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Celia, aquella incansable súper mamá que tuvo 23 hijos

Nació en Pilo Lil a principios del siglo XX, pero luego se radicó en Neuquén. La crianza de la prole, el desafío. Su hijo Tomás contó cómo era la vida familiar.

La mesa de madera era enorme, de esas como para servir un banquete, pero en realidad era para darle de comer a un familión. Todos los días Celia del Carmen Gutiérrez colocaba los platos y cubiertos sobre el largo tablón y cuando estaba todo listo convocaba con un grito. “¡A comeeeeer!”

La respuesta era inmediata una enjambre de chicos y adolescentes de todas las edades venían curiosos desde distintos lugares de la casa para ver qué habían servido, pero todos sabían que cada plato que preparaba Celia era realmente delicioso, aunque fuera una receta simple de esas que sólo las madres son capaces de elaborar con un toque personal, exquisito e irresistible.

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Cuando estaban todos sentados, Celia los miraba feliz, aunque siempre había algo de preocupación: “¿Alcanzará?”, se preguntaba. Pero siempre alcanzaba. Ella estaba acostumbrada a cocinar para muchos porque desde los 15 años había sido madre de 23 criaturas. Sí, de 23. Algunos llegaron en varios pares de mellizos y otros solos. Pero ella tuvo ingeniárselas para criar y darle de comer a ese batallón que se iba agrandando con el correr de los años.

Celia nació a principios del Siglo XX en Pilo Lil , un pintoresco paraje ubicado entre Junín de los Andes y Aluminé que encierra mucha historia ya que en una zona rocosa se encuentran pinturas rupestres que datan de los años 700 y 800 después de Cristo. Durante mucho tiempo pasaron y vivieron hombres y mujeres de todas las épocas, aunque nunca se terminó de conformar una gran población. Ni siquiera en la actualidad.

Hija de un sargento que llegó a Neuquén con la Campaña del Desierto, Celia se crió en ese mágico rincón de la cordillera neuquina, acompañada de ese entorno natural, pero con las dificultades que tenían las familias campesinas en aquellos tiempos. La vida era realmente sacrificada y las necesidades estaban siempre presentes.

A los 15 años conoció a Carlos Edmundo Barros, un hombre mayor que ella que había llegado de Chile. Con el se casó y comenzó una nueva vida. Seguramente nunca imaginó que se convertiría en una madre tan prolífica, aunque por aquel entonces las familias numerosas abundaban, especialmente en el interior del territorio neuquino.

Los primeros chicos nacieron en Pilo Lil; otros se fueron sumando cuando el matrimonio se radicó en Neuquén, en una casa de adobe que Carlos construyó en la calle San Luis al 745, y que luego la fue ampliando en dos terrenos de 10 por 50. El enorme espacio fue aprovechado para que en los fondos funcionara una gran huerta que ayudara con la alimentación de esa gran prole.

Muchos de los hijos participaban en la crianza de sus hermanos, aunque nunca en la casa llegaron a vivir los 23 por la gran diferencia de edad

“Había una habitación que nosotros le decíamos la pieza grande, porque realmente era enorme; allí dormíamos”, recuerda Tomás Barros, el número 22 de la descendencia, que hoy tiene 66 años.

Es cierto que no todos vivían en la misma casa ya que algunos se convirtieron en hombres y mujeres independientes mientras nacían los últimos descendientes. Sin embargo, era una superfamilia y había que mantenerla.

Carlos trabajaba como albañil durante todo el día. Se iba temprano en la mañana y llegaba cuando se escondía el sol. Celia se dedicaba a la casa, pero también se ganaba la vida en “Colihue”, un restaurante que funcionaba en la calle Alcorta, entre Olascoaga y San Luis. Cuando salía del local volvía a su hogar. Y otra vez a atender al familión. Que la comida, que la ropa, que la limpieza, que la escuela...

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“Mi madre fue un ejemplo”, recuerda Tomás. En efecto, mantener a tantos hijos era gran un desafío, pero Celia siempre encontraba la forma de hacerlo, aunque lo que tuviera a mano fuera poco y nada. La sopa de pan duro que elaboraba con chicharrones de grasa, verduras y pedazos de pan viejo era deliciosa, igual que las enormes ollas de polenta con salsa que preparaba en la cocina económica de leña y servía en esa larga mesa donde todos esperaban ansiosos el alimento igual que los pichones en el nido.

Todas las comidas eran ricas y abundantes, aunque también había espacio para ciertos lujos, como los pucheros de gallina que ella misma criaba en los fondos de la granja, o el asado que Carlos compraba cuando la economía familiar lo permitía. Cuando había crisis se comía lo que había. A veces solo choclos y papas. Nadie se quejaba.

Tomás recuerda que eran tantos hermanos, que los mayores también ayudaban a la crianza de los más chicos, cuando tenían que ir a la escuela, había que cambiar pañales o se necesitaba cualquier tarea relacionada con la crianza o los quehaceres de la casa. “Para nosotros eran como nuestros padres”, asegura y pone de ejemplo un dato curioso: Sabino Barros, su hermano mayor, murió hace dos años a los 93.

Los restos de todos los integrantes de la famiia que ya no están fueron trasladados hasta Pilo Lil, donde nació Celia y conoció a su marido

La familia siempre mantuvo los vínculos más allá del tiempo, hasta que los ciclos de vida se fueron cumpliendo. A medida que pasaban los años las juntadas para las celebraciones fueron cada vez menos numerosas en el grupo originario. Carlos falleció con 73 años en la década del 70. Celia lo acompañó poco tiempo después cuando tenía 83. Otros hijos, más viejos o más jóvenes también se fueron.

De aquellos 23 hermanos hoy solo quedan 9 con vida, aunque todos dejaron una gran descendencia y las raíces familiares afloran en cada anécdota cuando se reencuentran.

Tomás guarda hermosos recuerdos de aquellos buenos tiempos, especialmente de su mamá, esa mujer menuda, pero de caracter fuerte que alguna vez fue homenajeada con una medalla en reconocimiento a su trabajo y dedicación.

Mantiene frescas en su memoria aquellas imágenes de su infancia, de la enorme mesa lista, de los aromas de la cocina, de sus hermanos esperando felices y ansiosos. Y en cada vieja postal aparece ella, constantemente atenta para que no faltara nada, feliz junto a sus retoños y siempre cargada de energía y voluntad, como si nada la doblegara; como si nunca se hubiera cansado de ser madre.

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