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Don Elías Adra e Isabel Hoffer, matrimonio descendiente de pioneros

Se asentaron en la segunda mitad del siglo XX en Cipolletti y contribuyeron al crecimiento con su trabajo cotidiano. Don Elías fue testigo del Cipolletazo.

La búsqueda de historias pioneras en el valle del Río Negro y Neuquén nos ha hecho tomar contacto con tantas familias que gustosas nos abren sus puertas para relatar su vida en estas tierras, tierras de pioneros que aportaron trabajo fecundo y que es continuado por sus descendientes.

Don Elías Adra escribió sus memorias para recordar su adolescencia y adultez.

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“Me llamo Elías, hijo de un sirio libanés de nombre Sleiman que se había casado con Clarisa del Carmen Riquelme en 1932 en Las Lajas. Se radicaron a orillas del río Codihue: allí pasé los primeros años de mi infancia. A los cinco años mi padre se radicó en Las Lajas, donde trabajó desde 1929 a 1932 en el almacén de ramos generales de José Pedro Resuc, de su misma nacionalidad. Se instaló en una esquina que contaba con salón y vivienda, abrió un almacén y bar y allí comencé a ir a la escuela hasta tercer grado".

"En mayo de 1940 murió mi padre: mi madre quedó viuda joven, con cinco hijos y un negocio que no sabía manejar. Lo primero que hizo fue pedir ayuda a dos tíos de Buenos Aires. Uno de los dos, Hibrahim, vino y me llevó a vivir con él a Buenos Aires. Ahí vivía como podía dada la situación económica de mi tío. No tenía afecto ni cariño, el hambre me acosaba: me tuve que hacer fuerte, una palabra fue mi fuerte: “Depresión”. Cuando pregunté el significado lo puse en práctica. Cuando tenés un problema no se resuelve haciéndote más problemas, porque ya tenés el problema, solamente tenés que buscar la solución y ver cómo resolverlo. Así transcurrieron mis años".

"Lo acompañé hasta que se instaló y empezó a trabajar. Volví con mi tío abuelo y salí a buscar trabajo. La suerte me acompañó, conseguí trabajo en una fábrica de cajones, donde trabajé desde 1948 hasta 1953 hasta que me empleé en un galpón de empaque de la empresa Kleppe. Hice de tapador en las temporadas 53-54-55".

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"En 1955 tenía 22. Ya mayor de edad, no dependía de la tutela de mi madre. Terminé la temporada de cosecha de ese año y decidí irme a otro lugar. Fui a parar a 70 kilómetros de Tandil, donde habían empezado la nueva fábrica de cemento Loma Negra, en un lugar denominado “Batec”. Entré a trabajar de carpintero. La tarea duró varios años, aprendí el oficio, encofrado y también a hacer planos. Terminada la obra quedé cesante. Volví a Buenos Aires a cobrar la liquidación y de paso ver otras empresas constructoras".

"Tuve suerte, conseguí una que estaba construyendo en Tierra Baya, a siete kilómetros de Olavarría: trabajé desde 1958 a 1960, luego quedé cesante nuevamente. Me radiqué en Olavarría, donde conseguí trabajo en una empresa. Aquí conocí a Isabel en septiembre de 1961. Nos casamos, alquilé una casa y nos fuimos a vivir. En 1963 nació mi primer hijo, Ricardo Daniel. Al año siguiente me ofrecieron un trabajo en una gran obra en Neuquén. Lo conversé con Isabel, no había inconveniente, dejamos Olavarría".

"Nos radicamos en Cipolletti, vivíamos en una casa alquilada. Aquí había una empresa que tenía mucho trabajo en hormigón. Desistí de la obra en Neuquén, no era en la ciudad, estaba afuera, muy alejada. Ofrecí mis servicios a la empresa Zoppi: hicimos muchas obras y edificios, como el edificio Cipolletti, piletas, frigoríficos, compré un terreno y me hice mi propia casa en la que aún sigo viviendo”.

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En su prodigiosa mente, próxima a cumplir 90 años, afloró el recuerdo de sus primeros tiempos, apenas arribados a la ciudad con su esposa e hijo mayor. En esa época se produjo el levantamiento del Cipolletazo y a él, que era capataz de la obra en construcción, lo tomaron preso, la policía rodeó el edificio y los llevaron a la comisaría. Allí fue su esposa Isabel con uno de los hijos enfermo y logró que lo dejaran libre.

En la ciudad, el pueblo se estaba alzando a favor del intendente, el doctor Salto, porque este se había declarado en contra de medidas tomadas por el poder central acerca de la construcción de un puente cuyos intereses desconocía a Cipolletti. En defensa de esos intereses, Salto, que comprendió la importancia de pelear contra el avance de proyectos hegemónicos regionales, se opuso a la medida y acudió a los medios para difundir su opinión.

Con los rumores de un conflicto instalado en la comunidad, un conjunto de vecinos cipoleños se acercó a Viedma e intentó, sin éxito, entrevistarse con el gobernador. Entonces se dirigieron a Capital Federal, donde el entonces ministro del Interior, el general Imaz, les comunicó que la destitución de Salto era inminente e irrevocable, debido al carácter público que el mismo Salto había dado a su disensión con las autoridades militares de la provincia.

En ese momento Salto se encontraba en Buenos Aires transmitiendo sus inquietudes a la prensa nacional. A su vuelta, una multitud lo recibió en el aeropuerto de Neuquén y lo escoltó hasta su casa en Cipolletti. El interventor militar de la provincia, general Figueroa Bunge, respondió con el decreto 721/69, con fecha 11 de septiembre, disponiendo la destitución de Salto. El 12 de septiembre, mientras el doctor se encontraba participando del acto del aniversario de Neuquén, se presentaron en la municipalidad de Cipolletti seis enviados del gobernador para hacer efectivo el decreto.

Un pueblo unido defendiendo intereses de la comunidad valletana y resguardando a su líder, Julio D. Salto. Don Elías es un testigo viviente de aquellos hechos.

Historias de pioneros de trabajadores, con historias personales que no les impidieron sobrellevarlas y continuar el camino hacia adelante. Historias de fecundo trabajo que contribuyeron al engrandecimiento del pueblo de Cipolletti, convertido en gran ciudad. Sus descendientes continúan en la misma tarea. Nuestro homenaje.

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