Vive arriba de un árbol y no quiere que lo desalojen
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Además, ratificó que no se irá y que seguirá viviendo en la casa que construyó entre las ramas de un grande y frondoso sauce, a la cual se accede por una firme escalera de madera. Allí tiene su cama y un mínimo espacio para estar cuando el frío aprieta y la lluvia o el viento descargan su poder.
Se ha convertido en el habitante de un árbol pero no se anda con chiquitas y ya está empezando a construir una estructura de madera para conectar, como una pasarela, otros dos árboles próximos y hacer un salón aéreo de mayor porte.
$1.500.000 es el monto de indemnización que reclama Fernández.
Es lo mínimo que aceptaría el habitante del árbol por dejar el predio que cuida hace más de 12 años. Allí hizo su vida, dedicándose a todo tipo de labores para sobrevivir, como arreglar heladeras y otros artefactos, además de juntar y vender cobre y aluminio.
"Para pasar mis días, sólo me hace falta tenerla a Jane"
"Ya estoy como Tarzán, pero lo único que me falta es una Jane", sostuvo, sonriente y con picardía, Miguel Fernández, el cipoleño que decidió hacer su casa en un árbol. De todos modos, afirma que compañía no le falta y que la habitación en las alturas es el mejor lugar en el mundo para vivir.
Antes ocupaba una derruida casa de más de 60 años de antigüedad, cuyas paredes se fueron derrumbando, tornando muy peligroso estar en ella. Debido a ello, no le quedó más remedio que buscar un nuevo hábitat, y le pareció que lo más conveniente era construirlo entre la fronda de un sauce llorón.
Allí, lejos de la humedad y el barro, pasa las noches y parte de sus días. Sin embargo, sigue teniendo en tierra sus especiales hornos y precarias cocinas con los que se calienta y prepara alimentos. Persona inventiva, ha ideado también un sistema de iluminación y alarma con partes de distintos electrodomésticos.
En tierra están también sus compañeros fieles, casi una decena de perros de todos los tamaños, un par de ellos bastante grandes y fieros. Uno, el Turco, no deja de impresionar.
Con ellos tiene, además de compañía, seguridad. Días atrás, un motociclista vino a amenazarlo para que se vaya, pero no se acercó mucho. Tampoco lo hicieron otros que vinieron en una 4x4. No se bajaron. Los canes habrían dado buena cuenta de ellos.
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