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Familia de Francisco Montero, español arribado tempranamente al Valle

Uno de sus descendientes, Emilio, fue un gran piloto cipoleño.

La inmigración española e italiana en el valle del Río Negro y Neuquén conformó un entramado social que estuvo presente en toda la vida política, social y cultural de esos poblados que iban creciendo vertiginosamente.

Francisco Montero nació en 1897 en Peñausende, municipio de la Zamora, de la comunidad autónoma de Castilla y León, en España. En 1914, a los 17 años, llegó a Argentina: se estableció en Cipolletti, que había sido fundada en 1903.

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Se casó con Rosa Amelia Riquelme, argentina, de la zona del norte neuquino: Andacollo. Se establecieron en la zona del paraje La Llanada, donde trabajan de sol a sol en sus tierras. Tuvieron cinco hijos: Ricardo, Matilde, Emilio, Isabel y Diego.

El testimonio de sus descendientes nos acerca a su historia, en particular a uno de ellos. Emilio Montero, quien nació en Cipolletti el 26 de mayo de 1931: el parto fue en la casa en el paraje La Llanada. Realizó su curso de piloto instructor de vuelo en Buenos Aires y a los 21 años ya tenía su matrícula. Fue uno de los aviadores de Cipolletti, comenzó su carrera muy joven.

Prestó servicios en el Aeroclub Neuquén y en el Aero Club de Zapala, fue piloto entre 1953 y 1956 en el Comando en Jefe del ejército de Neuquén.

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Además, se dedicó a administrar chacras y llevar su contabilidad, ya que era tenedor de libros.

Su pasión, por supuesto, fue el vuelo: lo recuerdan como un piloto muy audaz, que hacía piruetas aéreas.

En 1956 se casó con María Bilbao, cipoleña también y nacieron sus dos hijas, Norma Beatriz y Stella Maris. Dedicó su corta vida a la aviación, la chacra y su familia.

Fue uno de los primeros vecinos en edificar en el barrio Rosauer, cuando comenzó a diseñarse el barrio, y solo estaba el emblemático chalet de la familia Rosauer y un puñado de casas, aún con sus acequias en el barrio.

“El creador del escudo de Neuquén, Aldo Mastice, lo recordaba en una nota, ya que Aldo no era de la zona y Emilio lo llevó a conocer en un vuelo el Volcán Lanín, que inspiró a Mastice y lo incluyó en el escudo de la Provincia de Neuquén que creó”, según recuerda la hija de Emilio.

Emilio realizó su último viaje en octubre de 1962 y falleció en diciembre de ese año: tenía solo 31 años, una leucemia fulminante terminó con su vida. Dejó muchas fotos tomadas desde su avión, que la familia conserva como una gran reliquia. Algunas acompañan este escrito.

Su esposa María Bilbao tenía solo 25 años cuando enviudó: quedó con dos hijitas muy pequeñas, Norma de 5 años y Stella de 2 años.

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La familia aún conserva la casa en el barrio Rosauer, una de sus descendientes nos contó que las tierras del barrio mencionado fueron disputadas entre Francisco Montero y Juan Rosauer: su abuelo pensaba hacer un barrio popular y no un residencial como finalmente lo fue.

María Bilbao, la esposa de Emilio, falleció hace unos meses y en su memoria contamos esta historia. Sus hijas, sus nietos y bisnietos son testigos de todos los valores y el amor que les dejaron ella y su marido.

Norma, la hija mayor, escribió un poema que mereció el tercer puesto de la Sociedad Argentina de Escritores –Río Negro- Centro de Escritores César Cipolletti, y que nos suministró el relato que enriquece la historia familiar.

El Ladrillo

Corría el año 1958, comunicarse era mucho más complicado que en la actualidad, tal vez no tan rápido, pero igualmente cumplían el objetivo.

Cipolletti era un pueblo joven que crecía ayudado por el río, rodeados de chacras, surcado por acequias, ausente de asfalto, habitado solo por “conocidos “, en su mayoría descendientes de españoles e italianos.

En el paraje “La llanada”, que aún hoy conserva sus chacras, vivía un joven, hijo de padre español y madre criolla, quien se destacó por su espíritu emprendedor. Inquieto y audaz para la época, este joven logró su sueño: ser piloto de avión.

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El Alto Valle de Rio Negro y Neuquén se estaba formando, eran épocas duras, faltaban rutas, las comunicaciones dependían de los teléfonos fijos que eran escasos y costosos. Lo que nunca faltaron fueron las bajas temperaturas que algunas veces provocaban aislamientos y era ahí donde ser piloto tenía una connotación social la cual le aportaba a este joven cipoleño la satisfacción de sentirse útil para la comunidad.

La familia entendía su pasión y lo acompañaba. Su esposa joven, como él, acostumbraba a mirar el cielo, esperando con valor su regreso. Durante las ausencias el cuidado de su pequeña hija acortaba sus horas solitarias en la chacra.

Emilio Montero era su nombre y el único lugar de despegue y aterrizaje era el Aero Club de Neuquén, desde donde partían los vuelos de rescate a la cordillera durante las intensas nevadas, así como los de traslados sanitarios.

Hoy esa joven esposa ya abuela y bisabuela: doña María recuerda con algo de nostalgia, la forma en que le avisaban en “La Llanada” cuando Emilio debía presentarse en el Aeroclub: una avioneta sobrevolaba la casa y dejaba caer como mandato divino el mensaje atado a un ladrillo.

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Una vez leído, “Monterito” sin importar la hora, sin pensar en un gremio, sin ART, sólo con el orgullo de honrar su profesión partía raudo en su jeep a cumplir con su misión.

Un ladrillo atravesaba el puente, recorría la distancia necesaria y hacía posible la comunicación rápida y eficaz.

Curiosamente, los primeros celulares fueron llamados ladrillos.

Con este cuento cerramos la historia de hoy: fragmentos de la vida de una familia llegada a nuestras tierras. Una historia como tantas otras, llena de amor y esfuerzo, pero, en este caso, engrandecida por la pasión humana de volar entre las nubes.

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