Agustina Fernández: la identidad que se impone al olvido, a dos años del veredicto
A dos años del fin del juicio por el femicidio de Agustina Fernández, la estudiante sigue viva en el recuerdo de sus compañeros y en los pasillos de la facultad de Medicina.
Mientras se cumple un nuevo aniversario de la condena contra Pablo Parra, la memoria de la joven pampeana Agustina Fernández se resignifica. Entre el testimonio de su madre y una comunidad universitaria que la abraza, la figura de la estudiante de Medicina sigue más viva que la violencia que la intentó apagar.
Hay ausencias que no se vuelven más livianas con el tiempo. A veces ocurre lo contrario: el dolor crece a medida que aparecen las preguntas sobre la vida que no pudo ser. Hoy, Agustina tendría 23 años. Tal vez estaría atravesando los últimos años de Medicina, en la Universidad Nacional del Comahue (UNCo), preparando finales, haciendo prácticas hospitalarias o imaginando dónde le gustaría trabajar cuando lograra recibirse.
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“Mi pregunta siempre es esa: cómo iría la carrera”, dice su mamá, Silvana Cappello. “La reveo estudiando. Duele cada día más”.
Entre los recuerdos que sobreviven al horror hay uno que vuelve constantemente. Agustina se reía cuando pensaba en la cantidad de años que le demandaría convertirse en médica.
“Uy mamá, voy a estar diez años estudiando, voy a ser re vieja”, decía.
Silvana todavía vuelve a esa charla simple entre madre e hija. Porque ahí estaba Agustina entera: la chica de 19 años que había llegado desde Santa Rosa a Cipolletti para construir su independencia, defender su carrera y perseguir un sueño propio.
Este viernes se cumplen dos años del veredicto que condenó a Pablo Parra por el femicidio que conmocionó a toda la región, algo empezó a transformarse en la memoria colectiva del Alto Valle. El nombre del femicida comenzó a perder espacio frente a la reconstrucción de quién era realmente Agustina.
El recuerdo de Agustina Fernández en la UNCo
En la Facultad de Ciencias Médicas de la UNCo, donde la joven pampeana eligió proyectar su futuro, su presencia permanece viva. Para quienes transitan diariamente esos pasillos, Agustina ya no es solamente el nombre de un expediente judicial ni una cara repetida en los noticieros nacionales. Es también la estudiante, la compañera, la joven que compartía apuntes, nervios y sueños con otras estudiantes.
La decana de la facultad, Silvia Ávila, recuerda que el día de lo ocurrido asumía su cargo. Mientras recorre los pasillos habla de un proceso de reparación simbólica que permitió que la identidad de Agustina siga habitando distintos espacios de la institución. No se trata de homenajes vacíos ni de una placa destinada a cubrirse de polvo. Se trata de una memoria activa.
En uno de los pasillos aparece una placa llena de girasoles con el nombre de Agustina. Los girasoles fueron símbolo de cada foto en los medios, de las marchas y de las eternas audiencias judiciales que atravesó la familia.
En la entrada del Aula 1 se ve una foto gigante de Agustina sonriente, rodeada de girasoles. Allí donde está su silla vacía y donde decenas de estudiantes siguen cursando y rindiendo exámenes, Agustina aparece inevitablemente en la memoria colectiva de quienes compartieron con ella la vida universitaria.
Jazmín, una de sus amigas, rendía justamente este jueves. Para ella, seguir cursando y estar presente en la facultad también es una forma de homenaje. Continuar la carrera, ocupar las aulas y sostener los sueños que compartían también es una forma de mantener viva a Agustina.
Jazmín recuerda las noches desveladas estudiando juntas. Cuenta que Agustina era “una leona”: cuando algo le costaba, lo estudiaba una y otra vez. En una de esas noches eternas de apuntes y café, las dos vieron por primera vez nevar en Cipolletti.
La memoria de Agustina también atraviesa a quienes acompañaron el reclamo de justicia desde el inicio. Luba, integrante del Centro de Estudiantes, todavía encuentra a Agus en los gestos cotidianos de la facultad.
“Para mí personalmente Agus es una motivación diaria que tengo de cumplir mis sueños y dar todo por lo que a ella le quitaron. Y cada vez que entro a la facultad la tengo presente, en cada piba que viene a estudiar dejando todo”, cuenta. Y agrega: “Tengo muy presentes a sus papás, especialmente a Sil con su fuerza tan grande que me enseñó tanto”.
Quizás uno de los gestos más significativos haya sido la decisión de nombrar al bar universitario como “Agustina Fernández”. El lugar donde los estudiantes descansan después de un examen, toman café o imaginan el futuro lleva hoy su nombre.
El gesto trasciende cualquier acto protocolar. Pedir un café en el bar de Agustina es integrarla a la cotidianeidad universitaria que tanto amaba. Nada de esto sería posible sin la fuerza de Silvana Cappello. Su lucha comenzó exigiendo justicia, pero con el tiempo se transformó también en una forma de proteger la identidad de su hija.
Silvana no habla solamente del femicidio. Habla de la chica llena de sueños que vino a vivir sola en Cipolletti, que soñaba con recibirse y que tenía miedo de “ser vieja” cuando terminara la carrera.
Porque mientras el tiempo avanza, hay una pregunta que sigue suspendida en el aire para su mamá: cómo iría hoy la carrera de Agustina. Tal vez ahí esté la dimensión más cruel del femicidio. No solamente la vida que se llevó, sino todo lo que quedó sin vivir.
Mientras la memoria de Agustina sigue habitando las aulas de la UNCo, la violencia de género continúa dejando cifras alarmantes en Argentina. Entre enero y fines de abril de este año se registraron alrededor de 80 femicidios: un asesinato por motivos de género cada 36 horas.
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