Lo dieron por muerto, volvió a caminar y nunca dejó de seguir a Cipo
Sobrevivió a la tragedia de 1995, en la que murieron dos hinchas del Albinegro. Tenía 16 años y regresó a la cancha en silla de ruedas. Hoy habló con LM en la previa del viaje por el ascenso.
Hay amores que ni siquiera una tragedia consigue interrumpir. Marcelo Alejandro Ferrada tenía 16 años cuando una radio de Cipo anunció que había muerto. La información era equivocada: estaba inconsciente, con ambas piernas fracturadas, después de un accidente en la ruta. Treinta y un años después, prepara otro viaje detrás del mismo sueño. Otra vez por Cipolletti. Otra vez por un ascenso.
El 9 de julio de 1995, el Albinegro había jugado contra San Martín de San Juan por el ascenso al Nacional B. Perdió y, durante el regreso, el colectivo en el que viajaba Marcelo chocó contra un camión cerca de San Luis. Marcelo “Ñato” Salinas y Roberto “Tito” Hevia murieron. Ferrada sobrevivió, pero pasó más de dos semanas sin recuperar la conciencia.
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Aquella tragedia dio origen al Día del Hincha de Cipolletti. Una placa en la entrada de la popular de la Visera de Cemento recuerda a Salinas y Hevia, dos nombres que siguen presentes en la memoria del club. Marcelo pudo regresar, aunque su recuperación recién empezaba.
Cuando despertó en el Policlínico Modelo, todavía desconocía la dimensión de lo ocurrido. Su familia había escuchado su nombre entre los fallecidos y, para protegerlo, demoró en contarle quiénes habían muerto. Después llegaron las operaciones, los tutores metálicos, las muletas y una rehabilitación extensa. A una edad en la que sus compañeros comenzaban las primeras salidas, él tuvo que aprender a caminar otra vez.
Lo que nunca tuvo que aprender de nuevo es querer al Club Cipolletti. Mientras algunos sobrevivientes y familiares de las víctimas dejaron de ir a la cancha, Marcelo mantuvo intacto su vínculo. Su papá lo llevaba a los entrenamientos y a los partidos en silla de ruedas. Para su primera vuelta, un clásico contra Deportivo Roca, cargaron la silla en el baúl del auto.
Más tarde regresó a la Visera junto a Damián Hevia, también sobreviviente, que había perdido a su padre. Los dos estaban en silla de ruedas cuando el plantel les regaló camisetas firmadas. Marcelo todavía conserva la que le entregó Manolo Cerda.
El mismo sueño, 31 años después
Marcelo hoy tiene 48 años. Estuvo en Mar del Plata para la clasificación a la final y el sábado saldrá de madrugada con sus amigos de siempre. Serán unos 1.200 kilómetros hasta San Francisco, Córdoba, para vivir la final del Federal A ante San Martín de Formosa. Otra vez un San Martín en el camino hacia el ascenso. No tiene miedo de volver a viajar. “El vínculo siempre estuvo, nunca se rompió”, resume.
Celebró la Visera llena durante esta campaña, pero quiere que el acompañamiento continúe cualquiera sea el resultado. Que más hinchas se hagan socios y estén también cuando empiece otro torneo. “A los clubes los hacen grandes sus hinchas”, sostiene. Él lo sabe: estuvo en las buenas, en las malas y en los años en que eran pocos en la tribuna.
En 1995, Marcelo salió a buscar un ascenso y estuvo a punto de no volver. Treinta y un años después, prepara otro viaje, con los mismos colores y una ilusión que ni siquiera la tragedia pudo arrebatarle. El domingo, cuando Cipolletti salga a la cancha, habrá un hombre de 48 años alentando con las ganas de aquel pibe de 16. Y aunque el resultado todavía sea una incógnita, hay algo que Marcelo ya demostró hace mucho tiempo: hay amores que no entienden de derrotas, que sobreviven a las ausencias y que no se negocian. “Siempre albinegro y atorrante”, sentenció.
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