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En la época del 5G, dedica su vida a la cría de palomas mensajeras

Sebastián Ojeda es uno de los colombófilos más jóvenes y experimentados del Alto Valle. Explica todo sobre esta práctica antiquísima y cómo es convivir con más de 200 aves.

A Sebastián Ojeda siempre le gustaron los animales. En el patio de su infancia en Cipolletti, supo tener perros, conejos, pajaritos de todas las especies y hasta un águila que se llamaba Joaquín. Si bien en algún momento también anduvo por el barrio con una gomera en la mano para hacer tiro al blanco con algún bicho, a medida que fue haciéndose consciente de la crueldad de esa práctica, empezó a combatirla implacable aunque eso lo enemistara con otros niños.

Un día, se encontró en la calle con una paloma herida, no era cualquier animal, tenía un pequeño anillo en la pata con el número 479419. La llevó a su casa, la cuidó y la curó con mucha dedicación por largos meses. Pasaba horas enteras en su compañía. Era el último año de la escuela primaria y salió por unos días de viaje de egresados con su grado. Al volver, descubrió que su papá había abierto la puerta de la jaula a la paloma para dejarla escapar. Sintió un dolor tan inmenso que de alguna forma lo marcó para siempre. Sin embargo, a los dos días, la paloma regresó a él y fue cuando descubrió la primera verdad colombófila: tarde o temprano, las palomas mensajeras siempre vuelven a casa.

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Le improvisó un palomar pequeño en el patio. Todos los días, la largaba y ella volvía. Cuando empezó a sentirse más seguro, se permitió otros juegos un poco más arriesgados. A la tarde, llevaba a 479419 hasta la casa de su abuela que vivía unas 20 cuadras de su casa para el lado del centro. Desde ahí la soltaba. Él se quedaba tomando la leche y al volver, encontraba a su paloma muy a gusto en el palomar. Sin saberlo, Sebastián a sus 12 años, ya era un pequeño colombófilo.

Palomas mensajeras

Su aprendizaje sobre las palomas mensajeras

La colombofilia viene del latin columba, que significa paloma, y del griego philia, que refiere al amor o afición, por lo que su significado literal es amor por las palomas, el cual se materializa en el arte de criar y entrenar palomas mensajeras, una práctica milenaria de la que existen huellas en las antiguas civilizaciones egipcias, griegas, romanas y árabes, donde estos animales alados fueron cumpliendo diferentes roles en torno a la comunicación. Incluso en la Biblia, son un simbolismo poderoso que representa al espíritu santo, la pureza, la paz, y así también lo fueron en la iconografía cristiana a lo largo de la historia. En la actualidad, se volvió un deporte de carrera con miles de adeptos en el mundo, aunque en algunas oportunidades, pese a los avances tecnológicos, sigue garantizando el intercambio de información en zonas de guerra, durante catástrofes naturales, entre otros escenarios.

Arte, hobby, deporte, sea como sea, todo despierta pasión. Algo de eso ya había nacido en Sebastián cuando confirmó que 479419 era una paloma mensajera y salió a a investigar por toda la ciudad, hasta que fue encontrando a Roda, Scilipoti, Delfino, Franco y a algunos otros colombófilos que le revelaron detalles de la práctica. De hecho, descubrió que su paloma había pertenecido a Franco, quien muy gentilmente le permitió seguir criándola, además de regalarle otras para que pudiera iniciar la actividad. Pasaba días enteros en sus casas, aprendiendo a construir palomares, observando de cerca las formas y movimientos. Y aunque recuerda con gratitud toda esa época, sospecha que muchas cosas no habrán querido enseñarle, porque en definitiva la actividad tiene mucho de competencia.

Negociando con su mamá poder construir nuevas casas para sus amigas en el patio; escondiendo algunas palomas en su habitación; reciclando materiales que encontraba por ahí; estudiando en profundidad sobre la anatomía, salud y otros detalles; invirtiendo un poco de lo que le daba su abuela, pero sobre todo con mucho amor, Sebastián empezó a construir su vida junto a las palomas mensajeras, que hace más de 35 años no sólo son su compañía incondicional, sino su familia.

Palomas capitanas del espacio

Otoño no es cualquier estación para un colombófilo, la época de carreras está por empezar y es para eso que se preparan todo el año. A partir de junio, cada fin de semana de los próximos meses hasta octubre, o hasta que empiecen los primeros calores de la primavera, van a soltar al cielo sus palomas sólo para sentir la emoción de verlas volver y renovar esa sensación increíble que alguna vez sintió Sebastián en su infancia: la de ser elegido.

Palomas mensajeras

No todas las palomas tienen la capacidad de orientarse, ni la anatomía, ni el plumaje que les permita ser “autenticas atletas del espacio”, como las define la Federación Colombófila Argentina. Se trata de una raza en particular: las palomas mensajeras. Cuando una nace, a la semana se le coloca un anillo en la pata con un número de documento único en el país que nuclea la Federación, de la que Sebastián es delegado por la región Patagonia. Pasado ese tiempo, no es posible hacerlo, ya que se desarrollan rápidamente. Entre los 20 y 25 días, son separadas de su mamá y su papá, y al mes ya están volando. Un tiempo después, en la otra pata, donde alguna vez llevaron pequeños tubos con mensajes, ahora se les coloca un chip con el que controlan el tiempo en que vuelven a sus palomares. Las carreras consisten en hacerlas salir a todas juntas desde un mismo punto de partida y luego controlar el promedio de velocidad que alcanzaron en su regreso.

Durante el período de carreras, se van aumentando gradualmente las distancias que propone cada competencia. Para esta zona, uno de los últimos desafíos es la carrera que comienza en Campo de Mayo, Buenos Aires, desde donde deben recorrer 950 kilómetros para volver a casa. Ese trayecto consiguen hacerlo en el día, ya que estas aves logran tener un promedio de vuelo en condiciones óptimas -sin fuertes vientos ni otras adversidades- de 70 km/hora, alcanzando incluso los 120 km/hora si consiguen encontrar la corriente adecuada. Tienen un esqueleto que les permite combatir las ráfagas volando al ras del suelo, o elevarse 200 metros: pero su desafío está en encontrar una zona de confort para volar.

En el 2015, el transportista que llevaba a las competidoras del Alto Valle paró en una estación de servicio y alguien le robó una jaula. Era una de las últimas carreras de la temporada y en ella estaban las 7 mejores voladoras de Sebastián. Ese día las esperó con ansias, pero ninguna llegó. Cuando confirmó el robo, pensó que las había perdido para siempre, sin embargo, fueron volviendo de a una en el lapso de dos meses.

Palomas mensajeras

“Esta ganó cuatro copas”, explica Sebastián. Tiene a Click en brazos, una paloma gris, con plumas cubiertas de pintas blancas y negras y una suerte de corazón dibujado en el pico. “Le puse así por el ruido que hace si le estirás el ala. Escuchá”, dice entusiasmado mientras otras cientos lo miran desde sus palomares, sin dejar de arrullar ni aletear ni por un segundo. “Nació en 2018, ganó muchos trofeos. La última carrera, que fue la de Campo de Mayo del año pasado, salió segunda. Pero ya no corre más, me encariñé mucho y me da miedo que le pase algo”, agrega.

Un amor cayó del cielo

A mí me han vuelto palomas de Tucumán, por ejemplo. Hace 15 años, envié a 673641 a la carrera que organizaba Cesar Mascetti”, dice con cierto orgullo. Sin embargo, aunque todo parezca distancias y números, las palomas son mucho más para Sebastián. “Trato de mandarlas siempre en las mejores condiciones, con los años eso lo vas aprendiendo, porque empezás a darte cuenta no sólo de la actitud que tienen en el palomar, sino de la expresión que ponen en sus caras”, agrega.

En este momento, tiene 225 palomas, de las cuales 180 son pichones, y el resto, adultas. La mayoría de ellas están en su casa de Fernández Oro, donde eligió irse a vivir huyendo de las antenas de la ciudad, que según se estima, son muy perjudiciales para toda ave migratoria. No son sólo un número, la mayoría tiene nombre y él puede distinguirlas perfectamente: El Barba, La Renga, La Mimosa. Además de tener varios palomares impecables que él mismo construyó, también tiene una enfermería donde van algunas palomas o palomos heridos o bajo tratamiento veterinario. Todos los días recibe la ayuda de Martina y a otros dos perros medianos que cuidan a las chicas aladas de los gatos.

Cada mañana, se levanta, revisa como depusieron, les abre las puertas y las larga cerca de una hora y media. Llenan el cielo con destino al sol. Regresan cuando él las llama con un silbido. Luego, les da de comer cereales, maíz, trigo o girasol, lo que necesiten, y las guarda en la jaula hasta el otro día. En invierno, las baña una vez por semana en un fuentón gigante donde les gusta sumergirse. En verano, el ritual se repite hasta tres veces por semana y disfrutan muchísimo de jugar cuando les prende el regador. Además, también las vacuna, las medica cuando no están bien de salud y mantiene muy limpios todos los palomares. Sus animales están en regla, como exige el Senasa, pero sobre todo reciben a tiempo completo el cuidado y atención de su entrenador.

Palomas mensajeras

“Muchos me dicen: no tenés auto y te gastás la guita en las palomas. El auto sería un lujo innecesario para mí. Las palomas también son un lujo, pero ellas me llenan. Vivo con ellas y para ellas, no podría estar sin las palomas, son mi familia”, afirma.

Una paloma mensajera vive entre 15 y 20 años. Además de atenderlas cotidianamente, Sebastián las acompaña en el verano mientras repluman; en la primavera, cuando llega la época de apareamiento, separa a las hembras de los machos y busca siempre la mejor cruza para conseguir mejores atletas; les acomoda sus camas en el palomar para que críen por 20 días a sus bebés; pero sobre todo logra ver lo que nadie: la expresión de sus rostros, sus gestos de cariño, la alegría que traen cuando bajan del cielo.

En Alto Valle hay cerca de 25 colombófilos. Sebastián es uno de los más jóvenes. Cuenta con un poco de preocupación que no se están viendo nuevas generaciones: “Es posible que los chicos tengan otras cosas que hacer, también es cierto porque cada vez es más complicado económicamente mantener a las palomas”. Explica que esta es una zona ideal para la crianza, ya que la falta de humedad y las estaciones tan marcadas, generan un clima óptimo para la salud y permite tener largas temporadas de carrera. Acá las palomas aún pueden volar hacia los cuatro puntos cardinales sin tener mayores complejidades. Él y los otros miembros de la Federación, están dispuestos a acompañar a quienes quieran entrar en la vida apasionante de la cría de palomas.

Silvina, la hermana de Sebastián, recuerda que una vez cuando era chiquito se enfermó mucho. Volaba de fiebre y a cada lado del cuello, le habían salido unos pequeños bultos. Ella para molestarlo, le decía que le iban a salir alas y que se estaba convirtiendo en un palomo. Aunque en realidad, lo quería decir es que siempre admiró esa forma silenciosa de su hermano de hablar con las guardianas del cielo.

Hay un pasaje de la Biblia, Mateo 10:16, que dice: “Tengan en cuenta que los envío como ovejas en medio de lobos. Así que sean astutos como las serpientes, pero sencillos como palomas”. Desde su mundo de patas con anillos y picos que pueden besar, desde el abrigo tibio de esas alas que todos los días lo hacen mirar los colores del cielo, Sebastián enfrenta al mundo de lobos. Quizá descubrió que, después de todo, sólo necesitamos sentirnos queridos, que alguien venga a nosotros sonriendo desde el cielo.

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