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Doctor Augusto Ciruzzi, médico y gran conocedor de la historia de su ciudad

Declarado personalidad destacada por su trayectoria y trabajo realizado en la ciudad. Participó de la fundación de la Facultad de Medicina, escribió libros de cuentos, de poesías y rescató la historia de los primeros médicos que llegaron a la zona del Alto Valle.

Estamos ante la historia familiar del doctor Augusto Ciruzzi y con la magia de la historia oral que nos devela instantes de la historia guardadas en la mente de sus descendientes, sus hijos narraron su prolífica vida plagada de grandes recuerdos y de su hacer por la historia local.

“La curiosidad constante en su andar lo transforman en antropólogo, historiador, cuentista, poeta, político, pero sobre todo en un inquieto humanista”, escribió su hijo Camilo, autor de estas líneas y con acompañamiento de sus hermanos.

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Augusto nació en Buenos Aires en 1946. Hijo de Oscar Ciruzzi, médico, y María Esther Castro, ama de casa, entrerriana emparentada con Raúl Uranga, otrora gobernador de Entre Ríos (en su época se construyó el túnel subfluvial del Paraná). Sus abuelos Bruna Bellezza y Vincenzo Ciruzzi, italianos, habían llegado al país en 1905, de Stiliano, Basilicata Italia. Se asentaron en Mendoza y luego en Buenos Aires. “Se casó con mi mamá Ana María Cenoz mientras era médico traumatólogo en el hospital Churruca y mi mamá, ginecóloga”.

“Vivían en un pequeño departamento del barrio porteño de Caballito, calle Doblas 222: en ese lugar nací en 1972 y viví ahí hasta que la empresa italiana Impregilo le hizo una oferta de trabajo para una obra en Neuquén. Mi padre contaba que un amigo le presentó a una persona que buscaba médicos que se mudaran a Neuquén y le dio una tarjeta. La situación económica hizo que tiempo después llamara al hombre de la tarjeta para saber si la oferta de trabajo estaba en pie. Así fue que llegó al sur por el año 73”.

La oferta de trabajo incluía un puesto en el hospital y casa en una villa temporal que albergaba a los trabajadores del complejo hidroeléctrico Cerros Colorados, la villa de Planicie Banderita. También incluía pasajes de avión a Buenos Aires para la familia: “Con el primer sueldo me compré una rural Falcon y meses después un terreno en el entonces Loteo El Manzanar, en Cipolletti”, contaba.

“Mi hermana Carlota nació en el 73 en uno de esos viajes a Buenos Aires. Luego en el 75 nació Ignacio en el hoy desaparecido hospital de Planicie (solo quedan algunas paredes de lo que era el garaje de ambulancias y la morgue). Su trabajo como médico en la zona le permitió tomar contacto con la genética neuquina y enamorarse de la zona agreste y mapuche de lo que para un porteño era casi el fin del mundo”.

“Así fue que empezó su carrera de polímata. Su enorme capacidad intelectual y curiosidad no solo le permitió crecer profesionalmente hasta convertirse en una eminencia de la traumatología, sino que comenzó a indagar en la historia de la zona. Aún quedan en su casa cajas rotuladas con puntas de flechas, sobadores y raspadores, algún fósil de los miles que juntaba por el campo. Conoció cada curva del río, cada mallín, arena movediza y planicie; participó en campañas de vacunación de las comunidades Paynemil y Kaxypayin, que eran por entonces marginadas de casi todo”.

“En Cipolletti erigió su primera casa propia, y en el 76 tras divorciarse de mi mamá se mudó a esa casa del Barrio Manzanar, cuando todo era chacras y galpones, que a las 18 horas liberaban a hordas de empacadores en bicicleta que no permitían circular por las calles de tantos que eran. El valle era pujante”. En esos tiempos trabajó en la Clínica de los Madereros, en el hospital cipoleño de la calle Fernández Oro, y en el Sanatorio Río Negro.

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“Por el año 77/78 conoció a Gabriela Erázun, en Chocón, a donde iba una o dos veces por semana a trabajar como traumatólogo del hospital. Era médico de Hidronor en ese entonces. Su amor por el interior neuquino y su vocación de médico lo ataron a la historia de Neuquén en sus años de desarrollo hidroeléctrico”.

“Esos años los recuerdo yendo con él y mis hermanos en el Fiat 128 o la camioneta Chevrolet. Mientras él atendía desde la mañana hasta las primeras horas de la tarde, nosotros jugábamos en el bosque de pino ponderosa que rodeaba el hospital o nos animábamos a ir solos al club que la empresa Hidronor tenía en la villa de los ingenieros. Luego nos llevaba a pescar y comer un sándwich que comprábamos en la despensa de la villa que estaba antes de cruzar la represa Chocón Cerros Colorados. Pescábamos truchas un par de horas en el lago o en el río y volvíamos cansados en las últimas horas de la tarde, con la energía justa para hacer una parada en Arroyito a engañar el estómago una vez más”.

“Para nosotros era pescar y recorrer el Chocón. Para mi padre era el momento de conocer paleontólogos biólogos, lugareños y enamorarse más de esa tierra yerma pero llena de futuro. Explorar y aprender más de la historia de la zona era una actividad paralela que lo enamoraba. Era un fanático de la historia, la biología, la antropología y la paleontología. Cuando estudiaba medicina -contaba- consiguió un trabajo temporario en el museo de Ciencias Naturales de la Plata o salía de excursión en la estanciera que mi abuelo tenía. Su naturalismo innato lo llevaba a colectar alimañas que llevaba consigo a su casa para criar y estudiar. El colmo fue cuando llevó un yacaré que mantuvo en una bañera hasta que mi abuela amenazó con echarlo junto al lagarto.”

“En El Chocón conoció a Gabí, como le decíamos. Era la cuñada de José Tuñón, pediatra que vivía en la villa de Chocón y trabajaba en el hospital de la villa en ese entonces.

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Con Gabriela tuvo tres hijos más: Lorenzo, Torcuato y Olivia.”

Durante la dictadura estuvo complicado por su actividad política dentro del radicalismo y su trabajo social como médico en barrios de bajos recursos. Un militar amigo lo ayudó varias veces para poder seguir viviendo. “Quizás ese obrero de la construcción vecina a la casa donde vivíamos, y que nos preguntaba a mí y a mis hermanos que no llegábamos a los 10 años, qué música escuchábamos o qué libros había en casa, fue la vez que más complicado estuvo”.

“El fervor democrático lo encontró de la mano de Osvaldo Álvarez Guerrero que fue electo Gobernador de Río Negro. Ocupó por unos meses la Secretaría de Salud de la provincia y renunció porque, según dijo, de la política no se puede vivir y mantener una familia de 6 hijos”.

“Eran tiempos difíciles y de estrechez económica. Desde la década del 80 en adelante nos mudamos a una casa que nos prestó la familia Pilotto (Osvaldo y Clementina unos de sus eternos y admirados amigos) en calle Brentana 71”.

“Se vendió la casa del manzanar, que la compró otro médico: Julio Arriaga, luego intendente de Cipolletti. Compró un terreno en la zona de chacras de La Falda, justo frente a la bodega de Herzig y ahí con muchos años de sacrificio construyó una casa enorme para su familia. Pero antes de eso, durante muchos años, una casilla con una bomba de agua y un quincho rudimentario fueron el destino de asados con amigos y aventuras para nosotros 6. El viejo viñedo servía incluso de coto de caza de liebres y perdices, que abundaban por ese entonces, igual que tortugas y culebras. Cipolletti terminaba en la CAP, antiguo frigorífico, en Kennedy e Irigoyen, decíamos. Claro, a partir de ahí no había nada, solo chacras y la misteriosa casa Peuser y algunas casas del barrio Los Tordos que la rodeaban”.

“Siempre dijo que amaba su chacra. Volvía del consultorio, se calzaba el mameluco marrón y se iba a trabajar a la huerta. Cosechaba de todo, aunque él detestaba las verduras. Tuvimos pollos, pavos, conejos, chanchos, vacas. La idea era ser autosustentable, pero apenas fue un aporte para la familia. Era una granja que incluso sirvió para que chicos de escuelas de Cipolletti fueran a ver de cerca lo que los libros les mostraban en fotos”.

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“Fue concejal en Cipolletti junto a Pedro Dobreé y Alfredo Chertudi, amigos de militancia. Nunca dejó la política, su pasión. Amaba la historia argentina y entendía que solo la política era capaz de transformar el destino del país. En 1984 se creó la Comisión Municipal de la Vivienda refrendada por marcos Chertudi, presidente del Concejo Municipal, Lorenzo Miranda, Secretario de Gobierno, y Augusto Ciruzzi, Secretario de Desarrollo Social”.

“Esas pasiones de estudiar su entorno nunca cejaron. Buscó y recopiló información y entrevistas con antiguos pobladores de Cipolletti, rescató actas fundacionales perdidas en el tiempo y el olvido. Y escribió muchísimo. No solo pericias laborales o estudios pre ocupacionales salían de su cabeza fervorosa”.

“Su activa participación social, política e histórica y profundo compromiso con Cipolletti, su lugar en el mundo, le permitieron obtener un logro del que se enorgullecía siempre: en el año 2015 fue nombrado por Abel Baratti, por entonces intendente de Cipolletti, como ciudadano ilustre de la ciudad”.

“Estaba embarcado en otro libro tras participar de algunos concursos nacionales con su novela medieval corta Las Alas de los Ángeles, un trabajo que mezcla el amor, una autobiografía subliminal y la ciencia en el medioevo bajo de Italia. Estudiaba la conquista del desierto y la llegada de los primeros asentamientos en torno a los destacamentos militares, pero llegó el Covid”.

“El 2021 lo encontró trabajando en su computadora como siempre. Allí mezclaba trabajo y escritura recreacional. El virus pegó fuerte en la familia Ciruzzi. Nacho, uno de sus hijos, estuvo 45 días intubado y en coma, y papá no lo superó. Tras episodios de hipoxia aceptó internarse e intubarse. Las vacunas nunca llegaron para el médico que había dedicado su vida a atender a todos los que llamaban y golpeaban a su puerta, sin importar quién ni su condición socioeconómica. Amaba su profesión de médico y decía que ya no había médicos como antes, de esos que charlaban con el paciente antes de revisarlo o medicarlo, ‘porque muchas veces la dolencia tenía que ver con otros problemas y no con una enfermedad’. Era un semiólogo enorme y un gran cirujano, según decían sus pares. Aimismo fue un gran cocinero e inventor culinario”.

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Médico del club Cipolletti y de Marabunta

Había dejado de operar porque los ligamentos de sus hombros ya no daban más tras años de cirugías y esfuerzos en el quirófano: ‘Qué feo es llegar a viejo’, reiteraba desde su condición física debilitada y remedios para el síndrome metabólico que lo aquejaba. Vivió sus últimos años con Ethel, su tercera pareja. Escribió varios libros: Te cuento un cuento, Leyendas apócrifas, Poesías para pensar un rato, Las alas de los Ángeles: uno de sus hijos escribió las contratapas. La tapa fue realizada por una de sus hijas, diseñadora.

“Mi viejo era un ser extraordinario. Lector obsesivo, ético hasta la médula, vivía en su mundo de ciencia y no dejó de estudiar etología humana hasta el último minuto de su vida. Comenzó a enamorarse de esa ciencia de la mano de Desmond Morris, Vitus Droscher y Konrad Lorenz hasta evolucionar a textos más complejos como Irenäus Eibl-Eibesfeldt. Le gustaba el personaje de Sheldon Cooper “se parece a mí”, decía. Quizás su alma científica lo parangonaba con ese personaje de ficción. Algo de eso había, pero fue un gran padre, sobre todo”.

El día que murió esta fue la catarsis de Camilo:

La trompa del elefante

pensamientos desordenados al borde de la muerte

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La imagen es una mierda. Mi viejo boca abajo en una cama de terapia intensiva. Desnudo y lleno de caños con drogas para mantenerlo sedado. El respirador respira por él. Ya no es él.

Hace un año casi, fue su cumpleaños.

Estaba prohibido salir por la cuarentena obligada. Sin embargo, los seis hijos fuimos con un amplificador a batería y le cantamos el feliz cumpleaños desde lejos.

Del otro lado de la reja de su casa, con una mano agarrando un barrote, lloraba emocionado. Ethel, su compañera, lo abrazaba.

Un año pasó. Un año argentino donde el frenesí te lleva puesto para que todo permanezca igual. La inmanencia en el tiempo de una realidad torcida es muy de acá.

Se relajó la cuarentena y salimos todos a tratar de recuperar la vida. Embarbijados y alcohoengelizados.

Pero el virus pegó duro. Primero Nacho, al día siguiente el viejo. Al virus no le interesan las diatribas políticas.

Está llegando abril y quizás no tengamos siquiera la posibilidad de cantar otro feliz cumpleaños. Un año es una vida en argentina. Una vida en argentina es un letrero luminoso de inmorales que había en nombre nuestros mientras con el futuro alimentan de energía sus luces y sombras. La gente muere entre discursos.

Nacho sale lentamente de su estado post covid. Mi viejo es incierto y no importa que nos quedasen cosas que hablar o hacer, o que su cumpleaños esté cerca. Ya no parece él.

Lo quiero acá. Uno valora lo que no tiene o lo que se fue. Este limbo no te deja ni eso. Un aparato respira por él y él se va sin importar que muchos lo queramos acá y que sus nietos necesiten de su abuelo, como sus hijos de su padre. Él no está.

Un rato más, un poco más. Te necesito acá. Quiero decirte chau.

Ya no es lo que no está.

Es una catarsis

2

Quizás de todo aquello que me quede sea la impronta, sobre todo. Los recuerdos se esfuman en el tiempo, pero ser lo que uno es los que queda de él. Las luchas en un campo de batalla inhóspito como fui y lo que resultó.

3

Enorme todo lo que queda. No estoy en condiciones de describir todo. Es inabarcable. Ciencias, literatura, política, medicina, historia. Pero sobre todo hijos, nietos y memoria de un deber ser. Quisiera llegar, aunque sea un poco a él. Quedará todo lo que quiso que seamos y lo que podemos ser.

Se apelotonan en este momento recuerdos que me deja y siguen llegando. Los retos, los enojos, las lecciones, las ayudas, los abrazos y el cariño.

Quizás le costaba porque yo era refractario o poco empático a esas muestras. No era él, era yo.

Un viaje solo con su nieto, mi hijo, por el interior de Neuquén para buscar alguna historia o solo formar una relación. Octavio haya sido quizás el nieto de mejor relación con él. Fue quien lo filmó la mayor cantidad de veces y el que estaba cuando hacía falta.

Un viaje de egresados cuando egresé de séptimo grado junto a dos compañeros y otros tres padres porque no toleraba que se interrumpieran las clases para viajar a Córdoba. Fue a fin de año y fue el mejor de mi vida hasta que yo repetí viajes con mis hijos. El valor de esos vínculos, sobre todo.

Un pedido de ayuda o consejo ante algún problema que le costaba resolver. Su mirada del mundo y su humanismo genial. Voracidad intelectual y enorme capacidad de trabajo. Pero sobre todo papá.

Mi viejo es enorme y ya no está. O ya no estará.

4

Déjame llevar mis muertos a cuestas.

La trompa del elefante es un evento sobrenatural e la naturaleza. Lleva años dominarla por la enorme cantidad de músculos y terminales nerviosas de esos enormes animales.

Junto a la cama de mi papá, pronado para mejorarle la respiración, nos juntamos los hermanos que estábamos. Carlota, Olivia, Lorenzo y yo.

El diálogo es de cada uno y solo pudimos acariciar al viejo, hacerle algún remolino en el pelo corto. y perder alguna palabra de afecto entre cables y monitores.

Nuestras manos eran como la trompa de los elefantes, que ante el miembro convaleciente de su manada no hesitan en tocarlo y acariciarlo para mostrar amor. No hablan ellos, como nosotros. Pero no hubo respuestas. Ni ellos las tienen. Son como funerales en vida en donde aquello que tanto cuesta aprender se usa para despedir al ser amado.

Un hijo cuesta año de paciencia y educación y no hay más afecto que el silencio de una mano corriendo por la piel.

Cada uno, seguro, rogó porque papá sintiera ese afecto de su manada.

Somos la trompa del elefante.

5

El sábado fue casi un final.

Estaba rondando la muerte sin cuartel. El día anterior una buena noticia alentó alguna esperanza escuálida a la que aferrarse. Una bacteria descubierta en un cultivo del jueves por la tarde podía explicar la rigidez de los pulmones de Augusto. El sábado la información casi liquidó esa esperanza tenue.

Quizás pase hoy, quizás mañana o quizás renueve el pacto con el diablo, para prolongar su vida, como decíamos con mis hermanos para reír de la supervivencia a varias afecciones de su salud. Quizás aquella esperanza haya mutado a un plano metafísico que siempre deseamos.

Caminé en silencio por mi casa sola. Me gusta estar solo y pensar o relajar las defensas y sentir. Me siento en un borde que actúa de dique. No quiero ceder. No sé ceder.

A veces creo que lentamente fui abandonando el afecto para no tener que enfrentar un mundo sin papá. Uno nunca quiere ser huérfano de padres sin importar la edad. Los afectos no exigen razones. A veces, sin embargo, siento que, por fin, casi a mis cincuenta, logré sintonizar en términos intelectuales o racionales. Justo al final de todo, parece injusto.

Un mundo se abre en breve y no estará su guía para llevarnos ni llevarme.

Hablaba con Olivia. “Cada cual tiene un poco de él”. Todos sus hijos representamos algún aspecto. Humor, letras, ciencia, pasiones, razones, afectos, creatividad, amor, odios, ética, esfuerzo, vagancia, paciencia, tranquilidad. Calculo que siempre es así. El mundo no abandona a sus hijos, sino que permanece en ellos en partes infinitas. Nos reímos entre nosotros: sos re ciruzzi… todos lo somos.

6

Los perros

Salí a caminar con los perros a la plaza. Mi mente bullía en vahos interminables de nadas de forma sucesiva. Ellos hicieron lo suyo mientras me seguían en mis vueltas a la manzana. Ellos parecen entender todo. Tranquilos caminan y corren sin ladrar. Mi mente ladra y no me deja escuchar.

Son ruidos que no quiero que se vayan porque no sé como pensar ni recordar.

Vi sus fotos de Facebook y no pude seguir. Algunas sepia, junto al máster Pandolfi, su amigo. Otras presentando sus libros de historia o poesía y firmando dedicatorias orgulloso de esos nuevos hijos en tiempos de andropausia.

Y llegue a una en la que sostiene sonriente dos huevos de avestruz, uno cada lado de su cara. Un marco para una sonrisa alegre y en el epígrafe : "son de yeso, no soy de andar robando nidos”. Un humor raro. Pero así era él: naturista siempre.

Vivíamos en la chacra y en la mesada de la cocina se apilaban frascos con peces, arañas, gauchas, lombrices, hormigas. Una incubadora de huevos sobre la cocina, un parásito estomacal en alcohol y un cajón con pavitos, patitos, pollitos o gallineta de guinea que alimentar con una mezcla de huevo duro achicoria y balanceado. Era nuestra tarea, lo mismo que alimentar esas alimañas privadas de su libertad.

La chacra fue una libertad. Un sueño de huerta y animales de granja. Un horticultor autosuficiente que pocas veces llevó a cabo y que dejó reposar en la peonada o sus hijos.

Pero es imposible disociar su figura en un mameluco gris amarrando primero y azul luego, recorriendo la huerta para sacar tomates o zapallos. Era una huerta básica de verdura que no le gustaba consumir con asiduidad. Pero así era él un proyecto de vida ideal. Incluso probó ser político y fue concejal. pero no sirvió para eso. Grandes ideales y proyectos incuajables por ser él extremadamente honesto. Un faro repicado en nosotros.

7

Planicie y el inicio

Apenas egresado junto a mi madre, su esposa de entonces, se vino al sur. Planicie Banderita, un obrador inhóspito en el que se construiría un dique y un lago artificial. Sí llegó al sur y cuando casi nadie lo hacía, en sus tiempos libres se dedicó a estudiar la paleontología del lugar.

Conoció a los mapuches y sus historias. Juntó puntas de flechas y las catalogó; tal como hizo con fósiles y herramientas de épocas líticas. Estudió y aprendió.

Eligió esa zona para descansar ahora. Sus cenizas tendrán su final en el lugar que amó, la barda que nos crió.

Luego Cipolletti y acá estamos todos transitando el calvario doloroso del final. No deseamos otra cosa que tenerlo un rato más.

La muerte es miserable, no te deja terminar lo que había que hacer. La muerte obliga a todos los que quedan a hurgar y repasar los que quedó a medias, lo que se hizo y lo que no. En medio de la ausencia y el dolor todo es un despojo o un girón que nadie quiere terminar de mirar para no recordar.

8

-Como sigue esto Camilo?, me preguntó Ethel el sábado cuando fuimos a verlo por la tarde.

La saturación bajísima y 7 bombas con sedantes y otros medicamentos al máximo. El corazón estimulado para que la sangre oxigene.

-Como sigue esto?, repicó la pregunta en mi cabeza en ese instante. No tenía una respuesta adecuada. No la tengo aún. No hace falta entender la palabra o pensar una respuesta cuando la mirada del enunciado se pierde en el mar de la tristeza. La angustia no ofrece espacios a la razón cuando esta es negativa. Solo permite engaños y ya no era tiempo para eso.

Olivia transmitió a los médicos la decisión de no forzar el cuerpo de papá.

Cada cual se despide como puede.

El médico de guardia en la terapia intensiva se acercó al cubículo y nos informó que había terminado el horario de visita. Le sacaron los auriculares que conectados a una tablet le pasaban música de Boccherini.

“Alguno quiere quedarse un segundo solo para decir algo”, flotó una pregunta y todos respondieron sí!.

Acaricié el brazo quieto e hinchado. Y Carlota primero, Olivia después, se acercaron al oido y le dijeron “andá tranquilo, todo está bien”.

La despedida fue brutalmente sincera entre algunas lágrimas. Ethel y Mariana, su nuera, la esposa de Nacho, secundaron un segundo más.

No hay final aún y el duelo dura. Quizás muera hoy, o mañana o quién sabe. No sé si estamos preparados. Quizás nadie lo esté. “Cómo sigue esto?”. No lo sé, solo sé que hay que seguir. Yo quisiera poder abrazarlo una vez más. Y si pudiera tras eso, otra vez. Pero ese cuerpo desnudo ya no es.

Me justifico y vacío mi mente de casi todo lo que puedo para no llorar. Pero va a pasar en mi soledad. Y está bien. Nunca sabremos si llegado el momento hemos podido decir adiós de la manera perfecta y sin cuentas en el haber.

9

Domingo, llegó el final

“11.40”. El viejo se fue en paz. Tuve la enorme fortuna de ser su hijo y que me diera mis hermanos.

Nos toca seguir con la frente alta… muy alta.

Cuando mi abuelo Pipo murió, pasados sus 80, sus hijos lo cremaron en el cementerio de La Chacarita. Un salón gris enorme y pelado de adornos, como un edificio ruso de los 50. Solo una cinta transportadora llenaba el eco silencioso. Papá, Cecilia, Silvia, Vicente, Carlota y yo. Todos lloraban, menos mi papá y yo. Cuando la cinta comenzó a llevar el cajón con mi abuelo hacia el horno crematorio, mi papá orgulloso reemplazó el llanto por aplausos.

Hoy me toca aplaudir a mí.

¡Que homenaje realizado por Camilo y sus hermanos!! ¡Gran profesional, gran padre, gran historiador, gran artista!!

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