La pérdida del año: la ciudad llora al Chipi, el caminante sin rumbo

Samuel Facundo Quiroga pasó a la eternidad murió tras ser atropellado en la Ruta 151.

Este año Cipolletti despidió a uno de sus personajes más queridos: Samuel Facundo Quiroga, popularmente conocido como el Chipi.

Tenía 51 años y murió caminando, actividad a la que le dedicó la mayor parte de su vida. Fue atropellado por un auto en la Ruta 151, el sábado 7 de julio. Lo trasladaron de urgencia al hospital, donde lo intervinieron quirúrgicamente, pero no pudo aguantar las graves heridas y falleció un día después. El certificado de defunción dijo que fue por politraumatismo.

Los que lo asistieron, minutos antes de su partida, no podrán olvidar jamás esos instantes. El personaje popular más conocido de la urbanidad local, tendido, con una fractura expuesta en la pierna izquierda y un susurro casi inaudible. Quería seguir caminando.

La noticia no pasó desapercibida para ningún cipoleño que se precie de tal. Rápidamente comenzó a viralizarse a través de las redes sociales y en pocas horas toda la ciudad ya se había enterado de tremenda pérdida. La ausencia del Chipi vagando por las calles se hace sentir desde entonces. Este personaje de casi 2 metros de altura se convirtió en una postal bien cipoleña, por eso tras su partida la ciudad ya no fue la misma.

El desconsuelo popular se expresó a través de las redes sociales instantáneamente, pero se pudo percibir también en las calles, que lucieron más grises que de costumbre en señal de duelo.

Los restos del Chipi descansan en el cementerio; su recuerdo, en los cipoleños.
Los restos del Chipi descansan en el cementerio; su recuerdo, en los cipoleños.
Los restos del Chipi descansan en el cementerio; su recuerdo, en los cipoleños.

Muchos se acercaron a darle el último adiós, mientras rememoraban viejas anécdotas; muchas fidedignas, otras exageradas y algunas incomprobables, aunque todas ya forman parte de la memoria colectiva local.

Ver al Chipi caminando generó siempre una hermosa sensación de sentirse en casa. Bastaba sólo un movimiento de cabeza y decir “mirá, el Chipi”, para saber que todo estaba en orden. Por eso su muerte dolió tanto, porque movió los cimientos de la ciudad, dejó desprotegidas sus calles y con él se fue un pedazo de Cipolletti. ¡Hasta siempre, loco lindo!.

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