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Testigos de la misa más triste

Los cipoleños que viajaron al trágico recital del Indio ya están en casa.

Mucho alcohol, droga y nada de controles. Así fue la trágica misa del Indio Solari en Olavarría. Pero afortunadamente, los cipoleños que viajaron están de vuelta, sanos y salvos. Pasó la angustia de las familias que no podían establecer contacto para saber si estaban bien y si venían en camino por dificultades en la comunicación que complicaron aún más el escenario.

“La salida fue asfixiante. Veníamos tan apretados en las calles que la gente se desmayaba”, contó Richard Apablaza, uno de los organizadores de los Patéticos Viajantes, que fue y volvió con 114 pasajeros, en dos micros, y un poco más también. “Nosotros no dejamos a nadie tirado, otros sí. Y volvimos con unos chicos de más porque estaban desesperados por volver. Me rompía el alma dejarlos”, contó.

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Martín Luna fue uno de los cipoleños que se embarcó en uno de esos micros. Fue con tres amigos más, uno de los cuales ya tenía la experiencia de haber pasado por tres recitales; y fueron preparados. Se hicieron de un cargador portátil para evitar la incomunicación y tuvieron, además, la viveza de reconocer el terreno horas antes de vivir el recital.

Incluso zafaron de la caótica desconcentración, porque en los primeros acordes de “Mi perro dinamita” decidieron retirarse. Esos minutos de diferencia los salvaron del amontonamiento final. Había lugar donde estaban, al punto tal de que Martín vio el recital sentado en el piso, y vivieron la fiesta en paz, sin disturbios.

Sin embargo, contra todos los recaudos que tomaron, él, como tantos, tuvo que esperar largas horas para emprender la vuelta a casa. “Era fácil perderse en la multitud”, reconoció, a lo que Apablaza añadió: “La Policía ayudó más a que la gente se pierda que a que llegue a destino. Valló las esquinas, de modo tal que te obligaba a ir por lugares que desorientaban, mal iluminados y sin señalización”.

El recital terminó minutos después de la medianoche, mientras que los dos micros llegaron alrededor de las 2:30 del lunes.

“No nos podíamos volver antes porque me faltaban 25 chicos, que estaban totalmente extraviados, no sabían ni dónde estaban”, contó Apablaza, y prosiguió: “Caminé hasta las 12 del mediodía, sin dormir, buscándolos. Y la terminal fue de película, plagada de personas que dormían tiradas en el piso y había que darlas vuelta, una por una, para verles la cara”.

Gente perdida o que se quedó varada porque su micro lo dejó. “Cualquiera que pasaba se subía al micro que le pintaba y muchos pibes estaban pasados de alcohol”, contó Luna. Y en esa búsqueda, Richard agradeció la mano que dio la gente del pueblo: “Se portó muy bien con nosotros”.

“Fue un viaje enquilombadísimo. La organización, malísima. El predio era muy grande pero no estaba preparado; la ciudad que se desbordó. Hubo dos muertos pero pudo ser peor”.Richard Apablaza. Organizador del viaje desde Cipolletti

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