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Juan Perales, el jugador del club Cipolletti que llegó a la selección de pelota paleta

Hijo del histórico del fútbol, Omar Perales, Juan construyó su propia historia en otra disciplina. Salió campeón muchas veces, llegó al profesionalismo y entrenó con la Selección.

Hay historias que atraviesan generaciones y apellidos que quedan ligados para siempre a una institución. En los 100 años del Club Cipolletti, la familia Perales ocupa un lugar especial. Primero, por aquel penal histórico de Omar Perales, que en 1973 depositó al Albinegro en el Torneo Nacional, y después por Juan, su hijo, que encontró en la pelota paleta su propio camino.

Juan Enrique Perales nació en 1970 y pertenece a una familia cuyo vínculo con Cipolletti comenzó incluso antes de las grandes alegrías deportivas. “La verdad, siempre estuvo mi familia en el Club Cipolletti. De hecho, mi abuelo materno fue integrante de la primera comisión directiva del club”, dijo a LM Cipolletti.

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Varios años después, en el fútbol comenzó a gestarse uno de los equipos históricos y su papá fue parte de él. “Después mi papá jugaba al fútbol, como todos saben, dejó de jugar y se puso a jugar a la pelota paleta. Ahí fue cuando yo empecé a ir al club, más o menos en el año 75 o 76, que yo tenía 5 años”, recordó.

Por aquellos años, la cancha de pelota paleta era uno de los lugares más concurridos de la institución. Desde el mediodía hasta entrada la noche, jugadores y aficionados compartían horas en una rutina que se repetía casi todos los días. “En el club había una cantidad de gente en la cancha de pelota paleta que iba del mediodía hasta las altas horas de la noche. Siempre lleno, pero lleno total. Y ahí, a los siete años más o menos, comencé a jugar a la paleta, ya yendo casi todos los días al club”, relató.

Como tantos chicos de aquella época, Juan recorría las instalaciones y aprovechaba cada actividad que encontraba a su paso. Sin embargo, hubo una disciplina que lo conquistó. “En realidad, practicar deporte practiqué todos los que había en el club porque íbamos un rato a cada lado, pero después me incliné por la pelota paleta, donde me hice fuerte y tuve la suerte de ganar muchos torneos”, explicó.

De aquel chico de la cancha de paleta al profesionalismo

Los primeros años fueron de aprendizaje, acompañamiento y muchas horas de práctica. La gente que frecuentaba la cancha fue fundamental en su crecimiento y, cuando todavía era adolescente, comenzó a competir con los mejores. “Siempre con el apoyo de la gente que iba al club, a la cancha de pelota. A los 17 años ya jugaba en Primera, era un nene prácticamente, pero tuve la suerte de empezar a ganar de joven y ya me picó el bichito”, contó.

Lo que había comenzado como una actividad de la infancia terminó transformándose en una trayectoria que se extendió durante décadas. “Me dediqué a la pelota paleta durante 30 años de mi vida. Hoy tengo 56 y estoy alejado de la pelota paleta. Pero desde los 17 hasta los 51 estuve. A los 51 gané el último campeonato que jugué de Primera”, sostuvo.

Los títulos llegaron en diferentes etapas, aunque reconoce que hubo años en los que alcanzó su mejor nivel. Su carrera también lo llevó a Buenos Aires, donde consiguió cumplir uno de los sueños que parecían lejanos cuando apenas comenzaba a jugar. “Son cuatro décadas, es un montonazo, en todas esas décadas un torneito aunque sea gané. Obviamente que el 90 y el 2000 fue donde más fuerte me hice y donde hice mis mejores campañas, hasta llegar a ser profesional en Buenos Aires. Estuve un año entrenando con la Selección Argentina, ahí di el salto más grande, ya bastante más maduro, con 26 años”, repasó.

Su experiencia no quedó limitada al Alto Valle. Recorrió diferentes ciudades del sur argentino y construyó un vínculo especial con la provincia de Chubut, donde trabajó en distintas instituciones. “Después hice una recorrida grande por el sur argentino en varios clubes, en Chubut, por ejemplo, trabajé en los cinco clubes donde hay cancha de pelota. Así que soy medio como un hijo pródigo de la provincia de Chubut también”, expresó.

Mirar hacia atrás lo hace dimensionar un camino que superó sus propias expectativas. “Hice buena carrera ahí también. Agradecido de todo, por supuesto, porque si yo me hubiera puesto a pensar de chico que iba a lograr todo lo que logré, era inimaginable para mí”, reconoció.

Una trayectoria que también forma parte de los 100 años

El centenario de Cipolletti permite recuperar historias que no siempre tuvieron la misma visibilidad que el fútbol, pero que también contribuyeron a construir el prestigio deportivo de la institución.

De hecho, por su trayectoria en la pelota paleta, Juan merece un lugar entre aquellos deportistas que se formaron dentro del club y lograron trascender sus instalaciones. “Creo que sí, que debo estar entre los mejores deportistas nacidos y criados adentro del club. Después hay otros en natación, en básquet y en fútbol siempre salen jugadores que marcan la historia”, afirmó.

Durante buena parte de su carrera representó al Albinegro, consiguió campeonatos y acumuló recuerdos que todavía conserva. “Son 100 años y yo abarqué 25, así que en 25 estuve presente, que no es poco. Repito, soñé con ser profesional de pelota paleta, lo logré, lo pude hacer, pero esa cantidad de resultados que tuve son impensados”, señaló.

En su casa, las copas y los trofeos permiten reconstruir una historia deportiva que comenzó en la infancia y se extendió hasta sus últimos años de competencia. “Bienvenidos sean y están acá, los tengo acá en mi casa, todos los trofeos, tengo toda la historia mía, la tengo guardadita en una carpeta”, contó.

El apellido Perales y aquel penal que marcó a Cipolletti

Hablar de Juan también significa volver a una de las jornadas más importantes de la historia del club. El 19 de agosto de 1973, Omar Perales convirtió el penal decisivo frente a All Boys de Santa Rosa y Cipolletti consiguió su primera clasificación al Torneo Nacional.

Aquella definición quedó grabada en la memoria de generaciones de hinchas. Sin embargo, Juan era demasiado pequeño para comprender la magnitud de aquel gol. “Ese penal es uno de los más importantes de la historia. Yo no lo vi jugar a mi papá, porque nací en el año 70 y mi viejo pateó el penal en el 73, yo tenía tres años”, reconoció.

Pese a eso, conserva vagos recuerdos de la figura de Omar en casa, con el uniforme del club. “Sí, tengo recuerdos vagos de que venía de entrenar y lo veía vestido de jugador de fútbol, pero muy poquito, casi nada. No, no lo vi jugar yo, la gente dice que jugaba bien”, recordó.

Lo que no pudo compartir con su padre dentro de una cancha de fútbol terminó viviéndolo años después en la pelota paleta. Omar también se dedicó a esa disciplina y ambos llegaron a formar pareja en competencia. Una experiencia que sumó otro capítulo a la historia deportiva familiar. “Sí lo vi jugar a la paleta, después hizo su campañita también con la paleta, llegó a jugar en Primera. Jugamos juntos, fuimos compañeros en Segunda. Yo tenía unos 15 y él unos 42”, contó.

El apellido tiene un peso importante en la historia del club, especialmente en el fútbol, pero Juan también lo llevó a otra disciplina. “Los Perales tienen su historia en el fútbol, hay varios, no solamente fue él, sus hermanos, sus sobrinos, mis primos míos también. Yo jugué poco al fútbol, me picó el bicho de la pelota paleta y me dediqué a eso. La verdad que no me equivoqué”, aseguró.

Aquella sociedad entre padre e hijo también dejó recuerdos que Juan conserva con especial cariño.

El accidente que cambió su camino y los campeonatos que llegaron después

Su llegada a la Primera División de pelota paleta estuvo atravesada por un episodio que todavía recuerda con claridad. En 1987, dos jugadores del club sufrieron un grave accidente mientras regresaban de un torneo en Esquel.

Juan no había viajado porque tenía una mano enyesada y aquella circunstancia terminó cambiando su destino deportivo. “Llego a Primera, pero por un accidente que tuvo Néstor Sandi y Eduardo Campitelli, un accidente grande en el 87. Volvían de un torneo en Esquel y me tocó jugar porque Néstor había quedado bastante maltrecho. Yo me salvé, tenía un yeso en la mano y no fui a ese viaje. Tuve un Dios aparte”, recordó.

Desde entonces, su carrera se extendió durante décadas, con una filosofía que mantuvo hasta el final: competir mientras sintiera que podía hacerlo al máximo nivel. “Una carrera larguísima, pero siempre estuve a la altura y cuando vi que ya notaba la altura, dije: ‘Esto ya está, lo dejo’. Mi filosofía siempre era competir. De hecho iba a todos lados, hubo una época en el que el jugador que estaba fijo para viajar siempre era yo, y después el que estaba de turno. Había cinco jugadores más”, explicó.

Esa disponibilidad le permitió recorrer numerosos torneos y formar pareja con diferentes compañeros. “El que podía viajar, viajaba, no todos los meses podían viajar todos, yo sí podía porque era joven todavía, estaba estudiando y no tenía tantos problemas laborales. Me tocaba ir con el que estaba de turno. Tuve la suerte de ganar con todos, con todos trajimos un título”, sostuvo.

Entre tantas campañas, hay una que ocupa un lugar privilegiado en sus recuerdos: la que compartió con Eduardo Campitelli en Puerto Madryn. “La mejor campaña la hice con Eduardo Campitelli, pero 2002, 2003 y 2004 ganamos tres campeonatos consecutivos en Madryn. Ese es uno de los campeonatos más grandes del país, con mayor convocatoria”, destacó.

La marca conseguida en aquellos años sigue siendo uno de los logros que más orgullo le generan. “Ahí tenemos el récord, todavía no nos pudieron pasar. De tres consecutivos, casi ganamos el cuarto, en el cuarto perdimos la final, eso fue con Marcelo Morandi, pero quedamos en la historia”, agregó.

Un presente lejos de la cancha, pero con ganas de enseñar

Después de tantos años de competencia, Juan se alejó de la actividad. Su último título fue en 2021, en Puerto Madryn, durante el regreso de los torneos después de la pandemia. “No estoy yendo al club, voy de vez en cuando a los partidos del Federal, pero estoy alejado desde el 2021 que estuve de canchero. Ese fue el año donde gané el último campeonato en Madryn también. Fuimos a jugar el primer campeonato que hubo después de la pandemia. Después me alejé de la paleta, del club, no participo en estos momentos”, explicó.

Aunque hoy no participa de la vida cotidiana de la institución, no descarta regresar en otro rol. La posibilidad de transmitir sus conocimientos a nuevas generaciones sigue siendo una motivación. “Me encantaría poder volver a dar clases, si se da la oportunidad, pero porque creo que estoy recontra capacitado para hacerlo, pero habrá que esperar, si en algún momento me llaman o me necesitan, ahí estaré”, aseguró.

La infancia que ya no se repite

Entre tantos recuerdos, hay uno que Juan rescata con emoción. No tiene que ver con un campeonato, una final o un trofeo. Se trata, más bien, de la vida cotidiana dentro del Club Cipolletti. “Yo viví prácticamente más de la mitad de mi vida dentro del Club Cipolletti, para mí es mi segunda casa, donde yo me crié. En esa época, en los 80, todavía podíamos andar solos en la calle”, dijo.

Caminar por las calles de la ciudad era normal para un niño en aquel entonces. “Tenía 10 años, iba y volvía al club caminando solo, hoy en día eso es imposible. Si tenés hijos, dejarlos en la calle solos, que vayan y que vuelvan es medio peligroso”, reflexionó.

En su memoria aparecen los recorridos que hacía durante los veranos y la rutina una vez que entraba a la institución. “En esa época me manejaba solo, al principio cuando era chico iba y volvía con mi papá, pero ya después a los 10, 11, 12 pasaba todo el día dentro del club, y más en verano”, aseguró.

La época de calor era la mejor para disfrutar de las instalaciones. “A las 2 de la tarde ya estaba en el club y lo primero que hacía cuando llegaba era limpiar la cancha de pelota paleta para que me dejaran jugar. Estaba Roberto Renzetti, así que limpiaba la cancha, jugaba un rato a la paleta y después me iba a la pileta, por supuesto”, relató.

No había horarios demasiado estrictos ni una sola disciplina. El club era un espacio para jugar, aprender, compartir y hacer amigos. “Así estaba todos los días cuando era chico, todos los días dentro del club, 10 horas, 8 horas, cuando se podía jugar a la paleta, que me dejaban jugar, jugaba, que no había gente grande. Después me iba para otro lado, iba a ver fútbol, iba a ver natación o básquet, lo que fuere, pero siempre dentro del club”, recordó.

Allí, Juan encuentra una de las mayores diferencias entre su infancia y la actualidad. “La vida del club hoy no tiene precio, hoy los chicos no están en el club, o sea, están en el tiempo que tienen su clase del deporte que sea, pero después los pasan a buscar y se van”, expresó.

“Nosotros antes nos quedábamos en el club, nos quedábamos en el club toda la tarde, todo el día. Era una vida hermosa, la verdad que la infancia y toda esa parte, la adolescencia en el club Cipolletti, es impagable. No me lo olvido nunca más”, agregó.

Los 100 años de una segunda casa

En el centenario de Cipolletti, la historia de Juan Perales permite recorrer mucho más que una trayectoria deportiva. Está el apellido de una familia que acompañó al club desde sus primeros años y el camino de un deportista que encontró en la pelota paleta su lugar en la historia albinegra.

“Muy feliz de haber sido parte del Club Cipolletti durante muchísimos años, casi un cuarto de siglo, que estuve ahí metido ahí adentro. Gracias a haber estado metido ahí adentro, se lograron todos los resultados que se lograron, sino hubiera sido imposible”, concluyó.

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