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José Alberto Quiñones, cipoleño que plasmó en sus escritos su amor por su barrio

En su libro Barrio del Trabajo narra sus orígenes, sus vecinos, el esfuerzo, la permanencia en el lugar, los sentimientos de amor por el terruño.

La historia oral regional permite contactarnos con los protagonistas o descendientes de pioneros que se atrevieron a estas regiones. José Quiñones nació en Cipolletti el 29 de mayo de 1958 y, gracias a su pasión por relatar los sentimientos a su barrio, produjo una obra de gran valor para los que nos encargamos de dar a conocer la historia.

Dedicado a los pioneros que llegaron al barrio cuando nada había y se animaron a soñar, alimentando ilusiones entre cuatro paredes de adobe, piso de tierra y techo de chapas, el libro reúne relatos y fotografías a partir de 1946.

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El prólogo a la segunda edición dice: “Sin demasiado rigor literario, acorde a lo limitados atributos de un simple aficionado a las letras, el libro logró ganar el corazón encendido de los lugareños. Crónica de un sentimiento, tiene la intención de reconstruir, de alguna manera, la historia del entrañable barrio Del Trabajo”.

Tierra inhóspita por donde se la mirara, cubierta de plantas de manzanos, perales, viñas y yuyales por doquier. “Del Trabajo, porque nadie trabajaba, se atribuía una vieja versión sobre el nombre de la barriada. Nada más alejado de la realidad, puesto que la perseverancia y el ímpetu de sus habitantes, convirtió con el tiempo, la ironía en homenaje”.

En sus orígenes (1946-1950) la ubicación geográfica del barrio comprendía el loteo, el sector delimitado por calles Saavedra al sur, Buenos Aires al oeste, Ceferino Namuncurá al este y Suipacha al norte: cuatro manzanas.

En 1932 la sociedad comercial que explotaba la bodega Santa Clara loteó una pequeña fracción de tierra sobre el frente oeste de la calle Paso de los Libres, entre Las Heras y General Paz: de esta manera se dio origen al barrio Santa Clara. Dos años después, los hermanos Jorge y Juan Larrosa enajenaron terrenos familiares ubicados en el sector delimitado por la Avenida Alem, Urquiza, España y La Esmeralda, lo que originó el Barrio Nuevo.

Según el relato de José, por aquellos años la avenida Alem y el desagüe paralelo que corría en sentido este-oeste establecía la frontera norte del pueblo: a partir de allí el paisaje mostraba campos y chacras. La lista de barrios continúa.

Entre 1946 y 1950 se impulsó el desarrollo urbano debido a los créditos de fomento otorgados por el Banco Hipotecario Nacional, lo que produjo un acelerado crecimiento del poblado. Se produjo el loteo de las fracciones comprendidas entre Buenos Aires, Saavedra, Ceferino Namuncurá y Suipacha, y de esta forma surgió el Barrio del Trabajo. Según consta en un antiguo documento fue don Pantaleón Arias, don Panta, uno de los adelantados: un jornalero chileno arribado al lugar en la década del ’40.

De acuerdo con la documentación, el vendedor del solar fue el escribano Oscar Silvino Medela, que había adquirido las tierras a don Gregorio Herzig en 1947. El loteo del barrio se realizó sobre lo que había sido una plantación de viñedos proveedor de materia prima a la bodega de la familia Herzig en el paraje La Falda, como ya hemos desarrollado en escritos anteriores.

En la década del ’60 un nuevo loteo dio origen al barrio Don Bosco. Rodeado de chacras –Filipuzzi al sur y la de Isidro García al norte- y recostado sobre las vías férreas al oeste, el incipiente poblado que conformaba el modesto barrio Del Trabajo adquiere su denominación por el perfil de sus pioneros: gente sencilla, laboriosa, que llegaba al lugar con la esperanza de forjar su porvenir y de su familia.

Al principio la vida no fue complaciente, las construcciones de adobe, las calles mal trazadas que las lluvias que se convertían en lodazal y los aislaban. Grandes descampados abundaban: servían de canchas para los juegos de los niños. No había agua potable, los vecinos usaban el agua de una canilla que estaba en la esquina del actual Correo Argentino –Mengelle y Teniente Ibáñez- y otra instalada en la calle Primera Junta del barrio Filipuzzi. Esto dio lugar a pocas condiciones de salubridad e higiene, que se potenciaban como caldo de cultivo para contraer muchas enfermedades.

Luego, los vecinos colocaron los caños de fibrocemento: en cada manzana se colocó una canilla. Además, carecían de gas natural, usaban leña y no había energía eléctrica. Con el paso del tiempo el barrio incorporó nuevas manzanas: se extiende hasta la calle Santa Cruz al norte y Mengelle al este. Entonces llegaron el asfalto, la luz de mercurio, y comenzaron a erigirse las construcciones modernas.

El autor describe a sus habitantes, como el Viejo Carrasco, que vivió en Balcarce y Buenos Aires. Repartía leña en un carro tirado por una yegua blanca que, según creían los lugareños, tenía propiedades curativas. La familia Febrer, o la familia Molina, quienes tuvieron un terreno en la esquina de Suipacha y Pagano, donde construyeron un inquilinato de piezas de adobe y techos de chapa, el “conventillo” de Molina.

Parroquia Nuestra Sra. de Luján. Colaboradora la Sra. Margarita Segovia de Salto.jpg

También la familia de María Montesino. O Guido Sandoval y Modesto Santana, Víctor Aurías y familia, Rafael Zurita, los Acuña, María Novoa, Matilde Ortega, Doña Gofinda Cides, los Valdéz, los Parada. Arriagada, Leal. Aragón, Del Valle, entre tantos otros (tomamos nombres y apellidos de las fotos con que el autor ilustró el escrito). Ernesto García y María Liuqui. Eugenio Medrano, los Peletay. Imposible nombrarlos a todos en estas páginas.

Cuando se iba a colocar el agua potable los vecinos se organizaron y realizaron bailes para recaudar fondos: se formó una comisión con Miguel Aragón, José de la Paz Ortiz, Gumercindo Lillo, Juan Tatti, Diego Aís, Antero Báez, Pinos y otros vecinos del Filipuzzi como González, Ancatén, Cerda y Ortiz. Otro recordado vecino, don Humberto Sotto, trasladó los caños en el camión municipal y los llevó directamente al barrio.

Un personaje del barrio fue doña Ángela Mercedes Jara, nacida en el paraje Ranquilco, en la precordillera neuquina. Criada en el campo, vivía con sus hijos de lo que les ofrecía la naturaleza. Los hijos se educaban cuando podían, la escuela más cercana se encontraba en Vilu Mallín, próxima a El Cholar, a 12 kilómetros de su casa. En 1949 llegaron a Cipolletti. Los vecinos recurrían a ella para consultarla por enfermedad, por remedios caseros, era la “partera del barrio del Trabajo”. Fue nodriza de varios niños. El libro narra que el doctor Quadrini asistió a numerosas mujeres del barrio que dieron a luz en sus casas, secundado por la abuela Ángela.

Además, acompañaba a los deudos del fallecido en los velorios, era la voz cantante en la oración.

Otro pionero barrial fue don Manuel Pichiñan, que se trasladó desde Temuco, Chile, en búsqueda de trabajo y fue contratado en el establecimiento de Hans Flugel –en Guerrico-que se dedicaba a la agricultura y la ganadería. Esta estancia generó mitos de haber refugiado a jerarcas del Tercer Reich escapados de Europa bajo identidades apócrifas.

Pichiñán trabajó con denuedo en las plantaciones de forrajeras -cebada y alfalfa- para alimentar las ovejas, principal recurso de la firma. Unos años después conoció a Augusto Mazzuco, que le ofreció empleo en Cipolletti en la empresa de pompas fúnebres de su hermano Nicodemo. Este nuevo puesto lo ocupó durante cuarenta años.

carroza de Mazzuco.jpg

En Cipolletti compró un terreno en el barrio del Trabajo sobre calle Namuncurá. Don Manuel formó su familia con Sofía Liuqui. Fue un amante del fútbol, compartió su pasión por la redonda con sus amores Cipolletti y River Plate.

Nicodemo Mazzuco, por su parte, tenía a cargo el único servicio de sepelio en el pueblo, aunque en algún tiempo tuvo como competidor a Francisco Miralles.

Este negocio estaba en calle Irigoyen, frente al edificio Torino. Manuel manejaba el coche fúnebre mediante tracción a sangre: era un mateo de cuatro ruedas ornamentado al estilo victoriano, tirado por dos caballos o cuatro cuando se trataba de algún muerto de alcurnia. Llevaba cortinas negras cuando fallecía un adulto y blancas si se trataba de alguna persona joven. Los caballos eran negros con una pintita blanca en la frente, con adornos de bronce, incluso las anteojeras, y en el lomo llevaban una capa con pompones. Don Manuel iba ataviado con traje negro, moño, galera y guantes blancos.

Con respecto a las cuestiones de fe, no existía en el barrio espacio físico para desarrollar las creencias religiosas de la iglesia católica. Las primeras misas se dieron en la vieja escuela primaria N° 131 del barrio Flipuzzi en calles Primera Junta y Don Bosco, hoy calle Gobernador Castello. Un tiempo después la escuela se trasladó al edificio de calle Saavedra y allí continuaron las celebraciones religiosas hasta que hubo de dejar el lugar.

Apareció como alternativa la peluquería de Atilio Aragón, que ofreció el salón de calle Balcarce para que se diera misa los domingos. Allí surgió la idea de formar una comisión para comprar un inmueble y edificar la capilla del barrio. Se reunieron varios vecinos.

El doctor Salto, que era el intendente de la ciudad, ofreció un terreno ubicado sobre la calle Suipacha, donde había un salón; su esposa Margarita de Salto colaboró con esta obra. La comisión organizó rifas y ferias de platos para recaudar dinero para las obras: actividades deportivas que organizaba don Osvaldo Quiñones. El autor de este libro resalta la figura del padre Francisco, cura español con gran perfil servicial.

La peluquería de Atilio Alarcón.jpg

Un gran episodio sucedió a mediados de la década del ’60: la llegada al barrio de la imagen de Nuestra Señora de Luján, entronizada en el interior de la parroquia, llevada en procesión encabezada por monseñor Elorrieta y el padre Francisco. Luego se hizo cargo del templo el padre Rueda: su prédica tenía un fuerte contenido social.

Un espacio importante en el barrio fue la peluquería, ubicada en calle Balcarce 156. Miguel Aragón fue un hombre jubilado de YPF que había dejado Plaza Huincul con su esposa María Méndez y doce hijos: arribaron a Cipolletti. En el frente de la casa, uno de sus hijos, Atilio Aragón, instaló la peluquería, que funcionó como una especie de salón comunitario, a disposición de las inquietudes de la comunidad.

En 1965, en la peluquería, don Osvaldo Domingo Quiñones fundó, junto al dueño de casa y otros personajes del barrio, la Peña Ciclística Borocotó, entidad que por más de tres décadas monopolizó en la región la organización de pruebas atléticas. Allí se redactaban las actas de las reuniones con carbónico, las copias de los partes de prensa para llevar al diario Río Negro, al rotativo radial del deporte de LU19, la Voz del Comahue y a LU5 Radio Neuquén.

Don Osvaldo Quiñones, Rodríguez, Muñoz. Guzmán y Calquin la previa de una prueba pedestre.jpg

La peluquería tenía su identidad y oficiaba de lugar de reuniones: trucos, lectura de revistas futbolísticas, las peleas de Monzón en un antiguo televisor blanco y negro. En algunos casos ofició de sala mortuoria. Las fiestas patrias se conmemoraban con gran avidez en el barrio: la peluquería era el epicentro. Se izaba el pabellón nacional y don Quiñones discurseaba haciendo una reseña patria del acto conmemorativo.

En el libro podemos leer una poesía dedicada a la memoria del amigo Atilio Aragón. He aquí algunas estrofas.

Peine, tijera y truco

Balcarce 156, en el barrio del Trabajo

el sol se muere de a poco, es la hora del ocaso.

La barra rea ya enfila, hacia la cita obligada

a la peluquería de Atilio, mucho chamuyo y truqueada.

Los patriarcas de la historia, don Miguel y la María

arribaron con su prole de la tierra petrolera.

El futuro de los hijos, anhelos a concretar

el barrio los cobijó, brindándoles paz y amistad.

De los doce quiso el destino, que Atilio sobresaliera

sin con esto desmerecer, al resto de los hermanos.

El perfil del peluquero pronto encontró en la barriada

la razón de los encuentros, el sabor de cada mateada.

Entre tanto corte y corte, también floreció el amor

Isabel llegó a su vida y una familia formó.

Las chancletas se sumaron, todo fue dicha y sonrisas

no fue una sino cuatro: Claudia, Sandra y las mellizas.

Sillón de cuerdo y espejo, brocha y peine usado,

la vitrina de madera en un rincón destacado.

Guarda con orgullo y celo, cual madre protectora

los trofeos conquistados por la escuadra ganadora.

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Un tórrido 6 de enero, allá por el sesenta y cinco

el emblemático Quiñones, con Atilio y otros locos,

fundó la Borocotó para impulsar el ciclismo.

La Peña se hizo famosa, después con el atletismo.

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Sagrado templo de amigos, de mi infancia y juventud

El almanaque ha volado, nostalgia y canas se unen

Cierro los ojos y te evoco, se agita mi corazón

Ayer y hoy para siempre, la peluquería de Aragón.

José Alberto Quiñones

20 de julio 2014

Este nuestro homenaje al autor de estas memorias. José Alberto Quiñones porque con su arte de escritor pudo recopilar y volcar en un libro su amor al barrio y a las personas y personajes que conforman la gran historia cipoleña: ahora son recordados, y nos esperan tras las páginas para seguir contándonos cómo era la vida hace muchos años en esta, nuestra hermosa y fértil tierra valletana.

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