"Yo crecí buscando a mi hermano y eso es algo terrible"

Adriana Metz es hija de desaparecidos y contó en los colegios cipoleños el drama de la dictadura.

POR PABLO MONTANARO - montanarop@lmneuquen.com.ar

“¿Alguien está preparado para que le roben un hermano?”, se pregunta Adriana Metz, hija de Graciela Romero y Raúl Metz, secuestrados la madrugada del 16 de diciembre de 1976 de su casa en Cutral Co, trasladados al centro clandestino de detención “La Escuelita”, que funcionaba al fondo del Batallón de Ingenieros en Construcciones 181 de Neuquén, y luego llevados al del mismo nombre que funcionaba en Bahía Blanca. Durante su cautiverio, Graciela -de 24 años- dio a luz un varón en abril de 1977 que se encuentra desaparecido al igual que sus padres.

Adriana tenía un año cuando las fuerzas represivas se llevaron a sus padres. Vivió un tiempo con unos vecinos hasta que sus abuelos paternos se hicieron cargo. En 1999 se presentó en el juzgado de Bahía Blanca donde frente a los jueces del tribunal inició la búsqueda de su hermano.

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“Mi familia fue desmembrada por la dictadura cívico-militar y eclesiástica que hicieron desaparecer a mis padres y por la supresión de identidad de mi hermano. Pero no solo desaparecieron a los padres de Adriana Metz sino a otras 30 mil personas. Mi hermano es uno de los 300 hombres y mujeres que desde Abuelas de Plaza de Mayo estamos buscando porque están viviendo con el derecho a la identidad vulnerada”, explica la mujer, que trabaja en la Asociación Abuelas de Plaza de Mayo en Mar del Plata y días atrás estuvo en el Alto Valle donde brindó charlas en colegios secundarios.

“Yo crecí con la búsqueda de mi hermano y eso es terrible, no se lo deseo a nadie. Pero sabiendo que tenía un hermano y lo tenía que encontrar. Yo tengo un hermano, no sé dónde está, pero tengo un hermano”, asegura. Cuenta que cuando sus padres fueron secuestrados quedó al cuidado de unos vecinos, Edelvina Guiñez y Miguel Panijan, hasta que llegó su abuelo Oscar Metz. En uno de los juicios por delitos de lesa humanidad en Neuquén, Panijan declaró que uno de los militares del operativo de secuestro le dijo: “Te vamos a dejar la nena, vos la vas a educar, a criar y guarda con abrir la boca”.

Adriana tenía un año cuando se enteró de que tenía un hermano. Estaba detrás de una heladera cuando escuchó a su abuelo leerle una carta a su abuela que le había mandado Alicia Partnoy, quien también estuvo detenida en el centro clandestino de Bahía Blanca. “En uno de los juicios, Alicia Partnoy declaró que durante un descuido de los guardias se cruzó con mi mamá, se pudieron ver porque ambas estaban sin las vendas en los ojos y mi mamá le dijo que nació un varón y está bien”.

“Mi mamá pudo estar con el bebé unos cinco o seis días”, dice con una voz que refleja cierta gratitud. El 23 de abril, justo una semana antes del nacimiento, Graciela fue sacada del centro clandestino y desde entonces está desaparecida. Según los guardias, el bebé fue entregado a uno de los interrogadores.

"Mi hermano es uno de los 300 hombres y mujeres que viven con el derecho a la identidad vulnerada”.

En uno de los juicios a los represores, el fiscal Miguel Palazzani afirmó que los guardias del Ejército de Junín de los Andes saben quién retiró al bebé del centro clandestino. Se refería a los siete baqueanos del Ejército que eran parte del cuerpo estable de guardias de La Escuelita de Bahía Blanca.

“En ese lugar lo habitual eran los llantos y los gritos de adultos, y no los de un bebé. Acaso por el grado de jerarquía no tenían el acceso a la información. Está en la conciencia de cada uno que hablen o no. Sabemos que los que estuvieron involucrados en la apropiación de bebés son los que tienen la información concreta. Será parte del pacto de silencio”, sostiene Adriana.

Sergio Méndez, obrero de la construcción, detenido y torturado en La Escuelita, escuchó las voces del matrimonio de Cutral Co. “Ahí pude escuchar a la mujer de Metz (Graciela Romero) que estaba embarazada”.

En 2009, Adriana se trasladó a Bahía Blanca, donde estuvo en la puerta donde funcionaba La Escuelita. En ese momento la invadió un profundo sentimiento: “Sentí que no tenía a mi mamá ni a mi papá, pero sí a mi hermano, al que no conozco”, cuenta.

“Hay que seguir buscando”, dice Adriana con esa voz aferrada a la esperanza que nunca se apaga.

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