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Los Trovarelli, familia de inmigrantes italianos

Arribaron al país y a la región con un bagaje de historia natal transcurrida en épocas de Mussolini. Llegaron luego de la Segunda Guerra Mundial. Don Sante trabajó en Indupa y creó la Industria Mecánica Trovarelli.

Una vez más nos convoca el recuerdo de descendientes de aquellos inmigrantes que con su próspera y perseverante labor transformaron las tierras de la norpatagonia. La historia patagónica reciente es narrada a través de entrevistas, escritas u orales, a sus protagonistas o descendientes y necesitó de un largo periodo de tiempo para que fuese aprobada, apreciada, aprovechada.

Alcanza ámbitos que la historiografía académica había omitido como la vida cotidiana de los protagonistas, su desarrollo en una sociedad. Nuestra intención se centra en la preocupación por lo vivido en el espacio patagónico de los antiguos sujetos sociales.

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Esta familia de inmigrantes se inició con don Bartolomé Trovarelli, casado con Ana Dominga Aceto, ambos italianos de Chieti. Se establecieron en la provincia de Pescara, donde nacieron sus cuatro hijos: Luiggi, Antonio, Sante Amelio y Iolanda.

En tiempos de la Primera Guerra Mundial, Bartolomé había emigrado por un tiempo a Norteamérica, donde se desempeñó en oficios varios. De regreso a su tierra, su trabajo fue administrar establecimientos rurales. Cuando sus hijos eran aún pequeños, toda la familia se mudó a Palazzo Morgana, localidad del sector sur de la metrópoli de Roma.

Sante Amelio Trovarelli nació en 1925 y vivió su niñez en épocas mussolinianas. Siempre mantuvo en su memoria actos presididos por el Duce, tanto en Roma, como en Pomezia, en los que tuvo que asistir con sus compañeros de la escuela primaria.

Finalizada la Segunda Guerra Mundial ingresó al servicio militar italiano como chofer de un comandante. Luego estudió en una escuela de artes y oficios: se formó como tornero matricero. Uno de sus primeros empleos fue en Cinecittá, el famoso complejo de estudios al servicio del cine italiano, en Roma, donde reparaba máquinas y hacía piezas para la industria cinematográfica.

En los años posteriores a la finalización de la Gran Guerra, y con los efectos de la devastación de la posguerra, Sante gestó la idea de buscar futuro en el exterior, incentivado también por la propaganda difundida por parte de los gobiernos italiano y argentino, que invitaba a los jóvenes a emigrar. Según recordaba Sante, hasta se les facilitaba el pasaje para llegar a estas tierras.

Él eligió Argentina, propiamente la provincia de Río Negro, ya que un tío suyo, Santos Aceto, se había establecido en ese lugar tiempo antes. En 1949 llegó a Cipolletti y comenzó a trabajar en la empresa Indupa, instalada en Cinco Saltos, donde conoció a otros italianos e inmigrantes de otros países.

A través de su tío conoció a Juana María Briz, hija de eslovenos y nacida en Cipolletti en 1933. Se casaron en 1955 y se establecieron en Cinco Saltos, en la calle Sarmiento. En aquel momento, el barrio donde comenzaron a construir su casa era una chacra recién desmontada.

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Con un crédito del banco y un fructífero trabajo, la casa fue construida en poco tiempo. Sante Amelio siempre recordaba que, en aquellos tiempos, el esfuerzo y el trabajo se traducían en un consecuente progreso para la familia recién formalizada.

Después de trabajar en Indupa algunos pocos años, Sante Amelio se asoció con otros compañeros, casi todos italianos, para iniciar un emprendimiento llamado Imcinsa, Industria Mecánica Cinco Saltos. Su actividad estaba vinculada con servicios para la fruticultura.

Una vez que esa sociedad se deshizo por decisión compartida, Sante, de espíritu inquieto e ingenioso, se dedicó a crear una máquina para armar y tapar cajones de madera para la fruta, que tanto se requería en el Alto Valle del Río Negro y Neuquén.

Construyó su industria en el terreno aledaño a la casa mediante un par de galpones y la adquisición de la maquinaria necesaria, como tornos y fresadoras.

De esta manera, se constituyó la Industria Mecánica Trovarelli que rápidamente, y en el contexto favorable que brindaban la fruticultura, los aserraderos y los galpones de empaque, fue creciendo en empleados y clientes.

Sante Amelio Trovarelli patentó su invento, lo perfeccionó, a la vez que fue adaptándolo a la necesidad de diferentes industrias como la de cítricos, pollos y dulces. Sus máquinas fueron exportadas inclusive a la industria frutícola de Chile.

Desarrolló su actividad industrial con gran profesionalismo, tanto técnico como humano, habiendo sido reconocido y admirado por su familia: hijos, nietos y bisnietos, así como también sus empleados, clientes y amigos.

Un dato de color: las letras C y S que decoran la entrada a Cinco Saltos por calle Sarmiento fueron construidas en sus talleres como servicio a la Municipalidad. De igual modo, secundando al emprendedor padre Adolfo Greber, en la década del ’60, entonces párroco de la ciudad, muchas de las primeras sillas y mesas de la escuela parroquial fueron confeccionadas allí.

Juana y Sante tuvieron cuatro hijos: Jorge, Silvia, Carlos y Pablo. Jorge se incorporó a los trabajos de la industria de su padre mientras se dedicaba en paralelo al rubro comercial de herrajes. Silvia realizó estudios universitarios para la docencia, cumplimentando una larga carrera en ese ámbito en Cipolletti. Carlos tomó los hábitos en la fraternidad franciscana (Franciscanos Conventuales): hoy es el principal referente a nivel mundial de esa congregación, razón por la que no reside en la zona. Por su parte, Pablo estudió ingeniería y desarrolla su actividad en la industria de los hidrocarburos.

Salvo Carlos, todos han formado sus respectivas familias, con el gran ejemplo de sus padres Sante y Juana, ya fallecidos. Jorge se casó con Ángela y tuvieron a Diana, Natalia y Gabriel. Silvia se casó con Alfredo y tuvieron a Javier, Cecilia, Ayelén y Agustina. Pablo se casó con Laura y sus hijos son Fabrizio y Luciano.

Quedan en la memoria Sante y Juana, ejemplo de personas de esfuerzo y gran generosidad a lo largo de sus vidas.

En estos relatos construidos a partir de recuerdos podemos ver lo edificado por nuestros protagonistas. Transcurren los años y Sante y Juana siguen siendo el faro, el ejemplo para toda su familia. A ellos los homenajeamos: a todo lo que hicieron por la tierra que los recibió.

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