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Las joyas de Petrochelli, una marca registrada

Guillermo Petrochelli es uno de esos artistas que tienen un don. ¿El suyo? Orfebre. Como el de su padre, Eduardo. Sus obras son una marca registrada en la región.

Su mayor secreto puede ser que no tiene secretos. Porque lo que hace es un arte. Un arte a la vieja usanza, que no nació “por amor a la naturaleza”. Fue un “oficio heredado”, primero, y una vocación y profesión, después. Años de estudio.

Guillermo Petrochelli es uno de esos artistas que tienen un don. ¿El suyo? Orfebre. Como el de su padre, Eduardo. Y sus obras son una marca registrada en la Patagonia.

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Un joyero como de los que tal vez no queden tantos en el país, que eligen crear, diseñar y dar forma a cada pieza como si fuera única y especial.

Estudió, se formó, desde hace años da clases y posee su propia escuela-taller que cosecha “me gusta” desde los destinos más variados.

Desde su “lugar en el mundo” en Fernández Oro, pandemia mediante, comenzó a colar sus obras por todos los rincones a través de la magia de internet. Esto le abrió las puertas para que hoy, desde otros países, le lleguen consultas, pedidos y solicitudes de asesoramiento.

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Guillermo no nació en Río Negro pero, a estas alturas, es casi una casualidad. Porque desde chiquito, a eso de los 5, llegó de Córdoba a la Patagonia y Cipolletti lo acunó. Forjó su carácter, se crió y estudió, y ahora en Fernández Oro montó un taller para desplegar su arte.

En plata y oro son las joyas más pedidas, pero también trabaja con platino, piedras preciosas y semipreciosas, entre otros materiales.

“Enseño y trabajo, hago joyería desde muy chico. Lo aprendí de mi viejo, Eduardo, que es joyero y… es algo natural para mí. Mi viejo tenía el taller atrás de la casa y me crié ahí”, contó a LMC.

Estudió joyería en Buenos Aires, incursionó en cursos y talleres y hoy, a los 44 años, hace casi 20 que enseña lo aprendido.

“Comencé a trabajar desde los 15, a la mañana iba al colegio y después trabajaba. Me empezó a gustar cada vez más, empecé haciendo filigrana peruana, con alambres, con un maestro chileno, y nunca paré”, explicó Guillermo.

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En Cipolletti armó su propia Escuela de Joyería y, desde los últimos tres, la lleva adelante en Fernández Oro. En tiempos de aislamiento y pandemia, comenzó a incursionar cada vez más en tutoriales técnicos y charlas, donde comparte su arte paso a paso y obtiene contactos y oportunidades desde diversos países.

“Por suerte tengo mis alumnos, recibo pedidos de todas partes y elaboro todo tipo de piezas por pedido. En oro es cierto que las obras son más costosas, pero a veces el cliente trae el material y se recicla”, contó desde su taller.

Allí vive horas y horas, desplegando su labor entre máquinas antiguas, como una vieja laminadora de más de 100 años, otras más modernas, bachas de blanqueo y decenas y decenas de utensilios y herramientas.

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