La atrapante y sufrida historia del gaucho cantor, el Bagual Rionegrino
A 800 metros de la ruta 22, tierra adentro, una gran escarapela celeste y blanca cerca de la tranquera es la referencia para llegar finalmente a destino tras alguna desorientación de los visitantes -el equipo de LMC-. Allí aguarda Santiago Cid, con guitarra en mano, su típico atuendo patriota y la fiel compañía de Jarilla, un noble caballo. Y, claro, un rico mate caliente para ofrecer en la inestable tarde sabatina.
El Bagual rionegrino, como se denomina artísticamente este gaucho cantor, nos cuenta su atrapante y emotiva historia. Desarraigo en esa infancia que tanto disfrutó y añora en una chacra de Villa Azul, una desgracia familiar a la que sobrepuso para criar en soledad a su hijo, la pasión por la guitarra, la tradición, el campo y los caballos.
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Luchador incansable, llegó a ganarse la vida con dos trabajos nocturnos en simultáneo para que su pibe pudiera estudiar y recibirse. “Trabajaba en el taxi y con la música. Hasta que me hice la fama, me llamaban una hora de los restaurantes. Me bajaba del taxi y me ponía a cantar milongas. Y seguía viaje… Por suerte así mi hijo se recibió de tornero industrial. No fue fácil pero se logró”, celebra quien nació hace 55 años en Cipolletti pero pasó la mayor parte de su vida en Fernández Oro, donde vive en zona rural.
Ese espíritu guerrero lo incorporó de chico. “Estuve en una estancia en La Calandria, en Valle Azul, el propietario era Pasarino. Fue media sufrida la infancia porque no había comodidades, mi papá del que yo era muy apegado trabajaba de peón y éramos 8 hermanos. Pero me quedo con lo positivo, allí conocí al gaucho argentino, al paisano… Me acuerdo estar mateando en fogón y ver como agarraban la guitarra e improvisaban. Me tocaba cebar mate con mucho cariño a la gente mayor, hacer torta fritas…”, recuerda con tono campechano aquellos años felices pese a que no sobraba nada.
Los mandados a caballo y la balsa de Don Gómez
“Siempre doy gracias a Dios, conocí al gaucho verdadero, el del honor, la palabra, el respeto. Me crié entre peones, compañeros de trabajo. Me la pasaba haciendo mandados a caballo, iba al pueblo, de Valle a Regina hay un trecho largo. Salía a las 7 de la mañana y se cruzaba en la balsa de don Gómez, al que luego mi papá Pascual le mandaba chorizos secos en agradecimiento. Y Gómez le devolvía el gesto con una botella de caña, ginebra. Esos regalos se hacían siempre entre los paisanos. El tema es que tardaba toda la mañana en hacer los mandados, pero me entretenía, iba cazando en las lagunas, con los patos…”, rememora con mucha nostalgia.
Así, por influencia de su entorno, se despertaron sus dos pasiones. “De chiquito me llamó la atención como hacían sonar la guitarra. Siempre tuve amor y cariño por las costumbres, la cultura. Tanto que de grande me costó en los trabajos convencionales no poder utilizar la vestimenta que amo (también fue chofer de colectivos). Me costaba mucho, lo hacía por necesidad pero cuando podía me liberaba. Luego me vine a las chacras a trabajar, si bien era poca la paga, era lo mío”.
Su papá era especialista en “amansar caballos salvajes” y en honor a él, Sureño, el último pingo que tuvo el hombre que falleció hace tres años fue “enterrado al lado de casa”.
Discriminación escolar y el primer sueldo
Siempre fue de fuertes convicciones. Si algo no le agrada, lo evita. Pero jamás renuncia a sus principios ni traiciona sus raíces. Le pasó en la primaria. “No me gustaba ir a la escuela. No era bien mirado por mi ropa, por miles de cosas, no me sentía aceptado. Me mandaban y yo me volvía al campo… Me sentía discriminado. Tengo muy poco estudio, lo admito… Eso sí, no faltaba con la guitarra en los 25 de Mayo, iba para cantar en las fechas patrias”, reconoce entre risas.
Tiene bien presente el destino que le dio a su primer sueldo. “Era un pibito. Me compré una bombacha bataraza, unas alpargatas y un vestido que le regalé a mi mamá. Todo eso gané en un mes”.
Ya después sí llegó la época de lucirse en las peñas, de cumplir el sueño de subirse a los escenarios como “cantor sureño de Milonga, soy el Bagual Rionegrino y siempre estoy cantándole a nuestro lugar, nuestros paisanos, mujeres con mi repertorio de unas 30 canciones que compongo yo mismo. Llevo 5 años seguidos cantando en el Aniversario de Fernández Oro”, destaca con orgullo.
El recuerdo de su compañera de ruta
Fue acaso el golpe más duro que sufrió: la pérdida de su señora. “Se llamaba Susana, nos conocimos en Neuquén y vivimos 10 años allá. Me dio la posibilidad de ser padre. Lamentablemente se enfermó y falleció. Mi hijo le prometió que iba a estudiar y lo consiguió”, revela en el pasaje más triste de la charla.
Alejandra es su actual compañera desde hace 8 años y también valora su “apoyo y grata compañía”. Santiago Cid, el gaucho cantor, se despide improvisando a pedido de LMC. El Bagual rionegrino, un personaje que la remó a pura pasión y reivindicando siempre las raíces y al querido Valle.
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