Juan María París, primer Comisionado Municipal de Cipolletti
Quienes dieron inicio a la familia fueron don Ambrosio París, nacido en 1842, y Cecilia Lhez, nacida en Goudon, Francia. Ambrosio, Cecilia y su hijo Juan vinieron a la Argentina en 1873 y se radicaron en La Boca. Juan María París había nacido en Baudon de los Altos Pirineos, posiblemente en el pueblo de Goudou, zona del País vasco francés en 1872 y falleció en Cipolletti en 1937.
Cuando ingresó a la Argentina con su nombre original Jean Marie Paris, al que años después, "argentinizó", tenía 7 años. Juan realizó la escuela primaria en la ciudad de Buenos Aires y con algunos de sus hermanos se fue a alambrar campos. Se casó con María Luisa Juana Lalanne, argentina e hija de franceses, y se establecieron en Cipolletti. Sus hermanos nacieron en Argentina: Bautista, Genaro, Luis y Felisa.
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Un censo de 1885 los ubica en la zona de Coronel Pringles, provincia de Buenos Aires.
Hay un momento en que los jóvenes hermanos se dedicaron a la captura de potros sin "marcas" ni dueños, que deambulaban en grandes tropillas, absolutamente baguales.
Por un contrato con la remonta del ejército argentino, debían entregarlos domados y "de boca".
En la consecución de esa titánica tarea, los arriaban hasta los arenales de la costa atlántica. Con la ayuda del pesado suelo arenoso, pudieron cumplir su tarea. Con la ganancia obtenida se largan por la ruta de la rastrillada, la que ya conocían por haber participado en algunos arreos, hacia los pueblos nuevos que jalonaban parte de La Pampa, el curso del río Negro y se adentraban en el territorio neuquino.
“Hubo un tiempo en que mi abuelo, Juan María junto con otro inmigrante, Gregorio Herzig, llegado de la remota Alemania, armaron tropas de carros, con los que transportaban mercaderías hasta la lejana Santa Cruz. Desde allí solían cruzar a Chile. Cuando mi abuelo dejó esa travesía, Gregorio continuó un tiempo más”, recordó uno de sus nietos.
“No lo tengo preciso en fechas, pero antes de asentarse en el Alto Valle, en el Paraje La Japonesa, sobre el río Colorado, a 41 kilómetros de Chelforó”, Juan María levantó un almacén de Ramos Generales.
De ese período, su nieto rescata una de sus más ricas anécdotas: “Era un lugar de una dureza excepcional, en realidad como aún se conserva; y hubo una oportunidad, en ocasión de una de sus clásicas recorridas por los campos, en que fue atacado a balazos por un pendenciero de la zona, al que alguna vez había echado del almacén por su trato abusivo con personas humildes y de poco carácter. La pasó bastante mal ya que estaba alejado del caballo y de su rifle. Pero una vez que llegó hasta el arma, el hombre huyó y se zambulló en el Colorado. Y ya no volvió a verlo”.
“Pero entre algunas hay otra, que siempre la recuerdo, con un valor especial", contó.
“Recorriendo la costa del Colorado, siente que alguien grita 'che París', 'ayudame', dos o tres veces, hasta que ubica, cerca de un ranchito, en un corral de palo a pique, sentado en el suelo y con su espalda contra el tronco de un sombra de toro, a un paisano joven. Ya frente a él, con angustia en la expresión le dice 'me carnearon, che París'. Con brazos y manos, sujetaba sus tripas, derramadas fuera del vientre: 'no me dejés morir, che París'".
“El abuelo Juan se fue hasta el rancho, rebuscó y volvió con una palangana enlozada, un trozo de barra de jabón, un cuero curtido de tientos, no sobado y una lezna. Afinó lo más que pudo el hilo del tiento que cortaba. Se dirigió al paisano y muy suave le dijo, "ahora tenés que ayudarme". Lavaron las tripas, bastantes sucias con el polvo de bosta de vaca del corral. Las fueron acomodando de a poco y volviendo al vientre. Cuando todo el intestino estuvo adentro, el paisano apretó los bordes y Juan empezó a perforar con la lezna, de un lado y del otro. Pasó el tiento de lado a lado y anudó arriba. Así por casi medio metro”.
“Cuenta el abuelo, que ni un gemido salió de la boca del hombre. También recuerda que nunca le tocó pinchar un cuero tan duro, como aquel. Ni los de burro. Con unos cojinillos, sogas y varejones de chañar, armó una camilla, que ató al recado del caballo. Lo sujetó con un cinchón y unas sogas de cuero y tranco a tranco se lo llevó. De alguna forma lo enviaron al hospital de Bahía Blanca. Pasaron muchos meses, pero un día el paisano apareció. Y este es el hecho que le da un matiz mítico a la historia narrada. No recordamos el nombre del protagonista, pero se presentó ante mi abuelo, pidiéndole permiso para, en agradecimiento, cambiar su nombre original por el de Juan María París”.
“Así que si alguna vez, te encuentras en la cuenca del Colorado, con un París de rasgos mapuches, muy probablemente sea un descendiente de aquel valiente paisano”, concluyó.
Se vino al Valle. Recaló en la Colonia Lucinda, allá por 1905 y ya no se separó de este suelo. Se casó con su prima, María Luisa Lalanne.
Felisa, su hermana, casó con Bernardo Herzig, otro colonizador visionario de origen alemán. Dos de sus hermanos murieron ahogados, uno en Monte Hermoso y el menor en Neuquén.
Puso un almacén de ramos generales, construyó alguna vivienda y un salón. Levantó su hogar en la quinta familiar con una gran laguna y una islita central con un gran jardín con glorieta. El negocio se incendió, lo cerró, compró una chacra de 5 hectáreas cerca del ferrocarril, donde hoy es barrio del trabajo.
Allí crió a Cuca, Tita, Cora, Nica, Juan Ambrosio, Luis Raúl y Carlos. Juan Ambrosio, nacido en 1910, integró la comisión directiva y fue arquero del Club Cipolletti. Luis Raúl nació en Cuchillo Co, provincia de La Pampa, casado con Laura Márquez: uno de sus descendientes, Eduardo Luis, colaboró en la fundación del Club de Rugby Marabunta. Numerosos herederos completan la familia.
Juan María fue designado como primer Comisionado Municipal, cargo que ejerció en varias oportunidades. En la primera fue acompañado por Agustín Bardi y el doctor Reyna, que había llegado desde la provincia de Buenos Aires con su esposa. Juan María París los recibió en la estación del ferrocarril y los transportó a su vivienda. El poblado se veía interesado y alegre ante el arribo de un nuevo médico al lugar.
Desde la gestión municipal, se participó a un matrimonio docente, de la provincia de San Luis, para hacerse cargo de la educación de los niños de la Colonia. Juan María había cedido una casa para que funcionara la primera escuela, la N° 21, hoy Escuela Primaria 33.
Jamás se supo por qué, pero los docentes nunca llegaron y el inicio de clases ya estaba anunciado. Juan tomó la conducción y se convirtió en el primer maestro en la historia de la Colonia Lucinda, hasta que fue reemplazado, luego de tres años, por el representante enviado por el gobierno territorial el Señor Jacinto Moyano.
En 1917 obtuvo su carta de ciudadanía.
Luego, sufrió un gran incendio en su almacén de Ramos Generales, que lo hizo perder su más importante fuente de recursos.
El 24 de junio de 1935 inició su viaje hacia lo desconocido, quizá buscando nuevos potros por domar, o más niños por alfabetizar.
“Su recuerdo de hombre gigantesco, se mantiene solo en el recoleto espacio familiar”, escribió uno de sus nietos.
Hoy lo homenajeamos, como hacemos con los grandes hombres que se atrevieron a venir a estas tierras en las que estaba todo por hacer y a las que con empeño y férreo trabajo convirtieron en el fértil valle que es hoy.
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