Cachito, el chofer de ambulancia que enfermó de coronavirus y la está peleando

"Esto que me está pasando no es joda", dice. Pero confía en reponerse pronto. El chofer con coronavirus está internado en una clínica privada de esta ciudad.

Desde que dio positivo para Covid-19, todas las noches que transita en el encierro de una habitación hospitalaria son las más largas del invierno. "Las horas acá adentro no pasan", dice Juan Carlos San Martín, de 55 años; mientras se aferra al teléfono como único medio de contacto con el exterior. Y piensa en sus seis hijos y en sus dos nietos. Piensa también en sus compañeros de trabajo, con largos años de servicio. "Hoy me toca a mí estar acá, pero mañana le puede tocar a uno de ellos. Todos estamos muy expuestos a cualquier bicho", advierte el chofer de ambulancia.

Juan Carlos, más conocido como Cachito, es chofer de ambulancia y lleva 27 años de servicio en el hospital de Cipolletti. Durante los primeros días de junio estuvo en contacto con un paciente con coronavirus y contrajo la enfermedad. El primer síntoma fue una pequeña molestia en la garganta. Estuvo aislado en su casa, y cuando creía haber dejado atrás la sospecha; el día 14, un hisopado salió positivo.

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El 19 de junio quedó internado en una clínica privada de esta ciudad y pasó el Día del Padre como nunca hubiese imaginado. Muy lejos de salir al encuentro con sus hijos y festejar con un asado, todos reunidos en su casa.

"Lo que lloré, solo. Ahí te das cuenta que somos un número y hoy estamos de paso", afirma el chofer de ambulancia.

Ambulancia de Cachito

Afortunadamente, sus hijos lo llamaron para saludarlo y así fue un poco más fácil sobrellevar la soledad, el miedo y la angustia, en una fecha tan especial.

Cachito pensaba que él no se iba a contagiar de coronavirus, porque iba sin miedo a trabajar, con las defensas en alto, muchas ganas y las protecciones necesarias. Pero nadie tiene el control absoluto de una situación ni resulta totalmente inmune a la exposición de un virus nuevo, de modo que en contacto con un caso positivo que pidió asistencia por circunstancias muy distintas, ni el barbijo ni los guantes que llevaba para socorrerlo fueron suficientes para protegerlo.

"La realidad es que a todos nos pude pasar, en cualquier momento. Y no es joda. Por más que te digan que no pasa nada, que haya gente que no cree o se ríe, esto que me pasa no es un invento. Es una pandemia que existe, es nueva y hay que tomarla en serio. Sino yo no estaría acá, entre cuatro paredes, y siendo responsable", advierte.

Por momentos, siente que le falta el aire y se ahoga un poco. Se levanta de la cama, camina unos pasos y vuelve a recostarse. No tiene más que hacer, aparte de estar pendiente del teléfono celular y seguir las indicaciones de los médicos. Cada cuatro horas, tiene que monitorearse el oxígeno en sangre, medir su ritmo cardíaco, tomarse la temperatura y pasar todos sus signos vitales por teléfono.

Los controles vinculados al coronavirus son tan rigurosos que ni siquiera nadie ingresa a dejarle la comida. La bandeja queda al pie de la puerta de su habitación. "Esto es un día a día, extraño a mis hijos, a mis nietos. Yo vivo para ellos, soy muy familiero. Ahora estamos complicados, pero vamos a salir de ésta; y yo la voy a pelear hasta lo último. La vida es linda", expresa el chofer de ambulancia.

Dice que no decae porque sus cuatro hijas lo están llamando constantemente, igual que sus compañeros de trabajo, en quienes piensa mucho en las horas más críticas porque están expuestos a contraer la enfermedad como él.

Un pedido a las autoridades

"Nosotros (los choferes de ambulancia), por el trabajo que hacemos estamos muy expuestos a muchas cosas. Hoy es el coronavirus, mañana tuberculosis, el cáncer, cualquier bicho", comenta.

La situación que atraviesa este chofer lo llevó a reflexionar acerca de la necesidad de jubilarse unos años antes, por lo que pide que el Estado revise esta posibilidad, en atención al grado de exposición que tienen los trabajadores de Salud frente a la pandemia de coronavirus y otras circunstancias; y la repentina muerte de algunos compañeros choferes que al poco tiempo de dejar de trabajar se los lleva el cáncer u otras enfermedades.

"No podemos estar así hasta los 65 años, trabajando. Yo con las camillas y la fuerza que hago tengo tres pinzamientos en las vertebras y me quedan diez años más. Cómo no voy a pedir que podamos lograr cinco o seis años menos para jubilarnos. Se lo pido a los gobiernos y a nuestros representantes, diputados y senadores, que la peleen por nosotros. Hoy es el momento, ahora la estamos pasando mal", manifiesta el chofer cipoleño; y su reclamo le da fuerza para salir adelante, además de contar con el apoyo de su familia y de aferrarse a la fe.

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