Gloria tenía 11 años cuando conoció la calle. Entonces escapó del horror de un padre que la golpeaba con una cadena y abusaba de ella. Era muy chica para dejar su casa, pero más duro era quedarse. Nació en Roca, luego se fue a Neuquén, pero no recuerda bien cómo ni cuándo llegó. Hay cosas que la memoria no resiste y prefiere callar, negar, olvidar. Gloria va y viene en su relato, y apenas recuerda al hijo de un año que tenía en ese momento, y la alcantarilla donde buscó refugio con su madre.
En la calle pasó buena parte de su vida, y allí vuelve, después de pasar un tiempo en hogares o algunas piezas que le alquila el Estado. Pero vuelve, siempre.

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Por eso, cuando la gente le pregunta cómo hace para vivir debajo del puente carretero, o se indigna y pide al Estado que se haga cargo, no responde con bronca, no rompe en llanto, ni se esconde detrás de la cobija que armó sobre uno de los pilares. Dice que tuvo una "mala vida" y está "acostumbrada" a vivir en la calle.

Abusos: Cuando Gloria era chiquita, su padre la violó. Ese fue uno de los detonantes para irse de casa.

Hoy tiene 40 años y la sola compañía de una perra, a la que llama Camila. "No confío en la gente, me ha hecho mucho daño", dice. Y menos quiere hablar de su familia, o recibir su ayuda.

Sin embargo, al mismo tiempo reconoce el gesto de algunos "amigos" solidarios, vecinos de los barrios Costa Norte y Costa Sur, en Cipolletti; y exhibe con orgullo la camiseta de Boca Juniors que lleva puesta.

"Camila es mi guardiana y quiero que a ella también la acepten, si no, no me voy a ningún lado", sostiene. Hace dos semanas que vive debajo del puente carretero. Llegó hasta ahí porque dice que la echaron de la casa particular que le alquilaba el Ministerio de Desarrollo Social de Neuquén, en el barrio Villa Ceferino de la vecina capital. "Tuve problemas con la señora, no pagaron el mes y me tuve que ir", comenta. Eso fue el 8 de marzo, justo el Día de la Mujer.

Un peregrinar constante

Se fue al puente, luego pasó unos días en el hogar Rayito de Sol y de ahí también se tuvo que ir. Según Gloria, no pudo quedarse porque el lugar está destinado a víctimas de violencia familiar. Ahora, dice que le ofrecen una pieza en el barrio Confluencia. "Voy a ver si me aceptan a Camila, si no, me quedo acá. A la perrita no la puedo abandonar", reitera.
Si no hay problema, confiesa que está dispuesta a ocupar esa pieza, pero hace una salvedad: "Si el Ministerio de Desarrollo Social no paga el alquiler, que no me digan nada a mí, porque yo no tengo la culpa".

Chapas oxidadas resguardan su lugar en el mundo. Detrás de esa precaria defensa, atesora lo poco que tiene, y lleva y trae en su peregrinar callejero. Tiene un cassette de Los Rancheros del Sur que no puede escuchar; una pava ennegrecida que no puede usar, ropa revuelta, víveres, un pequeño armario y su cama. Por debajo, asoma el hocico de Camila, enroscada en una frazada, como si eso fuera a protegerla de la humedad de la tierra y el frío.

Pide que vuelva la tía Nancy -una trabajadora de Acción Social- a ocuparse de ella. Y recuerda con mucho cariño a Lorena Rua, una médica del hospital Bouquet Roldán, a la que llama su "mamá del corazón". Pero no quiere saber nada con el personal de Salud Mental. "Yo no estoy loca", aseveró.

Solidaridad constante de los vecinos de la zona ribereña

La situación de calle que Gloria vive casi con naturalidad causa espanto, preocupación y profundo malestar entre muchos de los vecinos que viven en los barrios lindantes al puente, como Costa Norte y Sur y Labraña, además de los miles de automovilistas que suelen pasar por ahí.

Solidarizados con la mujer, tratan de que su estadía sea un poco menos terrible. Sol, una vecina del barrio, le ofrece su casa para que cargue su teléfono celular y pueda así mantenerse comunicada.
Otra, a la que no le sabe el nombre, le lleva un café que ameniza sus despertares en la intemperie. Irma, otra mujer de la zona, se acerca a menudo con comida o la invita a su casa a tomar unos mates. "Hace más de dos semanas que esta pobre mujer está acá y la gente que viene promete y no hace nada; o viene, hace bulla o se burla y se va nomás", dice.

Contó también con la mano de otra vecina que le ofreció en su momento guardar sus pertenencias; y otros automovilistas, como la conductora que ayer frenó su marcha para dejarle una pava nueva, una ollita y una sopa, le acercan ayuda solidaria.

A pocos metros de Gloria y su refugio errante también existe una carpa, donde hace por lo menos un mes vive un hombre, como ella, en situación de calle.


Intervención infructuosa por parte del Municipio


Cuando las asistentes de la secretaría de Desarrollo Humano del Municipio cipoleño se enteraron de la difícil y traumática situación que está viviendo Gloria, se acercaron a verla y le ofrecieron alojarla en un hostal de esta ciudad, con dinero que ofrecía el área de Desarrollo Social de Neuquén. Sin embargo, la titular de de Desarrollo Humano y Familia de Cipolletti, Marta Seguel, contó que estuvo algunos días y quiso irse de ahí, teniendo la posibilidad de quedarse sin tener gastos que afrontar.
La mujer, por su parte, contó que se quiso ir del lugar porque tenía todas sus cosas debajo del puente y no las quería perder.

Incluso fue a verla una ambulancia del hospital Pedro Moguillansky, pero la mujer se puso mal y no se quiso subir. "No estoy loca, no quiero a la gente de Salud Mental", repitió Gloria, quien se enoja cuando ponen en duda sus aptitudes psíquicas.
Seguel, en tanto, dijo que se realizaron múltiples intervenciones para que la mujer no viviera en el puente, pero no acepta los recursos que se le dan, y agregó: "No sabemos por qué se pone en esa situación de riesgo. Cobra una pensión, tiene un certificado de discapacidad y la posibilidad de alquilar, pero no lo hace".

Intervención de Salud Mental

A su entender, no puede tomar decisiones por sí sola y ya se están articulando acciones para que intervenga el área de Salud Mental del hospital cipoleño, en conjunto con el hospital cabecera de Neuquén, el Castro Rendón.

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