcionando en un moderno y amplio edificio en el centro de Ferri. Siempre consideró que no había profesión más linda y que depare tanta recompensa afectiva como la de ser maestro. Con posterioridad construyó su casa en la calle Roca, lo que ahora se considera el centro de Cipolletti y era habitual encontrarlo sentado con su bastón en la pared bajita que separaba la vereda, charlando con algún ex alumno o vecino que se paraba para saludarlo.

Alumnos que recordaba con inmenso cariño no obstante el paso del tiempo, entre ellos los Perticarini, Yensen, Roda, Hermosilla, Rossi, Valantone, Colodrero y tantos otros. Maestros de la época nombraba a Miguel Cadelago, los Espinoza que eran varios maestros, Murúa, la Sra. Agueda de Medela, Dora Gotelli, Basconnet y muchos más que dejaron sus pagos para enseñar.

Rescatamos en su historia a la familia Omill, chacareros asentados en cercanías del Puente 83, con quien se formó una incondicional amistad que se mantiene inalterable ya por cinco generaciones. Era habitual ver a don Moisés Omill llegar con su chata tirada por caballos trayendo leche y llevándose agua para su familia.

Parte de su discurso pronunciado el día del Maestro lo muestra en su calidad de educador.

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En cuanto a su vida familiar, había arribado soltero a Cipolletti en el año 31 y aquí, conoció a una maestra de manualidades que ejercía en Allen de nombre María Angélica Gómez, oriunda de Concepción del Uruguay, hoy Provincia de Entre Ríos. Se enamoraron y a sus 30 años se casaron. Tuvieron una única hija, quien recordaba la llevaban a jugar con las piedritas cuando el puente carretero que une Cipolletti con Neuquén se encontraba en construcción.

Su hija, Elsa Angélica Agúndez, también maestra, nacida en Bs. As. en 1935 se casó con Luis José Santos, un empleado del Ferrocarril llegado del centro de la provincia de Buenos Aires que dictaba clases de taquigrafía en la escuela secundaria.

De esa unión nacieron sus dos nietos, José Luis y Mónica Santos, ambos abogados, quienes gozaron de un abuelo maravilloso, presente, cariñoso, sabedor de mantener la ilusión de un niño como nadie, con cuentos e historias que aún hoy despiertan sonrisas. Cada uno tuvo tres hijos, bisnietos a los que también les contaba cuentos y cuidaba hasta los 94 años en que falleciócon todas sus facultades, inteligencia y humor intactos.

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Su nieto José Luis estudió abogacía nació en 1957 y falleció en 2005. Formó su familia con Diana Demetrio y tuvieron a María Paula, María Florencia y María Agustina. La otra nieta –autora del relato- es María Mónica Santos, abogada, nacida en 1961 ejerció en el municipio de Cipolletti. Formó su familia con Carlos Krause y tuvieron a Ignacio Javier, María Gabriela y Julián. Su familia sigue unida, reunida para compartir la vida”, casi al fin del relato su nieta escribió “Gracias Abuelo por llevarnos al circo a comprar los ponys para nosotros, solo que no tenías suerte y el dueño nunca estaba, gracias por las huellas que dejaban los camellos en tu patio, gracias por tanto”. Así que, por tu legado, tus enseñanzas, tu incondicionalidad, tu bonhomía, tu amor… ¡Fuiste genial abuelito!”.

Como Agúndez, miles son las historias de familias de Maestros pioneros en las tierras patagónicas, como uno de sus hermanos y su esposa que desarrollaron su prolífica carrera en el Neuquén.

Recordamos hoy a esta alma pedagoga, educadora, desinteresada, sorteadora de escollos de la época para un único fin: educar a la niñez de la Norpatagonia.

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