Familia von Sprecher-Sánchez, inmigrantes de Allen
Los primeros miembros de la familia fueron inmigrantes europeos en los albores del siglo XX: José Manuel Sánchez vino a la zona desde Castillejo Martín Viejo, un poblado de Salamanca que en el 2007 tenía 800 habitantes. Su llegada a Contralmirante Martín Guerrico, entre Allen y Roca, tiene dos etapas. Primero, cuando tenía unos tres años, viajó a Argentina con su familia. Su padre trabajó unos años en el Valle y, habiendo hecho algún dinero, volvió a Castillejo donde, cuentan, construyó la mejor casa del caserío.
Pero José seguía pensando en aquel lejano lugar donde había vivido en su infancia. Así, antes de cumplir 18 cruzó a Portugal, que quedaba a diez kilómetros, y se tomó un barco para volver. Levantó con mucho trabajo su chacra, se casó con Ángela Sada, cuya madre había llegado al Valle, de algún lugar entre Milán y Turín. Tuvieron seis hijos, de los cuales sobrevive Nené con 89, casi 90. Luego, José trajo a su madre y logró que se trasladaran otros vecinos de Castillejo.
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Por su parte, Jorge von Sprecher vino de Lutzein, en Los Grisones, Suiza, vía Italia. Su llegada al Valle no fue inmediata. Primero estuvo trabajando en un campo cerca de Tecka, a su vez cerca de Esquel en Chubut. En 1920 se casó con Margarita von Salis, que había nacido en Argentina, pero cuyo padre era de la misma zona que el abuelo. Fueron a Chubut, pero perdieron el primer hijo por falta de atención médica (la salita más cercana estaba en Esquel y tenían que ir en un Studebaker, un carro, tirado por caballos).
A partir de ese infausto hecho decidieron mudarse a Allen y comenzar una chacra de peras y manzanas, dada la construcción en ese pueblo del Hospital más moderno, entonces, de la Patagonia. Les llevó un tiempo, pero en 1927 se instalaron en la casa, luego ampliada, en la que el autor del relato vivió su infancia, y hoy vive su madre. Jorge von Specher y Magi von Salis tuvieron dos hijas y tres hijos, de los que ya no sobrevive ninguno.
Jorge participó activamente de la vida cívica de Allen y fue uno de los fundadores de la Cooperativa Millacó. Dice Roberto, el autor del escrito: “Hasta no hace mucho, cuando me preguntaban de dónde venía (vivo en Córdoba desde 1971) decía que por parte de mi padre de Suiza (tres cuartos Suiza de habla Alemana y un cuarto de Suiza de habla Francesa –la bisabuela Michele- , 25% de España y 25% de Italia). Desde hace unos años, cuando me preguntan, digo que soy de Río Negro, aunque la mayor parte de mi vida he vivido en Córdoba . Mis padres Nené, Nélida Nené Sánchez y Héctor Roberto von Sprecher, fallecido en 2002, se casaron en 1950.”
“Lentamente la chacra se fue extendiendo a otras y luego, con las crisis de los chacareros pequeños y medianos, volvió a ser las originales 16 hectáreas, que ya muerto mi padre llegó un momento en que no quisieron seguir alquilándola porque afirmaban que era muy chica. Mi hermano menor fue quien siguió con las chacras. En la chacra de atrás y en la de adelante hubo torres de fracking y mi madre no aceptó que alquilaran la nuestra", contó.
"Nené y Héctor tuvieron cuatro hijos. Los mayores vivimos en Córdoba, en la capital, otro en la punta de un cerro en una zona cercana a la ciudad. Los dos menores viven en Allen, la mujer, y el menor entre Allen y La Pampa, donde tiene sus vacas. Los primeros años del matrimonio fueron de duro trabajo, produciendo y elaborando casi todo lo que se consumía (dulce, frutas en almíbar, salsa de tomates, las carneadas –en las que cada fin de semana en invierno se juntaban las familias de hermanos a ayudarse- con los jamones para todo el año… etc., etc.)” .
Roberto nos contó que sus padres habían realizado solo estudios primarios, pero eran ávidos lectores. Al momento de acostarse, antes de comenzar la escuela, mientras su madre terminaba con las tareas de la casa, el papá le leía libros de la colección Robin Hood e historietas. Esperaba con ansias, cuando iba al pueblo, que volviera con alguna historieta o libro.
“En la Escuela 172 mi maestra, doña Barilá, con más de un curso a cargo, era excelente y en julio ya pude leer solo un libro de Bomba, de la colección de Robin Hood, de ‘puras letras’ como los llamaba. Desde entonces fui un lector empedernido, compraba libros, me regalaban, sacaba de la Biblioteca Popular de Allen. Empezaba ya a reversionar libros de Julio Verne en cuadernos de espiral y a ilustrarlos. Y hasta intentar alguna ‘novelita’ de vaqueros, cuentos donde pasaba de todo", relató.
En las vacaciones "casi siempre iba a Bahía Blanca y a Teniente Origone, con mi abuela Magi, y compraba soldaditos de plomo, animalitos y, enfrente de la juguetería, libros. Me iba a las siestas al centro a los cines que daban funciones de tres películas por unos pocos pesos. Continuaba mi amor por el cine que había comenzado en las dos salas que hubo en Allen. Libros, historietas, cine, escribir…” .
Roberto cursó los primeros años de la secundaria en el Mariano Moreno de Allen y luego se pasó al Bachillerato del Nacional San Martín en Neuquén. Ya agotada la biblioteca de Allen empezó a ir a la de Cipolletti. Con la ayuda de Victor J. Flury, luego decano de Filosofía y que tuvo que exilarse en Costa Rica, empezó a producir más cuentos y lo orientó en la lectura de autores que pronto se convertirían en la vanguardia de la nueva literatura argentina. Además, lo orientaba con las lecturas de la revista Primera Plana que había descubierto en el Kiosco de El Cordobés en Allen y que compraba regularmente.
Ya leía a Conti, Cortázar, Rozenmacher, García Márquez, Hemingway y un larguísimo etc. A tal punto que su padre una mañana lo sorprendió con una biblioteca que ocupaba una pared del escritorio. En ningún momento tuvo que pensarlo mucho, ya había decidido que estudiaría periodismo para ser escritor.
Entre 1969 y 1970, casi de casualidad y gracias al apoyo de un odontólogo de Allen que lo llevó en auto a Neuquén, un día que iba a la tarde a gimnasia, terminó viviendo un año en Estados Unidos de Norteamérica. Era un país muy distinto al actual, con el auge de la lucha por los derechos civiles y los movimientos con la guerra de Vietnam. Es decir que pronto comenzó a leer también en inglés. E hizo grandes amigos, principalmente una familia y cuatro hermanos “postizos” que hace pocos años vinieron a visitarlo y fue como si no hubiera pasado el tiempo.
Terminada la Secundaria en 1971 se mudó a Córdoba y como Periodismo estaba por comenzar, pero no aún (se llamaría Ciencias de la Información en la Universidad Nacional) entró en abogacía, donde cursaba un poco alternativamente ambas carreras desde 1972 (rendía libre la mayoría), y como sabía que no se iba a dedicar a la Abogacía, pero era un chacarero cabeza dura, en 1974 se puso con todo y terminó la mitad de la carrera mientras seguía escribiendo. Terminada abogacía tuvo que hacer la colimba en Comodoro Rivadavia (tenía prorroga por estudios) y luego volvió a terminar Ciencias de la Información, en la que se demoró porque trabajó tres años en una tesina sobre historietas, que sumó 1300 páginas en ocho tomos.
Era para un doctorado, y ganó una beca en España donde hizo un postgrado, que sería lo equivalente a una maestría actual, y luego viajó durante meses por toda Europa occidental. También ganó dos veces el Concurso de Cuentos para estudiantes de la Universidad Nacional de Córdoba. Nunca había pensado en ser docente pero la necesidad lo llevó a trabajar como docente, lo que haría por unos 35 años.
Se había casado, pero al tiempo se divorció. Con la segunda pareja tuvo dos hijos, hoy de 30 y 17 años, que lo enorgullecen porque son cinéfilos extremos, leen y escriben, además de ser buena gente. Durante 14 años, dado lo exiguo del sueldo debido a la poca antigüedad, viajó a otras provincias a dar clases en universidades (Santiago del Estero, Chaco, La Rioja, Chilecito, Villa María, Santa Fe).
“Fue agotador, pero fructífero en alumnos amigos y avanzar en mi aprendizaje y preparación. Desde el comienzo me había volcado a Teoría de la Comunicación y a Sociología, que fue a lo que más me dediqué.”
Roberto convalidó la falta de título ganando concursos (no había carrera de Sociología aún en Córdoba). Durante esos años escribió muchos libros y capítulos de libros “académicos”. Formó parte de un equipo de investigación sobre historietas, en la Universidad, que con el tiempo se convirtió en uno de los tres grupos más importantes de América Latina en estos estudios. Publicaron una colección de diez tomos sobre historieta argentina.
Trabajó diez años en el doctorado que lo aprobó en España, donde lo becaron dos veces, y luego volvió a viajar a dar cursos de doctorado. Pero había dejado de escribir literatura hasta que en 2006 dejó de viajar, ya con suficiente antigüedad, y retomó la escritura.
Ya en 1987 había codirigido Filo, la primera revista de historieta realista de Córdoba, y luego en 1990-91 Aguijón. “Uno de mis mayores orgullos fue el guionado de dos álbumes de historietas a principios de la década de 2010, que tuvieron distribución nacional: Ruta 22, con Nacha Vollenweider, y An,i con Laura Fernández, en la Editorial Llanto de Mudo de Diego Cortés, una luz brillante de la edición y el guionados argentinos desde Córdoba, "que se nos fue hace pocos años con solo 39 años".
"Con Nacha, vía e-mail, ya estando ella becada en Alemania, hicimos una adaptación de El Otro y ganamos el segundo premio del Concurso de Historietas del Centro Cultural Haroldo Conti de Buenos Aires. Pasó el tiempo, por un problema crónico en las cuerdas vocales tuve que jubilarme a los 65 y seguí escribiendo. Aún hoy estoy trabajando con los casi doscientos cuentos que fui haciendo desde 2006. Ya viejo, reparto mi tiempo (siempre insuficiente) entre leer, escribir, pintar y coleccionar soldaditos y juguetes, a veces intentar dibujar y pintar", contó.
"No escribo pensando en publicar sino porque me causa mucho placer. Tal vez alguna vez. Y siempre vuelvo, salvo este año de pandemia, a mi chacra natal a charlar largamente con mi madre, que tiene una memoria privilegiada y me ayuda a encontrar material para cuentos (la mayoría de los cuales permanecen manuscritos y a la manía de que cada vez que los agarro tengo que introducirles correcciones)", expresó.
Nacido en 1951, va camino a los 70 años y siempre vuelve a rememorar historias, entre álamos y frutales, en esa ciudad donde pasó sus primeros años, esos lugares que nos quedan anclados para siempre en la memoria y el corazón, como cuando el Maestro Barilá lo llevaba, con sus compañeros, en su auto a la escuela por el camino de chacras.
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