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El médico de los niños se despide del consultorio

Tomás Herczeg se jubiló tras 56 años cuidando a los nenes cipoleños.

Sara Aedo

acipolletti@lmneuquen.com.ar

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En Cipolletti lo conocen todos. Abuelos, padres e hijos pasaron por su camilla y recibieron su diagnóstico. Es el “médico de los niños”, como lo indica la placa en el frente su consultorio. Tomás Herczeg, a sus 81 años, abre la puerta de su despacho con la calidez con la que trata a sus pacientes desde hace 56 años. A un mes de su retiro, le cuesta despedirse de la profesión que siente tan viva como al principio. Le dice adiós al ambo, a las recetas y al estetoscopio, pero la vocación no hay quien la saque de su corazón.

Cipolletti lo recibió en una época en la que los pediatras no abundaban. Había sólo uno, el doctor Antonio Pérez Canel. Recién empezaba la década del 60 cuando Herczeg se comunicó para tantear el terreno. Recibió un “venga urgente” como respuesta y supo que no podía demorar el armado de la valija.

La profesión le arrebató el sueño y lo mantuvo activo desde joven, mientras cursaba Medicina en la Universidad de Buenos Aires. Fue en las prácticas clínicas de segundo año cuando supo que su vocación era cuidar a los niños. Se graduó en 1958 y tres años después vino al valle con su esposa, Nilda, quien dudaba porque en el camino todo era árido y la vista, poco estimulante.

La dupla de pediatras Herczeg-Pérez Canel era única en varios kilómetros a la redonda. La rutina en los primeros años consistía en la atención de guardias de 12 horas cada uno, durante las que recibían ente 40 y 60 niños. Además, la visita domiciliaria era muy habitual en esa época, por lo que salían mucho en el Citroën 2 CV celeste que Tomás no olvida.

Desafíos

Los desafíos eran inmensos. En 1961, cuando Herczeg comenzó su tarea, la medicina no se imaginaba que la poliomielitis se convertiría en una epidemia nacional. Tampoco conocían mucho de enfermedades toxicológicas y la novedad de los plaguicidas comenzaba a hacer estragos en la salud de las familias chacareras. “La estrategia fue educar a la gente, y en el camino aprendimos nosotros”, recordó Herczeg.

Cuando el brote de polio llegó a la zona, en el 65, Herczeg, Pérez Canel y varios médicos usaron el hospital como centro de recuperación de niños. Afrontada esa prueba, para Herczeg era necesario disminuir el número de muertes en la primera infancia. Por esto comenzó a reclamar a las autoridades que los niños fueran atendidos en el hospital de manera regular desde su nacimiento hasta los primeros dos años.

Entre 1965 y 1980 trabajó a nivel nacional en el asentamiento de la entrega de leche como parte de los controles. La mortalidad infantil bajó y los dos médicos fueron los primeros en aportar su granito de arena. Ahora la práctica está instalada en los hospitales públicos.

El refuerzo es útil, pero Herczeg siente que todavía hay mucho que hacer porque el número de niños desnutridos no llega a cero. “Argentina es un país difícil. Quisiéramos no tener ningún chico con bajo peso o alteraciones de la nutrición, pero cuando no interviene la política, lo hace la economía”, se lamentó.

Compromiso

Se preocupa porque sabe lo que es pelear con las autoridades para conseguir su atención, como en la dictadura, cuando no lo dejaban trasladar a chicos en grave estado; o cuando le tocó recordarle a algún intendente que lo conocía desde antes de que se atara los cordones.

También se dedicó a la comunidad. Fue uno de los fundadores del Consejo del Discapacitado y es miembro del Rotary Club. A tal punto llega su arraigo con la ciudad que, cuando inauguraron la plaza en su honor, lo primero que hizo fue certificar que tuviera juegos para los más pequeños. Además, fue quien notó que el edificio del hospital en la calle Naciones Unidas no contemplaba consultorio de pediatría. Llamó al gobernador y, tirón de orejas de por medio, logró que ese pequeño gran olvido no se materializara en la obra.

Atendió a varias generaciones de cipoleños con gran dedicación y así se convirtió en uno de los doctores más queridos de la ciudad.

“Me tienen fichado, no puedo cometer ninguna fechoría”, sonríe.

En la puerta de su despacho hay un dibujo de una jirafa sonriente. El animal con su largo cuello invita a los niños a revisar cuánto crecieron. Muchos cipoleños recurren a esta imagen cuando se les menciona a Tomás Herczeg. No se sabe qué va a pasar con la jirafa ahora que se retira a descansar.

Las sospechas indican que todo seguirá ahí, porque Tomás deja su vestimenta de médico, pero no deja de ser el abuelo de muchos. Su consultorio está lleno de nombres, historias y berrinches de todos los minicipoleños que pasaron por ahí, durante las cinco décadas en que les dedicó paciente atención.

3 Su dedicación le trajo suerte y ganó esa cantidad de autos.

Dedicó sus primeros años de carrera a erradicar la idea de que los doctores eran magos, pero algo de suerte tenía. Comprando rifas para colaborar, Tomás ganó tres autos.

La enorme biblioteca médica a la que le busca destino

La primera imagen que se recibe al entrar al despacho del doctor Tomás Herczeg es su sonrisa. La segunda, una interminable pila de libros delicadamente ordenados por tema, forma y rango de importancia. El médico de los niños los encuentra e individualiza con apenas un rastreo visual.

Hay un estante para enciclopedias médicas que ya no se publican en sus países de origen, algunas en inglés y otras en español. En otro se encuentran los tomos más actualizados y en un tercer sector están los incalculables. Allí se encuentran sus libros de cabecera, como los del pediatra argentino Juan Pedro Garrahan, por los que esperaba entre ocho meses y un año para poder recibirlos mediante el correo. También hay joyas que fue coleccionando con los años, como el Manual de cirugía infantil, un texto editado en 1873 y que sólo se puede observar en lugares dedicados a la exposición.

“Ahora tengo la tarea de ver qué voy a hacer con algunos de estos libros”, comenta Herczeg con un dejo de nostalgia en su mirada. “Algunos son muy queridos y nunca me quise desprender de ellos”, suspira.

Sin embargo, está decidido a donar una selección de textos algo más actualizados a la biblioteca del Hospital Dr. Pedro Moguillansky, que funciona como hospital escuela y tiene un área especializada en pediatría, por lo que serían de gran utilidad.

Aunque no lo dice de manera expresa, la contribución intenta apoyar uno de los espacios más queridos por Herczeg y por el que más luchó a lo largo de su extensa carrera, el hospital público de Cipolletti, en el que desarrolló gran parte de su trabajo.

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