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Valentina San Martín: estudiar, trabajar, competir y construir un proyecto propio

Conoce a Valentina San Martín: futura arquitecta, deportista y creadora de una marca de indumentaria que transforma el esfuerzo en un proyecto propio.

A los 25 años, Valentina San Martín está terminando la carrera de arquitectura, trabaja, entrena y sostiene junto a su pareja un emprendimiento de indumentaria para CrossFit. Su recorrido empezó mucho antes: en una mesa de la casa de sus abuelos, entre los planos de una futura vivienda, y siguió por una escuela técnica, la universidad, el deporte y distintas formas de ganarse la vida. En el camino también aprendió que hacer todo tiene un costo y que el cuerpo, a veces, obliga a poner un límite.

Valentina tenía unos diez u once años cuando acompañó a su mamá Stella a una reunión de una cooperativa de viviendas. Mientras los adultos hablaban, un arquitecto mostraba planos y explicaba las distintas posibilidades para construir una casa. Se podía empezar por un quincho y después levantar la vivienda principal. A Valentina le llamaron la atención esos dibujos, las líneas, la manera en que una hoja podía convertirse en un espacio donde alguien iba a vivir. Preguntó quién era ese hombre y, poco después, empezó a decir que quería ser arquitecta.

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La idea no quedó solamente en una frase de una niña. Cuando llegó el momento de elegir la escuela secundaria, buscó una formación técnica. Quería entrar a la Escuela 15, pero el azar de un sorteo hizo que comenzara en otra técnica. Durante dos años cursó allí y, en tercer año, pudo cambiarse a la escuela que había elegido: el CET 15. Le atraían especialmente los talleres, el movimiento de una escuela donde había carpintería, soldadura y distintas herramientas.

En 2019 terminó como Maestra Mayor de Obras. La matrícula llegó enseguida y, a los 18 años, consiguió su primer trabajo profesional en un estudio de arquitectura en Fernández Oro. Por las mañanas trabajaba; después tomaba el colectivo hacia General Roca para cursar Arquitectura en la Universidad Nacional de Río Negro (UNRN). Al terminar las clases emprendía el regreso a Cipolletti.

Era un ritmo que, de alguna manera, ya conocía.

Desde chica había sido de las que querían hacer todo. A los seis años comenzó patín artístico en el Club San Martín y a los ocho ya competía en torneos provinciales y nacionales. En algún momento apareció el vóley, después el inglés, además de la escuela y los viajes para competir. Hubo tardes en las que cargaba el bolso de patín junto con los materiales de inglés y pasaba de una actividad a otra.

Su mamá solía decirlo de una manera sencilla: ella quería ir a todo.

Hasta que el cuerpo empezó a marcar el límite. Llegaron los dolores de cabeza y una consulta con un neurólogo. Cuando el médico preguntó cuántas actividades hacía, la respuesta fue una explicación bastante completa de esa infancia acelerada. Había que dejar algo. Primero fue el vóley. Después, el inglés. El patín quedó.

Con los años, esa tendencia a sumar cosas no desapareció. Se transformó.

Cuando terminó la escuela comenzó también a enseñar patín a niñas más pequeñas. Fue su primera experiencia laboral vinculada al deporte. La entrenadora que la había acompañado durante años le pidió ayuda con un grupo de principiantes y empezó a pagarle por las clases. Durante alrededor de dos años, Valentina tuvo así su primer ingreso propio.

En 2020 comenzó la carrera de Arquitectura. La carrera tenía una duración prevista de cinco años, pero hoy, seis años después de aquel comienzo, le queda la tesis de grado. No porque haya perdido años, explica, sino porque cursó las materias según el plan y la última parte del proceso quedó pendiente.

La pandemia cambió la manera de estudiar y, al mismo tiempo, le permitió concentrarse completamente en la universidad. La mesa del living de la casa familiar se convirtió en una especie de taller permanente. Allí convivían la computadora, los materiales, los dibujos y las maquetas. El escritorio de su habitación no alcanzaba para todo lo que necesitaba.

Después volvieron las clases presenciales y también apareció con más fuerza la dificultad de sostenerlo todo. Valentina vivía en Cipolletti y viajaba a Roca, hasta que el traslado cotidiano se volvió demasiado pesado y decidió mudarse. En tercer año llegó a trabajar y estudiar al mismo tiempo, pero durante el primer semestre terminó dejando el trabajo porque ya no podía sostener las dos cosas.

Su objetivo era aprobar todas las materias, sin dejar ninguna para después. Lo consiguió, pero el costo fue alto.

Hay una noche que recuerda especialmente. Tenía que entregar, junto con una compañera, un proyecto central de la carrera. Si no lo aprobaban, debían repetir el año. Trabajaron durante horas y, cerca de la medianoche, Valentina sintió un fuerte dolor en el pecho. Pensó que podía estar muriéndose. Su mamá, que estaba con ella, entendió que estaba atravesando un episodio de pánico y se quedó a su lado.

Le puso crema de lavanda, la ayudó a calmarse y le dijo algo que, con el tiempo, Valentina recuerda como una enseñanza mucho más importante que aquella entrega: si al día siguiente le iba mal, no pasaba nada. No era el fin del mundo. Habían hecho todo lo que podían. Para Valentina, en ese momento, desaprobar parecía efectivamente el fin del mundo. Había puesto tanto en la carrera que no podía imaginar otra posibilidad.

Después hubo otros momentos de ansiedad vinculados con entregas y finales. Mirando hacia atrás, reconoce que quizá no era necesario exigirse siempre hasta ese punto. Que podría haber dejado alguna materia para después. Que hacer todo también podía significar aprender cuándo parar.

Mientras la Arquitectura ocupaba buena parte de su vida, el deporte volvió a encontrar otro lugar.

Después de mudarse a Roca comenzó a buscar una actividad física. Probó un gimnasio tradicional, pero no le gustó. Unos amigos que hacían CrossFit le propusieron que probara. Ella pensaba en pilates y ellos se reían: no la imaginaban allí. Finalmente aceptó. El gimnasio quedaba a media cuadra de la universidad. Muchas veces terminaba de cursar y se iba directamente a entrenar.

El CrossFit no tardó en convertirse en algo más que una actividad física. Valentina ya tenía desde chica una relación con la competencia, pero esta vez la vivió de otra manera. En abril de 2025 se anotó con una compañera en un torneo de CrossFit en el estadio Ruca Che, después de haber atravesado una instancia clasificatoria. Llegaron a la competencia con una expectativa bastante modesta: disfrutar la experiencia. No pensaban que iban a ganar. Terminaron primeras en su categoría, entre unas veinte duplas.

Para entonces había empezado también otra historia.

Un problema terminó convirtiéndose en una idea de negocio. Para aquella competencia habían encargado unas remeras personalizadas en Buenos Aires, pero las prendas no llegaron a tiempo. Con Félix, su pareja, pensaron que podían hacerlas ellos mismos. Eligieron un nombre corto: Grit (que en inglés significa arena o agallas).

Primero recibían pedidos y mandaban a imprimir prendas a Buenos Aires. Después compraron una máquina de estampar y empezaron a aprender sobre la marcha. Quemaron remeras, arruinaron estampas, probaron telas y fueron entendiendo el proceso a fuerza de ensayo y error.

El primer gran paso llegó en agosto de 2025, cuando los invitaron a llevar un puesto de ropa a un evento de CrossFit en 25 de Mayo, La Pampa. Tenían poco stock y prácticamente ningún equipamiento para montar un stand. Consiguieron percheros económicos y recuperaron incluso uno viejo que había quedado de un emprendimiento anterior.

Viajaron un domingo.

Al terminar la jornada hicieron las cuentas. Habían vendido alrededor de dos millones de pesos, según recuerda Valentina. Para ellos fue una sorpresa: sentían que no habían vendido tanto y recién cuando sumaron las ventas entendieron lo que había significado ese primer puesto.

Desde entonces, Grit creció alrededor de ese mismo mundo que Valentina conoce desde adentro. Ella entrena, compite, prueba la ropa y entiende qué buscan quienes practican este deporte. La mayor parte de los clientes llega a través de Instagram y el emprendimiento de indumentaria deportiva funciona hoy desde un pequeño espacio de trabajo armado en su casa.

Mientras tanto, Valentina sigue con arquitectura. Está en la etapa final de una carrera que empezó a imaginar cuando era una niña mirando los planos de una casa. Trabaja, entrena, compite y sostiene una marca propia que nació porque unas remeras no llegaron a tiempo.

A los 25 años, su historia puede parecer la de alguien que simplemente quiso hacer muchas cosas y fue consiguiéndolas. Pero cuando se escucha el recorrido completo aparece algo más complejo. Están el esfuerzo y la disciplina, pero también una madre que acompañó, abuelos que fueron sostén, docentes y entrenadores que abrieron puertas, amistades que acercaron oportunidades, una pareja con quien comparte proyectos y una educación que le permitió transformar una curiosidad infantil en un oficio.

Y también están los límites.

Los dolores de cabeza de aquella infancia cargada de actividades. El pecho apretado frente a una entrega universitaria. La necesidad de dejar un trabajo para poder continuar estudiando. La certeza, aprendida bastante después, de que no todo tiene que hacerse al mismo tiempo. Quizás por eso, cuando habla de su recorrido, la palabra esfuerzo no alcanza para explicarlo.

Valentina no llegó hasta acá sola ni a fuerza de voluntad únicamente. Su historia está hecha de trabajo, oportunidades, vínculos, decisiones, tropiezos y una persistencia que parece acompañarla desde aquella niña que miró unos planos y decidió que algún día quería ser arquitecta.

Todavía le falta terminar la tesis.

Pero el proyecto, de alguna manera, empezó hace 15 años.

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