Los 100 de Yoly: Su hábil estrategia para vivir tanto, el reciente deseo cumplido y recuerdos memorables
Yolanda llegó al siglo de vida y recibió en su casa de Cipolletti a LMC. Una charla imperdible con anécdotas, emoción y sorpresas.
Hace tiempo que se viene despidiendo de sus seres queridos. Incluso en la amena y emotiva charla con LMC, allí en su histórica casa del barrio El Manzanar desliza “tengo que aprovechar cada momento por si son mis últimos días”.
Pero tras conocerla un poco mejor a Yolanda Hafford, suena más a cábala que a otra cosa. Es que al mismo tiempo y en contrapartida, se propone "vivir hasta los 105 años así supero el récord de mi hermana María que llegó a los 103”, le pone humor una de las habitantes más longevas de Cipolletti.
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En verdad, cuentan que esta coqueta abuela cipoleña que el 27 de marzo cumplió 100 años, suele renovar sus objetivos para continuar un rato más en este mundo. Por lo general ligados a su numerosa y querida familia cipoleña.
La hace bien la legendaria señora con su hábil estrategia, ya que de tantos que son emula al gran Abel Pintos y al fin de cuentas le sobran los motivos “para vivir”.
“Voy a aguantar hasta que se reciba mi nieto”, “hasta el casamiento de los chicos”, “hasta la comunión de…”, “hasta que nazca…”, se autoconvence. Y, así, ya nadie de su entorno le cree ni acredita esos fatales augurios que cada tanto realiza.
Le avisaron de la entrevista poco antes “para que no se emocione”, como cuenta Gabriela Campusano, su nieta mayor (58 años) que ayuda a recrear la imperdible historia además de convidar unos ricos mates.
También Cristina, una de sus tres cuidadoras, disfruta las anécdotas que comparte doña Yoly y hasta posa con ella junto al hermoso mensaje que le dedicaron con sus compañeras y destaca en una pared del living.
No pierde la elegancia ni la mañas. Tampoco la memoria. Escucha poco pero “para la oreja” y, aseguran, no se le escapa ningún detalle o noticia familiar…
“A mí no me pueden mentir”, advierte “Facebook”, como la apodan jocosamente en la intimidad justamente porque “está al tanto de todo”.
Tiene para escribir un libro la madre de 6 (Amanda, Juan Carlos, Ricardo, Mabel, Mercedes y Silvia), abuela de 16 y bisabuela de 20 (“el más grande tiene 29 y el más chico 20 días”).
La que llegó desde 25 de Mayo, Buenos Aires con el amor de su vida Juan Patricio Hafford, descendiente de irlandés: “un hombre muy correcto y trabajador, éramos vecinos”. La que ama cantar y bailar, aunque hoy apenas pueda caminar unos pasos.
La que en el campo ordeñaba vacas, cuidaba colmenas de abeja y elaboraba unos quesos deliciosos. La que añora aquel hermoso vínculo con sus alumnos de catequesis en la Iglesia San Pedro. La ama de casa que se multiplicaba entre las tareas hogareñas y las crianzas de tantos hijos.
¿Tiene algún secreto para vivir tanto?
La que desde su bajo perfil considera no haber hecho “nada extraordinario” ni tener la fórmula para subsistir al paso del tiempo y ser testigo de un siglo entero.
Aunque méritos vaya si hay que otorgarles. Meticulosa y estructurada, ejercita su mente sin falta recordando los cumpleaños de cada uno de sus afectos y su propio número de documento.
También contribuyen a esa sorprendente lucidez las sanas costumbres, los rituales sagrados de cada jornada. Todos los días le pide a sus cuidadoras que le lean un libro, un relato, algo que le permita conservar la memoria, pese a que la vista le juega una mala pasada, perdura su sano y enriquecedor hábito. Y a la hora 20 el dial siempre hay que sintonizarlo en Radio María porque “es muy importante para mí, eso e ir a Misa”.
En el ámbito religioso conoció a una de las personas que fuera de su círculo íntimo más admira y quiere: el popular padre Pancho, que inclusive fue a bendecirla el inolvidable día de su cumple número 100.
Tan grande es el cariño que admitirá una perlita futbolera: “Resulta que yo era hincha de Independiente pero después de que murió mi marido, entre Pancho y el Papa Francisco me hice de San Lorenzo, que aparte es un “santo” fundado por un cura. Todo redondito jaja”.
Se cuida pero hasta ahí… Tampoco se priva de tanto: “Me gustan los tallarines, el vino aunque en las fiestas navideñas solo tomé Gancia sin alcohol”, apunta y bebe un sorbo de agua.
“Hay, son muchos recuerdos”, suspira con evidente melancolía mientras sostiene el cuadro del ingreso al campo donde se crió. Se emociona también Gabriela, su nieta y ex directora de importantes instituciones educativas de la ciudad. Y hasta lagrimea la ayudante.
Exigente, celebra que “gracias a Dios tanto mis hijos como nietos y muchos bisnietos están encaminados, con sus empleos y profesiones”. Y reconoce a los “buenos vecinos que tuvimos y tenemos”.
No usa cremas ni se maquilla. Es todo natural. Se queja poco y nada de los dolores. Casi no toma remedios. La alimentación y esa particular forma de ser que la mantuvo a salvo del estrés sin dudas son algunas de las claves de su permanencia en este mundo. Su impecable piel, de hecho, no es propia de una mujer de su edad.
“Yo comía lo que se cultivaba en el campo, tomaba leche de la vaca que ordeñábamos, hacía quesos, ricotas, mantecas, cremas, yogurt… Cuando vuelva a hacer queso los invito”, promete al equipo periodístico del portal más leído de la Patagonia.
Su último gran deseo está cumplido
Con motivo de su reciente centenario, Yoly aprovechó para convencer a Maia de que se bautizara. Era la única nieta que aún no había recibido ese sacramento.
Días después la muchacha de 30 ya le había dado el gusto a quien recuerda como un viaje memorable el que “hice a Luján con mi marido para conocer al Papa Juan Pablo II”. Ferviente creyente, ella es un milagro de la vida… ¡Por 100-pre, Yoly!
Su nieta mayor: “Nos dio mucho amor, ejemplo de mujer”
Por Gabriela Campusano
“La historia de mi abuela en Cipolletti se remonta a 1967, cuando mi recordada mamá Amanda se casó con mi papá Humberto Beto Campusano y se vienen a buscar trabajo acá, que era un lugar próspero, una región con potencial. Cuando se establecen, empiezan a venirse los otros hermanos de mi mamá y llegó un momento que se vinieron ellos, mis abuelos (por Yolanda y Juan Carlos). Me emociona hablar de ella, perdón.
Es que nos dio mucho amor junto a mi abuelo. Recuerdo que pasábamos las vacaciones allá en el campo y nos marcó esa infancia a los 16 nietos. Ibas a visitarla y era la que nos hacía la comida favorita, el postre que nos gustaba, la que en invierno calentaba el ladrillo en la cocina a leña, lo envolvía en un trapito y lo ponía en la cama para que nos calentáramos los pies.
La abuela que nos llevaba a sacar miel a la colmena, ¡qué experiencia! Y acá la tenemos, con sus limitaciones físicas lógicas y todo, es una bendición. Come bien, descansa, se mantiene activa intelectualmente. Superó un tumor, siempre salió adelante. Está desde antes que el Obelisco, el Pan Lactal y La Visera de Cemento para contextualizar -risas-. Una ABUELAZA, si se puede poner en mayúscula mejor. Agradecida a la vida por disfrutarla tanto. Gracias abuela en nombre de toda nuestra familia”.
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