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Familia Mazzucco – Durán, inmigrantes europeos 

Engrosaron el caudal de pioneros pobladores de estas tierras rionegrinas de la Norpatagonia. Propietarios de La Central, pompas fúnebres cipoleñas.

En cada escrito hemos resaltado que la inmigración constituyó una base fundamental para el crecimiento de la población del país. En esta era “aluvial”, como la denomina el prestigioso historiador Romero, la Argentina recibió un gran número de europeos, especialmente italianos y españoles, que se emplearon en distintas labores como vendedores ambulantes, dependientes de comercio, artesanos, camareros, lavacopas, entre tantas otras. Para ellos cualquier trabajo era “bueno” ya que era importante progresar económicamente y socialmente.

Nicodemo Mazzucco nació el 5 de diciembre de 1900 en Castellavazzo, Longorone, Belluno, en la región del Véneto. Era hijo de Nora Maddalena y Faustino Mazzucco, el mayor de cinco hermanos. Los otros cuatro se llamaban Augusto, Otorino, Ana y Giussepina. El 22 de febrero de 1923 partió desde el puerto de Génova en el vapor Duca Abruzzo tentado por Primo Capraro, que también era oriundo de Belluno y que ya desarrollaba sus actividades de constructor y carpintero en Bariloche y fungía como cónsul de Italia en la región.

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Nicodemo no se adaptó a la vida en Bariloche y con sus hermanos se trasladaron al valle: Augusto en radicó General Roca, Otorino en Cervantes y Nicodemo en Cipolletti. Finalizada la guerra y ante la terrible inundación que provocó el derrumbe del Monte Toc en los Alpes por errores en la construcción de la represa sobre el río Vajont, en 1963 trajeron además a su madre y a la hermana Ana: quedó en Italia, pronta a casarse, la pequeña Giussepina.

Ana, que había sido ama de llaves de Benito Mussolini, fue presentada por sus hermanos a Ahmed Amaro, de origen sirio libanés con el que formó su familia. Se radicaron en Cervantes.

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Con respecto a la actividad de Nicodemo, ya instalado en Cipolletti montó su primer comercio, La Central, que funcionaba como herrería y carpintería mecánica. Se dedicaba a la construcción de carruajes, chatitas y escaleras para fruticultores y, como anexo, pompas fúnebres. Siempre recordaba que era atendido por su propio dueño. En la carpintería se construían los cajones mortuorios y con carrozas y caballos ofrecía los servicios fúnebres.

Su próspero negocio se transformó en Empresa Mazzucco Servicio de Sepelios y se extendió a Zapala, Cinco Saltos, General Roca y Neuquén: parte de sus colaboradores eran los hermanos Diniello y Cueto, aún hoy reconocidos en esa actividad.

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Casado con María Sara Durán, también de una familia tradicional cipoleña, nació su hijo Jorge Horacio, Coco. Cursó sus estudios en la escuela Nº 5, en el colegio San Miguel en General Roca y luego fue a estudiar a Buenos Aires.

Eran amigos personales del padre José María Brentana, que los había casado, además de bautizar a su hijo: colaboraban permanentemente con su obra. Era frecuente que le proveyeran comida y ropa, por el desapego que tenía el sacerdote a sus propios cuidados. A su muerte fue Sara quien participó de la comisión que procuró el regreso de los restos del sacerdote a Cipolletti.

A la temprana partida de Nicodemo, Jorge regresó a la ciudad para hacerse cargo del negocio familiar. Su amor por las letras y la poesía española lo hicieron elegir la escritura (escribió poemas y relatos) y el recitar como forma de expresión. Lorca, Gagliardi, Miguel Hernández, José Zorrilla y muchos otros eran recitados para amenizar las fiestas familiares y de amigos como en los eventos artísticos. Por ejemplo, acompañando a la Orquesta de ayer y de hoy, que dirigía el maestro Efrain Scheinfeld Ravich, la orquesta Remembranza y a su esposa María Eloísa, que actuaba como cantante.

Del primer matrimonio de Jorge con la roquense Águeda Alcoleas nacieron Roxanna y María Alejandra, mientras que Mariela y Marcela son fruto de su segundo matrimonio con María Eloísa Castilla González.

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En 1997 Jorge viajó a Italia para conocer a su tía Giussepina, la dilecta hermana de Nicodemo, descubrir la tierra de su padre y darse ese abrazo que había quedado pendiente con su hermano Nemo, “ese que contenía tanto amor y emoción que no se puede contar, solo sentir”.

Hoy ese inmigrante italiano que llegó con muchas ganas de trabajar y hambre de crecer, con el dolor de la pobreza y el desarraigo que había dejado la guerra, se multiplicó en esta gran familia, coronada con seis bisnietos, Victoria, Luis María, Diego Flores Giménez, Candela y Joaquín Gilardi y Tamara Beatriz Saravia, (esperando que Marcela sume sangre nueva a la familia) y tres tataranietos: Clara, Siena y José Flores Giménez.

Una historia de pioneros, de trabajo sin cansancio, de fecunda labor, pero, por sobre todas las cosas, una historia de amor, una historia de familia.

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