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Tienda El Diente de Oro: emblemático comercio de Cipolletti

La preservación del histórico edificio cipoleño y la labor del Colegio de Arquitectos de Río Negro.

La preservación del patrimonio histórico y cultural de un determinado lugar ha sido objeto de la sanción de normativas que contemplan su resguardo. Desde el punto de vista arquitectónico e histórico merecen su conservación, pues son testigos del pasado inmediato de la historia de las ciudades.

Colonia Lucinda, hoy Cipolletti, fue fundada por el general Fernández Oro, y su trazado en damero comienza paralelo a las vías del ferrocarril de la Estación Limay. Esto demuestra la importancia que se le daba al ferrocarril en el desarrollo de un poblado que surgió como “de servicios” para toda una incipiente zona rural agrícola. Y como todo pueblo creado frente a una estación de trenes, su principal calle desde el punto de vista comercial y social, era la primera longitudinal a las vías: en el caso de Colonia Lucinda, esa calle es la que luego se llamaría Fernández Oro.

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Se establecieron allí hoteles, bares, la primera botica, herrerías, ramos generales y las principales “casas de negocios” como se decía entonces. Entre ellas, en 1930, un comercio de ropas, telas, muebles, artículos del hogar, conocida como El Diente de Oro: se instaló en la esquina con Villegas, frente al bar Americano. Ahí se vendía ropa, muebles, sombreros y artículos del hogar. Dijimos que esa calle tuvo un protagonismo central en la vida comercial del incipiente poblado, con la aparición de la primera botica y el Hotel Argentino. Cuando Cipolletti cumplió sus 90 años el Rotary Club publicó un libro, en el que encontramos el testimonio de Flora Fromer, descendiente de sus primeros dueños: “A los chicos, vecinos del lugar, les encantaba jugar allí, subían al corredor del entrepiso, entre los placares de la trastienda o en el galpón del patio donde se escondían entre los colchones y camas que había para vender”. Entre sus recuerdos estaba la imagen de Gil Faigenbaum, que vivía en Buenos Aires y venía por temporadas a Cipolletti. El encargado era Moisés Wajntraub, su cuñado y hombre de confianza, que a su vez hacía de casero. Flora recordaba a Gil en su escritorio escribiendo en su libro de contabilidad, y la figura de Moisés tecleando en una inmensa máquina plateada, antes de que sonara el timbre que anticipaba que se estaba abriendo la caja. El nombre de la tienda surgió porque Gil tenía un diente de oro y terminó quedándole ese nombre.

También fueron sus propietarios los hermanos Schuvaks y tuvieron sucursales en otros pueblos del valle. En Allen sobrevivió con don José Skop: a su muerte, su hija Luisa y su esposo Mauricio Zenker se encargaron de la tienda.

Tenía cierto prestigio por las facilidades que daban a sus clientes. Muy común en esas épocas era lo del pago “después de la cosecha”, según contaba el padre de un arquitecto cipoleño. Y agregó: “Claro, no había inflación”.

Con el correr de los años la ciudad creció hacia el norte. Primero hacia la calle San Martín, luego Roca, Villegas. Se corrió el centro comercial y, como todo emprendimiento familiar, en la segunda o tercera generación comenzó a decaer la atención hasta que cerró y el edificio quedó totalmente abandonado.

Este abandono generó deudas por tasas en favor del municipio, tan importantes como para que los sucesores de los hermanos Schuvaks, en 1994, decidieran donar la propiedad en favor del municipio a cambio de la condonación de la deuda y con la condición de que su uso futuro fuera para actividades culturales y/o benéficas. La donación efectiva nunca se llevó a cabo por la complejidad de reunir a todos los sucesores, de todos modos, la Municipalidad tomó posesión del predio.

Hubo dos intentos de uso del edificio. El primero, un particular con un emprendimiento probablemente gastronómico y el segundo, una asociación civil cipoleña. Ambos casos fracasaron por falta de recursos económicos. En 2003, durante la intendencia de Julio Arriaga, al cumplirse el primer centenario de la ciudad, se refaccionó su fachada. Sin embargo, su interior se siguió deteriorando y fue ocupado temporariamente por personas en situación de calle. En 2017, el Colegio de Arquitectos de Río Negro, desde la Seccional IV con sede en Cipolletti, ofreció al municipio la recuperación del edificio como patrimonio histórico.

La figura de adjudicación fue la de comodato por 99 años y el Colegio se encargará del juicio por usucapión a favor del municipio para legalizar la tenencia. En 2020, se realizó un concurso de anteproyectos con programa arquitectónico que prevé el funcionamiento del Colegio de Arquitectos y la generación de espacios que puedan ser usados por la comunidad, como una plaza central para distintos encuentros y un salón de usos múltiples. El concurso se realizó entre arquitectos de las provincias de Río Negro y Neuquén, y sus ganadores fueron Mauricio Rivera y Alejandro Rousiot Moyra.

Como parte de las obras comprometidas, en 2022 se comenzaron las tareas de refuerzo de los muros de fachada, demolición de las paredes interiores con peligro de derrumbe y retiro de escombros. Actualmente se están llevando a cabo trabajos de restauración de puertas y ventanas.

Esta es la historia resumida de un antiguo comercio, símbolo de la ciudad cipoleña y que, gracias a la labor de un colegio de profesionales abocados a cuidar, proteger y recuperar el patrimonio histórico de la ciudad, aquellos testigos de épocas pasadas, se revivió su historia. Agradezco a los arquitectos que me asesoraron para evocar estos recuerdos, que más que recuerdos son puertas abiertas a la historia viva de uno de los lugares emblemáticos de nuestra región.

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