La "mamá" del Anai Mapu que le hace frente a la crisis

Patricia Urrea tiene la receta de la solidaridad. Su sueño era abrir un comedor comunitario y lo consiguió en el momento justo. "Nadie se va sin su plato", asegura.

El día de Patricia Urrea, vecina del barrio Anai Mapu desde 1996, comienza a las 7 de la mañana con unos mates calentitos, alguna que otra tostada con mermelada y la compañía de su esposo, Waldo, jubilado desde ya algunos años y fiel devoto de su compañera de vida. Luego de despertar el cuerpo y la mente, ambos ponen las manos en la masa y comienzan a cocinar el almuerzo para al menos 250 niños, adultos y abuelos de diferentes sectores vulnerables de la ciudad que no tienen para pagar un plato de comida

Es que el sueño de la cipoleña de 60 años siempre fue tener un comedor comunitario en su propio hogar para hacerle frente a la crisis económica y darles una mano a quienes más lo necesitan. Y lo logró. El camino no fue fácil, pero finalmente pudo aportar su granito de arena para poner una sonrisa en el rostro de quienes se acercan a su casa a diario para buscar su ración de alimento y un pedacito de pan casero. Ella no recibe nada a cambio de su arduo trabajo, pero el cariño y el agradecimiento de las personas es lo que la motiva a seguir intentando crear un mundo mejor y no detenerse jamás.

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“Todo empezó cuando me di cuenta de la necesidad que había en el barrio o, mejor dicho, en toda la ciudad. Charlando sobre esto con una amiga, me comentó que podía anotarme en un plan de subsidio social porque, al no poder trabajar fuera de mi casa por un problema de salud en mi pierna y en la vista, era la única forma de poder instalar el comedor. Si no, era muy difícil recibir ingresos aparte. Y bueno, lo hice y acá estamos, un año después funcionando a toda máquina”, expresó, con un tono de voz cálido y cierta chispa de picardía.

Patricia comedor Mapu

Al momento de poner en marcha la iniciativa solidaria realizaba entre 60 y 100 viandas por día, pero con el paso del tiempo y la incipiente crisis económica pasaron a ser 250 como mínimo. Al pequeño comedor también llegan familias de asentamientos aledaños como el 2 y 10 de Febrero y el 4 de Agosto. Los más pequeños van porque sus padres no tienen trabajo y necesitan recargar energías para estudiar y jugar, los más grandes porque están desocupados y otros porque, lamentablemente, se encuentran en situación de calle y no tienen a quien acudir.

Como no cuenta con un espacio físico lo suficientemente grande como para albergar a quienes pasan a buscar su comida, todos hacen cola desde temprano con sus tuppers para luego saborearla en otro lugar. La mayoría se acerca a la casa, ubicada en la calle Valcheta al 1762, cerca de las 11:30 y esperan quince minutos a que comiencen a salir los pedidos. Algunos llegan a primera hora para dejar su envase porque saben que, entre trámite y trámite, no podrán estar a tiempo. Lo bueno del comedor de Pato es que no sólo les da una ración de comida a los vecinos, sino también una caricia al alma.

En cuanto a la ayuda que recibe a la hora de cocinar, remarcó: “Yo vivo con mi esposo, Waldo Roldán, que tiene 68 años y me ayuda a picar la carne tempranito a la mañana porque vienen en trozos muy grandes. También está mi hijo de 33, pero él es mecánico, anda en otra cosa, aunque siempre me acompaña a hacer algunas compras o mandados; eso se lo agradezco mucho. También vienen otras tres chicas del Mapu a colaborar para que podamos tener todo listo cuando llega la gente. Siempre hay alguien que se emociona por lo que hacemos acá y siempre hay alguien que se ofrece a ayudar con lo que puede”.

Además, reconoció que desde el movimiento popular La Dignidad la incentivaron mucho para que se animara a cumplir la meta y que hasta el día de hoy le dan una mano con alimentos no perecederos como fideos, arroz, polenta y aceite. También recibe donaciones de la Iglesia y de la Municipalidad, aunque siempre “anda faltando algo”. Los artículos más preciados y que no suelen llegar con tanta facilidad a su mesa son las frutas y las verduras, aunque no resulta un impedimento a la hora de realizar su magia en la cocina.

Los platos varían todos los días, aunque siempre se llevan a cabo bajo un mismo concepto: que sean sabrosos y bien caseros. Algunos días prepara guiso de lentejas, otros un estofado o tallarines, y para cuando pega el frío invernal, deleita con un arroz con pollo que llena el estómago y deja, como suele decir, el corazón contento. Lo llamativo es que su carácter hogareño provoca que tanto las cocineras y los vecinos sientan que forman parte de una gran familia en la que Patricia es la mamá; atenta, cariñosa y protectora.

Patricia comedor Mapu

“La comida casera hace que se generen vínculos, es inevitable. La gente que ha visto lo que hago y que le gusta han vuelto para darme una mano con donaciones, muchos traen verduras, que es lo que más escasea. Si bien a algunos los vemos poco o en una sola oportunidad y a otros a diario, somos todos amigos. Yo siento que me alientan, que me dan su apoyo, no quiero dejar de hacer esto nunca y seguiré hasta que Dios lo diga. Jamás le voy a decir que no a nadie, si no hay suficiente alimento haré lo imposible para que rinda, porque nadie se va de mi casa sin su plato”, concluyó la mujer, emocionada.

Un cumpleaños cercano y la incertidumbre sobre el futuro

Para poder tener un ingreso monetario mensual mínimo, Patricia Urrea se inscribió en un plan de subsidio social que hoy le permite llevar adelante tanto su comedor comunitario, el único en el barrio Anai Mapu, y satisfacer las necesidades básicas de su familia. Sin embargo, expresó su preocupación por estar cerca de celebrar su cumpleaños número 61, edad límite para recibir esta ayuda económica. “Es un requisito de este plan no tener más de 60 para poder ser beneficiado y, como yo estoy próxima a cumplir un añito más, tengo un poco de temor de lo que pueda pasar. Afortunadamente, por el momento lo estoy cobrando y todo sigue igual, pero ya veremos lo que sucede y si se puede buscar una solución viable para que pueda continuar con este trabajo, porque lo es todo para mí y me da mucha satisfacción”, confesó.

Además, la vecina contó que ya charló sobre el tema con su marido y su único hijo y que, tras varios días de reflexión, tomó la decisión de continuar con el comedor sin importar lo que suceda con el subsidio. “Esta es la única forma que tengo de sentir que estoy ayudando a otros, de que puedo ejercer un trabajo y no sentirme encerrada. En mi casa me muevo y hago muchas cosas, pero no puedo desempeñarme fuera de mi domicilio porque tengo problemas de salud. Estoy segura de que Dios va a guiar mi camino y que me dirá hasta cuando seguir”.

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