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Gonzalo Godoy, el cipoleño que lleva el malambo en la sangre

Con 16 años, es Campeón Nacional y quiere seguir gastando las tablas. Gonzalo Godoy piensa terminar el secundario y continuar la Licenciatura en Folklore.

Muestra una sonrisa cálida y la serenidad de un adolescente en vacaciones. Pero basta que alguien rasgue una guitarra para que a Gonzalo Godoy se le alboroten los pies y arranque con una combinación de punta y taco, que de inmediato revela que es una armonía típica de zapateo.

Sucede que esa es su pasión, el malambo, que practica desde poco después que aprendió a caminar y que lo llevó a consagrarse Campeón de la categoría Juvenil en Festival Nacional de Laborde, la localidad ubicada en el sudeste de la provincia de Córdoba, considerada la capital de la disciplina.

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La historia con la tradicional danza argentina arrancó por contagio y como un juego, siguiendo la inspiración de Juan Pablo, su hermano mayor, que participaba en la agrupación folclórica Jaime Davalos que dirigía Nelli Gauna en la Escuela 165 del barrio San Clara, donde toda la vida vivió la familia.

Su papá Daniel recuerda que se vestía con los trajes de Juan Pablo, aunque le quedasen enormes, y arrancaba con pases de baile con unos repiqueteos cargados de entusiasmo. A los tres años fueron a una competencia a Las Grutas y le ofrecieron realizar una presentación fuera del concurso y fue la sensación no solo por lo chiquito que era, sino por la seriedad con queencaró el compromiso. Hay un video que alguien subió a Youtube y el autor agregó una frase que fue todo un presagio: “El futuro campeón”.

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Era tan fuerte su vocación que lo anotaron en la agrupación folklórica Malvinas Argentinas, a cargo de Roberto Millan. Allí dio sus primeros pasos como bailarín, pero a él lo tiraba el malambo, por lo que optó por buscar capacitación en ese arte. A los 9 años comenzó a tomar clases en La Pampa con Gonzalo Pérez y luego en Bahía Blanca con Leonardo Sixti, ambos reconocidos docentes.

Siguió capacitándose y ensayando, muchas veces en la soledad de su habitación especialmente acondicionada con el apoyo familiar, y comenzó a participar en certamenes. Así, los triunfos no tardaron el llegar. Prueba de ello son las decenas de trofeos y certificados que adornan su casa.

Anteriormente representó a Río Negro en Laborde tras ganar la clasificación provincial, pero la suerte le fue esquiva. Pero no lo consideraron una derrota, sino experiencia ganada. Entendieron que además de la técnica, el entrenamiento y la gracia natural, hay factores externos -como el cambio de clima y el calor- influyen en la competencia. Y la enseñanza dio sus buenos frutos.

El adolescente no tiene otra cosa en la cabeza que no sea el malambo. Estudia en la ESRN N° 35 del barrio El Manzanar, y tiene proyectado al egresar seguir la Licenciatura en Folklore que se dicta en IPUA de General Roca. Después tiene pensado continuar en la Universidad Nacional de las Artes (UNA), de Buenos Aires, para vivir de lo que lo que tanto lo apasiona, con un horizonte que puede ser infinito.

Una habitación convertida en sala de ensayo

Papá Daniel y su hermano Juan Pablo son parte clave del equipo de Gonzálo. Cuentan que una de las frustraciones del adolescente la sufrió en una de sus participaciones en Laborde, cuando se descompuso en plena actuación. Enseguida comprendieron que el calor del norte del país lo había afectado.

Entonces al volver a casa le fabricaron un entablado para simular un escenario y lo instalaron en su habitación ubicada en un primer piso, donde el sol suele ser inclemente. Allí practicó con el calor agobiante, con el traje de la actuacón para ser más real el simulacro. Cuando volvió a Córdoba ya estaba aclimatado. Y volvió campeón.

Papá de suplente

De tanto acompañar a Juan Pablo y a Gonzalo a ensayos y actuaciones, Daniel se sabía de memoria las coreografías. "Diez años los estuve acompañando", destacó el papá.

Recuerda que en una oportunidad se les había complicado el cuadro porque había faltado un bailarín. El estaba sentado, comoun banco de suplentes de fútbol, esperando como siempre para volver a casa. Entonces alguien le preguntó si podía reemplazar al ausente, para que la pareja no perdiera la presentación. Le dijeron que hiciera lo que pudiera, sin exigencias.

Pero él cumplió a la perfección su parte. Hhabía aprendido cada paso del bailarín, de solo mirar nomás.

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