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Donó plasma, viajó a España a estudiar y se enteró que ya no tiene más anticuerpos

Después de meses, Marisol San Román, "la pacienta 130", volvió a Madrid a terminar su maestría. La historia de no tener más anticuerpos y la realidad española que la impactó.

Marisol San Román fue conocida como “la paciente 130”, tras contagiarse el 10 de marzo de coronavirus, por compartir labial con una compañera en España, donde realiza una Maestría en Administración en la IE University. Allí se encuentra ahora, después de recuperarse en Argentina, para terminar con sus estudios. Ahora, la joven se convirtió en novedad al revelar que perdió todos los anticuerpos contra el virus, por lo que podría volver a contagiarse. A más de diez mil kilómetros, y en diálogo con Infobae, Marisol aprovechó la oportunidad para hablar sobre la “nueva normalidad” madrileña.

Pasó 45 días en confinamiento, con una gran sensación de ahogo, no solo por la enfermedad, sino por la cantidad de mensajes estigmatizándola por llegar al país con COVID 19. Hizo videos explicando su situación y la importancia de cuidarse del virus y se volvieron virales rápidamente. Tras un mes de recuperada, pudo donar plasma las tres veces que se le permitieron. Para fines de junio consiguió un vuelo a Madrid, donde viajó con la intención de terminar sus estudios maestros.

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Claro, volar, a cualquier lado, en medio de la pandemia no es una tarea sencilla. Ya es conocido, por casos de argentinos repatriados, que no depende tanto de conseguir una butaca en un vuelo, sino que depende de las habilitaciones que disponga la Cancillería. “Salir del país es complicado”, admitió Marisol. “Hay que conseguir un vuelo y hay pocos que se agotan en tres horas. Hay muchos argentinos queriendo volver y europeos que los agarró la pandemia de vacaciones”.

Claro, como ya han aprendido miles de argentinos varados en el exterior en plena situación, tener el pasaje no asegura nada, de hecho, en muchos casos, solo significó la perdida de dinero. En este caso, para viajar a España en estos días, hay que ser español o tener la residencia allá. Para su suerte, Marisol tiene triple nacionalidad, argentina, española y polaca, y además, cuenta con la residencia en Madrid.

https://twitter.com/merysunsr/status/1279034957554487301

Una vez en Ezeiza, dispuesta a regresar, le pareció “una ciudad fantasma”. Además, agregó que “el control es muy estricto”. Solo después de mostrar toda la papeleta que certifica su domicilio en otro país pudo acceder al embarque de su vuelo. “Tuve que mostrar mi papel de residencia en España, la matricula de Universidad, el alquiler del departamento, el seguro médico, los papeles del banco y mi empadronamiento en el ayuntamiendo de Madrid”.

Claro, que lo que parece una odisea, tiene un por qué. Y es que, si bien Argentina se encuentra en el peor momento con respecto a la pandemia, en Europa intentan rearmar de nuevo las actividades. Allí entra Marisol, que lleva una vida europea en su cotidianeidad, no solo por su estilo de vida, sino por su adecuación al calendario.

Después de cruzar la barrera del check-in, tuvo que enfrentar a migraciones. Allí la hicieron firmar un papel que es claro con la situación del país: “Decía que la Argentina no se hacía responsable de repatriarme, que me iba consciente de que había una pandemia y bajo mi responsabilidad”. Una vez firmado, logró entrar al avión.

Allí la historia también es distinta a lo que solía ser. “Las azafatas ahora no te llevan la comida”, es por eso que al entrar a la nave, agarró una bolsa de plástico con los snacks y una botella de agua. Además, durante todo el viaje, que dura unas 12 horas, debió tener el barbijo puesto, sin la posibilidad de hacer fila para ir al baño.

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Una vez en su destino, tras descender de a una persona del avión, se encontró con una nueva normalidad madrileña. La ciudad que dejó cuando empezó la pandemia ya no era la misma. Y aunque la situación en España fue de las más críticas del mundo, con 250.545 infectados y 28.395 muertos, la gente en las calles ya circula sin barbijo.

Sin embargo, para poder asistir a sus clases en la universidad, debió pasar un exhaustivo chequeo médico. “Allá agrupan a la gente en tres tipos: los que tienen anticuerpos, los que no, y los enfermos o que tengan síntomas compatibles, que cursan desde la casa”.

Claro, en el país europeo son conscientes que, tras pasar por una tragedia, sin la posibilidad de la cura, los contagios deben ser escalonados. Para ello abrieron la puerta nuevamente a las actividades, con los recaudos necesarios para controlar la cantidad de enfermos.

Sin embargo, para Marisol, la noticia que le quitó el sueño, fue la de haber perdido los anticuerpos, es decir, saber que, nuevamente, la posibilidad de contagiarse de COVID, está latente. “Cuando doné plasma me hice el estudio que muestra el índice IgG, y estaba en 4. Pasé de eso, que es un buen número, a 0,9, que es negativo. Fue una bomba saber que se habían ido. El médico me dijo que eso puede suceder en un mes, en mi caso fue bastante más. Por eso es súper importante donar plasma en cuanto se pueda”.

Quizás de haberlo sabido antes la decisión hubiera cambiado. Lo cierto, es que enterarse, lejos de su casa, justo en el lugar donde contrajo la enfermedad fue una sorpresa para la joven. “Yo sabía que podían bajar, pero no me imagine que me iba a pasar. No te digo que me sentía una superheroína, pero pensé que no podía volver a contagiarme. Fue un shock enorme. Hay casos de recontagio. En teoría, según me dijeron, estar sin anticuerpos es como si no hubiera tenido la enfermedad. Cambia todo y empecé a tener miedo nuevamente. Pienso que puedo pasar por lo mismo”.

Desde la desesperación, en llanto, llamó al médico que la trató en Argentina, Gustavo Villar: “Él me calmó, me tranquilizó. En el hospital de acá me dijeron que era normal, que los anticuerpos duran entre dos y tres meses y que habían tenido como dos mil casos así. Apenas me enteré, durante dos días no quise ir ni al supermercado. Pero tengo que perder el miedo a volver a contagiarme, adaptarme a la nueva normalidad”.

Para Marisol no fue nada fácil volver a las cursadas presenciales, algo que en Argentina parece, aún, utópico. Sin embargo, parte de las diferencias, radican en cómo piensan el sistema en las instituciones: “Para entrar al edificio de la Universidad hay que presentar un pasaporte de salud, con la aplicación de seguimiento diario. Se debe pasar por una enfermería para mostrarlo, y dan el ok… o no. Por ejemplo, si tenés enfermedades preexistentes, como asma, no vas a poder ir. Tenés que estar bien sano. Para tener el pasaporte, además de los análisis y llevar el test de anticuerpos, hay que completar un formulario larguísimo, con un montón de datos. Para ir al aula, si querés tomar el ascensor, vas a tener que esperar, porque se entra de a uno. Todo el tiempo te dicen que uses las escaleras, aunque tengas que subir al séptimo piso. Y hay cámaras de calor por todos lados”, narró.

Además, dentro del aula, la vida ya no transcurre como antes. “Estamos en un aula para 40, pero somos 18. En la primera fila no se sienta nadie. Y tenemos separadores: un lugar sí, un lugar no. Además, hay que estar con un barbijo puesto para estar en clase y entrar a la Universidad. Y tener alcohol en gel”.

A pesar de tener que acostumbrarse a volver a transitar la vida estudiantil, la “nueva normalidad”, que se ve en las calles madrileñas, tras la relajación de la cuarentena, es algo a lo que aún no se acostumbró. “Es completamente distinto a lo que conocía. Es fuerte que a pesar de la cantidad de muertos que hubo en España, muy poca gente usa barbijos. Serán cuatro de cada diez. En Argentina aprendimos muy bien el uso del tapabocas. Creo que maduramos un montón”.

En un principio, el miedo por haber perdido los anticuerpos y sentirse, nuevamente, vulnerable al virus, la hizo permanecer en su departamento. Sin embargo, con el transcurso de los días, junto a sus amigos, comenzó a frecuentar los bares: “Están abiertos como si nada. Adentro la gente está sin barbijo. Eso sí, en todos lados tienen alcohol en gel para desinfectar y los meseros con barbijo y guantes descartables. La primera vez que fui, mi amiga me decía que no paraba de temblar. En las tiendas, o el súper, se entra con barbijo puesto y tienen desinfectante para el changuito y guantes descartables, que tirás al salir”, admite.

Sin embargo, aunque parezca difícil de explicar: “La pandemia no terminó. Acá hay entre 300 y 500 casos por día. El virus sigue estando. No me siento cómoda ni con ganas de juntarme con grupos donde haya muchas personas. Mi amiga me invitó a un cumpleaños y le dije ‘gracias pero no quiero’. Un amigo me dijo de juntarnos en la Plaza de España para comer. Y también lo rechacé. Ellos ya empezaron a viajar a Marbella y Valencia, por el verano. Mi amiga dice ‘disfrutemos la libertad mientras dure’, porque saben que en China hay un rebrote y va a llegar acá tarde o temprano. Creo que tiene razón.”

Tanto cuidado que tiene la joven ahora no viene de lo que le contaron los medios. Fueron 45 días que Marisol estuvo aislada sufriendo la enfermedad y no lo va a olvidar. Ahora, con la posibilidad latente de volverse a contagiar, el miedo se va yendo de a poco, en un país en el que la gente ya volvió a circular. Sin embargo, las costumbre más clásicas también fueron atacadas. Hasta el punto de que, después de haberse contagiado por compartir un lápiz labial, admitió: “Tiré todos mis maquillajes”.

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