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Tras 39 años, descubrió quién la secuestró y abusó por una Historia del Crimen

El hallazgo se produjo cuando leía la historia del crimen del Serbio Cuculich, el primer agresor sexual serial que fue condenado en Neuquén en los 80. Ahora se sabe que el Serbio comenzó cazando adolescentes en Cipolletti.

Adriana tiene 55 años y golpea a la puerta de mi casa. La reconozco de inmediato porque trabaja en el barrio. Ella es de mediana estatura y robusta, tiene tez blanca y en sus ojos la profundidad de un hallazgo inesperado.

Me saludó sosteniendo su bicicleta y me preguntó si podía hablar conmigo. Luego me dio un argumento más que válido para que la dejara ingresar de inmediato a mi casa: “Fui víctima de Cuculich”.

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Mis sentidos se agudizaron violentamente y recordé al instante al Serbio, el primer agresor sexual serial que cazó a adolescentes vírgenes en Neuquén.

En esa historia, de mediados de la década del 80, no se supo si hubo más víctimas en Neuquén y el resto de la región. Ahora, Adriana, nacida y criada en Cipolletti, era una respuesta a esa intriga.

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El sátiro

El caso de Luis Antonio Cuculich no tuvo mayor trascendencia ya que su in crescendo furtivo se produjo después del mundial de México 1986, donde la selección argentina se consagró campeona de la mano de Carlos Salvador Bilardo y de un Diego Maradona en su mayor esplendor.

El país estaba sumido en el paroxismo desatado por una hazaña épica, con una victoria a Inglaterra -tras la guerra de Malvinas- con dos goles históricos del Diego, en los que exhibió todo el potencial del potrero nacional, mezclando la picardía con la habilidad propia de un genio en su arte: el fútbol.

Esto permite entender el contexto por el cual la historia del Serbio no tuvo gran impacto. Además, fue la primera vez que las autoridades policiales y judiciales neuquinas se enfrentaron a un “serial”.

De hecho, tras estallar los ataques en septiembre de 1986, gracias a la memoria extraordinaria de un viejo pesquisa, en Neuquén se pudo rescatar un caso de mayo de 1984 del que luego se comprobó que también Cuculich fue el autor.

Ese ataque, de 1984, se creyó hasta ahora que había sido el primero, pero el Serbio ya venía ensayando y perfeccionando su modus operandi.

Un contexto para la víctima

Adriana nació y se crio en Cipolletti. Es hija de una familia muy humilde que en la década del 80 alquilaba una casa en el barrio Villa Alicia, sobre calle Las Heras.

Su mamá trabajaba en el Sanatorio Río Negro y ella tenía que ayudar en la casa y cuidar a su hermano más chico, por lo que estudiaba en el nocturno que funcionaba en la Escuela 53 Bernardino Rivadavia, ubicada en Hipólito Yrigoyen y Sarmiento, pegada al Paseo de la Familia, en pleno centro cipoleño.

En 1983, ella volvía a su casa bajando por la calle Italia hasta Fernández Oro y de ahí caminaba hasta Brentana para luego cruzar las vías y seguir por Toschi hasta Las Heras. Su casa quedaba a unas 10 cuadras y había noches en las que su hermano se acercaba hasta las vías para acompañarla en el trayecto.

El ataque que sufrió Adriana ocurrió en abril de ese año, cuando todavía la dictadura más oscura de todas estaba vigente en el país.

En 1982, el presidente de facto, Reynaldo Benito Antonio Bignone, se había comprometido a llamar a elecciones, pero recién lo concretó después de una entrevista, en febrero de 1983, donde Ramón Camps, jefe de la Policía bonaerense, la más corrupta del país, admitiera la desaparición forzada de personas y reconociera que en su mayoría habían sido torturadas y asesinadas.

Los partidos políticos recobraron su actividad militante de cara a sus internas y las elecciones nacionales se desarrollaron el 30 de octubre, con la victoria del radical Raúl Alfonsín.

Mientras tanto, en las calles, las fuerzas de seguridad seguían manejándose a su antojo y sembrando el terror.

¿Por qué todo este contexto? Porque el Serbio aprovechó esa coyuntura para idear su modus operandi y dar rienda suelta a su perversión.

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Dos abordajes

Todo ocurrió una noche de finales de abril de 1983. Adriana no recuerda la fecha con exactitud, pero sí todo lo que padeció.

“Yo había salido de la nocturna a eso de las 21 y me dirigía a mi casa. Era la única que iba para ese lado porque el resto de mis compañeros vivían más para el centro”, detalló.

Su recorrido arrancó, como todas las noches, caminando por Yrigoyen en dirección a Italia, cortando camino por el Paseo de la Familia, “que en ese entonces era una placita”, describió la cipoleña.

Luego, cruzó la calle Roca, en cuya esquina estaba el supermercado Cooperativa Obrera, y siguió caminando hasta San Martín.

“Justo frente a la farmacia que había en esa época (ahora, farmacia Limay), me paró un auto y el hombre me dijo que era policía, me mostró una tarjetita verde, y me contó que no era de Río Negro y que estaba buscando una dirección. Me pidió que lo acompañara, pero yo le dije que fuera a preguntar a la Comisaría Cuarta que estaba a la vuelta por calle Roca, frente a lo que era el Banco Provincia de Río Negro. Le indiqué cómo llegar y seguí caminando”, relató Adriana sobre ese primer encuentro, que la había inquietado porque la Policía generaba temor en los adolescentes y jóvenes.

La cipoleña siguió su trayecto habitual, pero el Serbio hizo un rodeo con su auto y la terminó alcanzando en Fernández Oro y Brentana. A los fines de su cacería, la adolescente solitaria en medio de la noche era una presa perfecta.

“En esa esquina me paró de nuevo, me dijo que no había encontrado la comisaría, me volvió a decir que no era de Río Negro y me insistió en que me subiera y lo acompañara. Yo le volví a explicar cómo llegar a la comisaría, ¡qué ingenua!”, señaló Adriana, revisando el episodio a la distancia. “Fue ahí que cambió el tono de voz y me dijo ‘subí si no te voy a tener que llevar detenida, me indicás el lugar al que tengo que ir y te bajás’”, reveló la mujer sobre la intimidación recibida.

Ese temor que había a las fuerzas de seguridad invadió el cuerpo de aquella adolescente, que hoy admite: “Me subí por miedo”.

Abuso y custodia

Ni bien se sentó en el asiento del acompañante, Adriana le indicó que tenía que tenía que doblar por Brentana, pero el hombre hizo caso omiso y tomó por General Paz para luego subir por Circunvalación.

“En ese momento todo era zona de chacras y baldíos. Me quedé paralizada y abracé fuerte mi mochila contra mi cuerpo”, describió.

Durante el trayecto, el miedo y la incertidumbre no le permitían imaginar qué pretendía ese supuesto policía.

Es natural en los seres humanos, al igual que otras especies, tener diferentes respuestas frente al peligro. Algunos huyen, otros luchan y muchos se paralizan. Adriana se paralizó.

“Durante el trayecto me comenzó a preguntar sobre mi vida, mi familia, si estaba de novia y si había tenido relaciones. Después paró en un descampado, me manoseó con una mano y con la otra se masturbó”, detalló la mujer, que todavía recuerda el espanto y las sensaciones sombrías que soportó en ese momento.

El tormento se extendió durante tres horas. Cerca de la medianoche, Cuculich la dejó a unas cuatro cuadras de Toschi sobre las vías del tren, pero la condicionó: “Ojo que, si contás algo, voy a volver”.

Esa última frase amenazante, musitada con tono lascivo a centímetros del rostro de la joven, caló hondo en su ser.

Ni bien puso un pie en sobre la calle, Adriana comenzó lentamente a acelerar el paso hasta terminar corriendo con desesperación. Una tormenta de sentimientos repulsivos sacudía todo su cuerpo. Cuando quiso acordarse, estaba en los brazos de su madre, acurrucada, vulnerable y llorando a más no poder.

El epílogo de su pesadilla fue el prólogo de la furia de su madre. “Mi mamá, después de un rato, fue al Sanatorio Río Negro y a un compañero que era policía le contó todo y él le dijo que fuera a denunciar”, reveló Adriana, que se emociona profundamente al recordar a su madre, que falleció a principios de este año.

En la Comisaría Cuarta radicaron la denuncia y ahí quedó expuesto el shock.

“Los policías me preguntaban por el rostro para hacer un identikit, pero yo solo recordaba que tenía ojos claros, el resto estaba todo borroso. Hasta ahora trato de buscar su rostro, pero es una imagen toda nublada”, describió Adriana.

Producto de la amenaza esgrimida por el Serbio, la Policía le puso custodia e incluso hablaron en forma discreta con las autoridades del colegio nocturno.

Durante una semana, Adriana estuvo vigilada por personal policial. Luego, debió retomar su rutina, a duras penas y sin ningún tipo de ayuda psicológica, una herramienta que no se utilizaba por ese entonces, desgraciadamente.

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Secuelas

La joven Adriana de 16 años acusó recibo del ataque del Serbio. Por más que continuó yendo al colegio, tras las vacaciones de invierno resolvió abandonar los estudios.

“Se me hizo todo muy difícil”, contó Adriana, que se quiebra y con lágrimas descendiendo por sus mejillas explica con crudeza: “Yo lo único que quería era ser fea, para que nadie me mirara ni me hiciera nada. Yo era reflaca y a partir de ahí, empecé a engordar”.

Hoy, Adriana tiene problemas de sobrepeso, es solitaria y no tiene hijos. Ella aprieta fuerte los labios cuando asegura que soñaba todo lo contrario para su vida.

“Le agradezco porque ahora que sé quién me hizo esto, al menos me permite cerrar un pasaje muy amargo de mi vida”, concluyó Adriana tras la larga charla y se fue caminando lentamente con la bicicleta a un costado.

Modus operandi

El relato de Adriana es coincidente en todo con el modus operandi que desplegó Cuculich en los años posteriores y se puede observar con claridad en cada uno de los cuatro ataques por los cuales lo condenaron en Neuquén.

A sus presas las seleccionaba en la calle, merodeando. Por lo general, abordó a estudiantes porque le daban la certeza de que eran púberes o adolescentes.

Su método de aproximación era sorpresivo para las víctimas. Él utilizaba el artilugio de hacerse pasar por policía y mostraba una pequeña credencial.

En simultáneo, desplegaba un mecanismo de control con el que buscaba tranquilizar y generar confianza, además de intimidar con el poder de la autoridad, por eso le funcionaba muy bien la amenaza de la detención cuando se complicaba el ardid y así rompía la resistencia de la víctima.

Una vez dentro del vehículo, por precaución, se las llevaba a zonas alejadas o baldías. En el camino les hacía preguntas hasta llegar a conocer en concreto lo que le interesaba: si eran vírgenes.

Tras el abuso, a todas sus víctimas las dejó en zonas habitadas y cercanas a sus domicilios o el lugar de captura. Y, por último, la amenaza para que no contaran nada.

Todo este accionar figura con claridad en la sentencia del 7 de abril de 1988 cuando la Justicia neuquina lo condenó por cuatro casos, los que en ese momento eran calificados como delitos contra la honestidad.

Los forenses que entrevistaron a Cuculich dejaron sentado en sus informes: “Psicopatía sexual, actitudes asumidas, conductas realizadas de manera coincidente; incluso, las víctimas manifestaron no solo haber sido intimidadas con ser detenidas sino también golpeadas. Había patrones de perversión y sadismo”.

El Serbio, como todo violador, no viola por estar excitado sino que lo excita violar. En el caso de los sádicos, alimentan su excitación el sufrimiento y el temor de sus víctimas, ante las cuales se encuentran en una condición de poder por la cual también gozan.

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Condena y reincidencia

Los jueces de la Cámara Criminal Primera, Arturo González Taboada, Federico Gigena Basombrio y Roberto Savariano, aplicaron todo el potencial de la ley y condenaron a Cuculich a 24 años de prisión cuando el máximo era 25.

Además, hablaron de las graves secuelas que implicaba para estas jóvenes vírgenes el haber ingresado a la vida sexual tras un abuso y aseguraron: “Arruinó sus vidas”. El testimonio de Adriana es contundente en ese sentido.

El gobierno neuquino le dictó por decreto tres indultos de reducción de pena, un poder que tenía por esos años el Ejecutivo provincial.

En marzo de 1994, recibió una reducción de seis meses. En noviembre de 1995, le restaron cuatro meses más y, finalmente, en octubre de 1999, le redujeron otros seis meses.

Tras permanecer casi 15 años preso, en diciembre de 2001 el Serbio accedió a la libertad condicional y recibió dos denuncias por nuevos intentos de abuso, uno en noviembre de 2002 y el otro en enero de 2003.

Una de sus víctimas, que trabaja en el Poder Judicial, todavía conserva el horror de “esos ojos celestes y su mirada reptiliana”. Los mismos ojos claros que quedaron grabados en la memoria de Adriana.

En definitiva, el Serbio está en libertad desde julio de 2009 y a sus 78 años sigue viviendo en Neuquén tras pagar su pena.

Para sus víctimas, el daño sufrido sigue ahí latente, tal como dijeron los jueces: “Arruinó sus vidas”.

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