De Cipolletti a Europa con una raqueta y un sueño: la historia de Ezequiel Fagotti
Sumó sus primeros puntos ITF, defiende los colores de San Lorenzo en los torneos interclubes y compite en el viejo continente desde hace 5 años.
A veces las historias deportivas empiezan con una decisión; otras, como la de Ezequiel Fagotti, empiezan casi en una cuna. Desde su Cipolletti natal a recorrer Europa con el tenis como herramienta.
Creció con una raqueta en la mano y una cancha como segundo hogar. Hoy, a miles de kilómetros del Alto Valle, transita su quinta temporada en el circuito europeo, donde combina torneos profesionales, interclubes y una vida de autogestión para sostener el sueño.
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Antes de Italia, Francia o Alemania, todo empezó en las canchas de polvo de ladrillo del Club Cipolletti.
“Arranqué a los tres años en el Club Cipolletti con mi tío Eugenio Laraia, era mi profe. Siendo mi tío me dejó una raqueta en la mano, en la cuna directamente. De los tres a los trece, esos diez años, estuve entrenando en el club. Es mi casa, sigo yendo a pelotear cada tanto cuando estoy por allá”, dijo a LMCipolletti.
Durante una década su mundo fue ese: entrenamientos, torneos regionales y el acompañamiento de su tío. A los 14 años llegó el primer giro.
Primer paso hacia el tenis profesional
“Hasta los trece con él y a los catorce doy un saltito en la competencia con Sebastián Carro. Él había sido entrenador de un chico que competía a nivel nacional, así que me inspiró confianza de decir: ‘yo sigo mi carrera con él’”, recordó.
Aprender a perder fue algo importante que marcó su carrera. El paso al tenis competitivo no fue sencillo; de hecho, fue todo lo contrario. “A los catorce empiezo a competir seriamente a nivel nacional, un poco más tarde que el resto. Ese primer año lo sufrí bastante en cuanto a resultados. Jugaba cuatro meses y perdí los cuatro meses en primera ronda”, contó.
Ese momento fue una prueba mental y puntual para ver qué iba a ser de su vida con el tenis. “Me agradezco el día de hoy haber seguido y no haberme frustrado, porque era un chico y por esas cosas decís ‘listo, me pongo a jugar al fútbol’. También jugaba al fútbol en ese momento y lo estaba dejando ya por el tenis”, afirmó.
La paciencia empezó a dar resultados un par de años después, luego de mucha disciplina y no bajar los brazos. “A los 16 la situación era otra, ya me sentía más cómodo en la cancha. No es que ganaba todo ni cerca, pero me sentía mejor”, comentó.
Los primeros títulos
Y con eso los resultados llegaron con creces. “Después ya estaba adentro de los 20 del país. Jugaba nacionales y ganaba regionales. En el Valle, entre Neuquén, Cipo, La Pampa y Chubut, yo ganaba los regionales. Igual nunca me creí que era de los mejores en ese momento. Ahora lo veo con perspectiva y es raro”, afirmó.
Cuando terminó el secundario llegó otra decisión importante: irse a Buenos Aires para entrenar en otro nivel. “A los 18 ya estaba en Buenos Aires, apenas terminé el colegio sin llevarme una materia. Si me llevaba una materia no había chance de que yo jugara al tenis. Primero el colegio, siempre”, aseguró.
La pandemia retrasó parte del proceso, pero también marcó el inicio de su etapa profesional. “Después de la pandemia, a fines del 2020 que se abre todo, me instalé en Buenos Aires entrenando en academias. El cambio fue grande porque allá se entrenaba seriamente”, repasó.
Y lo resume con una frase clara: “Yo digo que empecé a entrenar como profesional recién a los dieciocho o diecinueve”, puntualizó.
El circuito de tenis y los primeros puntos
El tenis profesional tiene su propia lógica: ranking, puntos y torneos que se defienden año a año. “Hasta agosto del año pasado no había jugado Futures en un año. No por lesión sino por planificación con mi entrenador. Dijimos ‘hay ciertas cosas que tenemos que mejorar’”.
Ese trabajo, medido, consciente y con prolijidad, dio resultado en Europa. “Decidí hacer dos semanas en Rumania de ITF Futures y saco mi primer punto ITF después de un año”, contó.
Luego llegó una gira clave en altura, en Bolivia. “En Cochabamba me va mal, pierdo en primera ronda de qualy. En La Paz, de repente se alinean un poco los planetas, empiezo a jugar mejor”, recordó.
Allí, en plena altura, llegó su mejor resultado. “Ahí hago mi primer main draw. Saco dos puntos ITF, sumado al que tenía son tres. Ese es mi ranking ahora, alrededor del 1600. Pierdo en el tercer set en primera ronda del main draw con un francés que está alrededor del 1100 del mundo. Pero fue una linda gira y un gran cierre de año”, sostuvo.
La vida en Europa
Hoy Fagotti está nuevamente en el Viejo Continente. Desde hace una semana comenzó su estadía en Europa. “Llegué el miércoles a Italia, en Merate, un pueblo a media hora de Milán. Me queda una semana y después me voy a competir a Túnez, a Monastir, dos ITF Futures”, comentó.
Pero la gira europea no es solo competir; los interclubes son clave para sostener la carrera. “Arranco interclubes, jugamos la Serie C que vendría a ser una quinta división. El nivel es muy bueno”.
Ese sistema es fundamental para los tenistas que buscan crecer. “Estos tres meses y medio de interclubes es donde me armo financieramente. Acá te pagan por jugar, además de hospedaje y algunos gastos”, explicó. Con ese respaldo económico puede dedicarse al circuito sin otra preocupación.
“Después conecto con tres meses de Futures donde juego todas las semanas, que es lo ideal, de mitad de julio hasta octubre o noviembre”, mencionó.
Vivir del tenis y de lo que aparezca
La vida del tenista fuera del top del ranking también exige creatividad; por eso aprovecha su experiencia y la capitaliza de distintas maneras. “Cuando estoy acá en Europa doy clases, soy sparring para ganarme unos mangos extra. Encuerdo raquetas también, aunque no lo crean se puede hacer buena plata”, contó.
El objetivo es claro: mantenerse. “Sabiendo que acá tengo hospedaje pago, ya agarro plata para comer. Soy bastante autónomo”.
Un esfuerzo, no un sacrificio
Cuando se le pregunta por la distancia y la exigencia del circuito, la respuesta sorprende. “A mí me gusta llamarle un esfuerzo. Para mí no es un sacrificio porque al final es lo que me gusta”, afirmó, pero reconoce que no es fácil y que en el camino ha tenido que hacerse fuerte. “Por el hecho de estar en lugares muy incómodos mucho tiempo y seguir para adelante. Ahí es donde la mayoría de las personas se rinden”, explicó.
Mientras viaja por el mundo, también construye otro camino: más allá de su carrera en el tenis, está estudiando. “Estoy en tercer año de periodismo deportivo, estudiando online. Me queda un año y medio aproximadamente”.
La carrera no es casual, ya que el deporte en su vida ocupa un gran lugar. “Me encanta porque lo veo bastante relacionado a mi vida. El deporte es mi vida”, sostuvo. Incluso ya empezó a explorar el mundo digital. “En esta última etapa empecé a trabajar con marcas, con creación de contenido y redes. Vi que hay una ventana muy importante ahí”.
En medio de viajes, torneos y entrenamientos, hay algo que cuesta más que un tie-break: la distancia con su familia. “Con el tema de Cipolletti y mi familia es duro. Yo a ellos los veo tres veces al año. Entre que voy y vengo de Europa y después las fiestas, los veo cinco días cada vez”, contó.
El tenis enseña a convivir con la soledad
“Al final del día yo siendo tenista me acostumbro a estar solo. Yo soy mi mejor entrenador, mi mejor compañía, mi mejor amigo”, mencionó.
Aunque reconoce que no siempre es fácil, lo acepta como parte del camino. “Por ahí tiene sus cositas que no están tan buenas, pero es parte del trabajo”, sostuvo.
Una vida entre canchas
Hoy, con 26 años, Fagotti transita su quinto año compitiendo en Europa. “Arranqué en 2021 viniendo para acá y siempre haciendo esto: jugando interclubes, quedándome mínimo cinco meses para competir y desarrollarme”.
El balance es positivo de toda la experiencia lejos del país. “Creo que cada año se ve reflejado en los resultados. Eso es un lindo empuje para uno mismo”, observó.
Y mientras viaja entre Italia, Francia y Alemania con una raqueta en la mochila, sigue conectado con el lugar donde empezó todo: las canchas del Club Cipolletti, lugar donde, sin saberlo, un nene de tres años empezó a construir una historia que hoy se escribe en distintos idiomas pero siempre con el mismo sonido: el de la pelota golpeando la raqueta.
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