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Cada vez más cipoleños dependen de los comedores

En las tomas, la solidaridad es el sostén de cientos de vecinos.

Cientos de familias cipoleñas están pasando hambre y en los últimos meses la cantidad de hombres, mujeres y niños que se acercan hasta un comedor por un plato de comida se ha multiplicado.

En algunos comedores, como el que improvisó un grupo de vecinos de la toma 2 de Febrero, en la casa de Pamela Silva y su marido, Juan Oliva, se ponen a trabajar desde muy temprano para llegar al mediodía con el almuerzo listo y servido en tuppers que pasarán a retirar las familias que lo necesitan. En general, es el papá o la mamá quien se acerca hasta el lugar.

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Los habitantes de los asentamientos se las ingenian para cocinar en forma solidaria y los más humildes pasan cada día a buscar un plato de comida caliente.

“Nosotros queremos que coman en sus casas para que no se rompa el vínculo familiar, por eso nos gusta más decir que somos un viandero”, contó Pamela, mientras su familia y otros vecinos que aportan a la olla de todos los días terminan de comer los últimos fideos con tuco de la jornada.

El comedor de la 2 de Febrero se gestó con las lluvias de mayo, cuando sólo el camión del Ejército podía ingresar al lugar. Muchos quedaron sin trabajo, escaseaba la comida y no pudieron mirar para otro lado. Con pocas cosas, pero varias manos solidarias, comenzaron con 85 porciones y hoy llegaron a las 243.

“Entre salir a delinquir y buscar un plato de comida, es preferible un plato de comida y es lo que nos lleva a hacer esto todos los días”, añadió Oliva, y su mujer destacó: “Al comedor lo hacemos entre todos, no somos dos o tres vecinos”.

La Municipalidad aporta alimentos, pero no alcanzan, y se las rebuscan para cubrir el faltante por otros medios.

En la toma 10 de Febrero piden más y repiten hasta dos o tres veces el plato de comida que preparan Ana Fernández y su hija Lorena Ortega. “Anotados tenemos 35, pero todos los días se van sumando otros chicos y estiramos la comida como podemos”, comentaron. Comenzaron hace tres años con una olla a la intemperie y hoy tienen un humilde comedor al que le están haciendo los baños para que los niños puedan higienizarse.

En el Barrio Obrero, el comedor dio sus primeros pasos hace siete años con 150 raciones. Cerraron el año pasado con alrededor de 200 y hoy ya preparan el doble. Como en otras tomas, en el lugar se cocina pero no se come: los vecinos asistidos pasan a buscar su ración. “No queremos que vengan a comer acá, es más digno si llevan su comida a la casa y la comparten”, dijo Lila Calderón, referente del barrio.

Colaboradores
También alimentan a los voluntarios

La mayoría de los vecinos que colaboran con los comedores trabaja a cambio de comida, no por un sueldo. En el Barrio Obrero está tan aceitado el mecanismo, que las personas se van rotando para estar al frente de la olla de lunes a viernes y cocinar las raciones que reparten a los más necesitados. “Hay que seguir organizándonos porque esta situación va a ser cada vez peor. Se va a notar más cerca de las fiestas de fin de año”, vaticinó la referente barrial Lila Calderón.

La dirigente vecinal destacó que el vecino vaya a trabajar al comedor del lugar y no espere que se le regale nada. “Todos ayudan, ya sea lavando una olla, y lo hacen de forma colectiva”, destacó.

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