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La vida del único burrero que queda en Cipolletti

La ciudad supo ser una de las mecas del turf del interior del país, pero de la actividad solo quedan recuerdos y el trabajo de Daniel Chiacchiarini, quien continúa cuidando caballos y agitando el puño eufórico cuando compiten.

El club Hípico Martín Fierro, en el Puente 83, solía desbordar de público proveniente de toda la zona y puntos alejados del país para disfrutar de aquellas apasionantes jornadas.

Los primero de Mayo eran excepcionales, ya que mientras en el mundo se conmemoraba el Día del Trabajador, en su cancha de casi 600 metros se corrían las Pollas de Potrillos y grandes clásicos con los cracks del momento. Era tanta la muchedumbre que llegaba, que hasta se hacía difícil caminar. Y, claro, se jugaban fortunas.

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Como dice el tango, de eso hoy solo queda el recuerdo. El predio ya no existe y tampoco quedan studs como los que había hasta hace años.

Además, la vida se encargó de llevarse aquella generación entusiasta de burreros que tenían determinados espacios de encuentros donde se charlaba de caballos, competencias, tiempos, sangre, jockeys, cuidadores y otras yerbas.

Uno de los últimos exponentes cipoleños que se encuentra en actividad es Daniel

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cchiarini, entrenador que ha ganado notoriedad y prestigio con una larga lista de logros con ejemplares que se codearon con los mejores del país.

El Chacha, como le dicen, no entró al turf por herencia familiar, como suele ocurrir, sino que adoptó la actividad y el amor por los caballos de joven por gusto propio y lo abrazó con una pasión que sigue intacta.

“Se es o no se es burrero. No hay término medio”, remarca este cipoleño de 67 años, quien actualmente tiene a cargo ocho animales en los boxes de la villa hípica del hipódromo de Neuquén.

Pero además cumplió los más diversos roles en la actividad: fue encargado del Martín Fierro, al que presidió, empleado administrativo, starter (el que abre las gateras), rematador de apuestas, organizador y, por su puesto, cuidador.

“Hice de todo. No fui jockey porque… mirame” afirma con un gesto para exaltar su corpulencia, que en cambio lo favoreció para jugar al rugby.

En estos años ha recorrido una y otra vez el abanico de sensaciones que suelen estallar tras el cruce del disco. Desde la euforia del éxito a la desazón de las derrotas, y el desconsuelo por la lesión de un pupilo.

Y como la charla con un carrerista experimentado se puede alimentar con infinidades de anécdotas, surgen nombres de caballos, jinetes, cuidas, competencias, sueltas, vareos, domas, herradas y tantos otros sucesos y circunstancias que envuelven a la disciplina.

La largada

La sangre burrera le comenzó a fluir cuando era un jovencito que alcanzaba la mayoría de edad en una chacra que se papá, fruticultor, alquilaba en la zona del 15, el paraje ubicado entre Barda del Medio y Contralmirante Cordero, donde había algunos caballos. Medio como un juego, comenzó a preparar algunos de ellos y se entreveró en las pruebas que hacían en el viejo hípico de Barda. Con el tiempo después montó un stud en una chacra de El Chañar y comenzó a entrenar a un ejemplar de Bahía Blanca, cedido por Darío Duarte, recordado piloto y cuidador de mil batallas.

Más tarde se trasladó a Cipolletti y participó en el stud Los Chicos, que se ubicaba en una chacra de Cuatro Esquinas.

Ya para entonces se las ingeniaba en el arte de herrar, es decir colocarles las herraduras en las patas de los animales, una labor que requiere precisión dado que mal hecho puede resultar motivo de fracaso.

Tiempo después se vinculó al Martín Fierro cuando había una decena de studs, con varias familias asentadas y una actividad intensa.

Estuvo a cargo de la parte de mantenimiento, pero hacía de todo.

Con los años recorrió el Valle Medio con Satel Franco, un amigo entrañable, con quien organizaban competencias y él remataba. También anduvo por San Luis, en el hipódromo, La Punta. Con la caída definitiva del hípico cipoleño, hizo base en Neuquén, hasta la actualidad.

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Los Chicos y El Albinegro

El nombre del stud en el universo oficial importa por sus implicancias administrativa, pero también lleva una carga identificatoria.

En San Luis, Chiachiarini creó el propio para tener sus caballos y le puso como nombre nada menos que “El Albinegro”, como homenaje al Club Cipolletti, del que es hincha. Con esa misma denominación se presenta también en los hipódromos oficiales de Palermo, San Isidro y La Plata, dado que logró la patente, una habilitación no tan sencilla de obtener.

En tanto que para las carreras en “la calle”, como se conoce a las cuadreras, utiliza “Los Chicos”, como tributo a aquel establecimiento de Cuatro Esquinas. De hecho, heredó el gran cartel hecho por un artesano con una cantonera, y hoy lo tiene colado en su base del hipódromo neuquino.

Cuidar caballos de carrera y lograr éxitos requiere de una fina habilidad que parte de reconocer el estado físico y anímico del animal; su alimentación y el entrenamiento adecuado para lograr un mayor rendimiento, es decir velocidad. Ya sea de corta o larga distancia.

Chiachiarini dice que el oficio se aprende y que con el tiempo y la práctica se va perfeccionando. También está la inquietud de cada uno, pues ahora los medios tecnológicos permiten el acceso a abundante información y datos estadísticos.

Pero lo fundamental, destaca, es el vínculo con el ejemplar, al que pone en el centro absoluto de la escena.

De allí que enfatiza que “al cuidador lo hace el caballo”.

Los mejores

Al hablar de los ejemplares que más satisfacción le dieron, no duda en mencionar a Cha Cha Cha, Conductor, Polerito y La Chiqui. Todos renombrados clasiqueros que se entreveraron con los mejores en canchas de toda la zona y más allá, en tardes memorables y ante multitudes con mucho dinero en juego.

“En una época tuve los mejores”, afirma. Lo testimonia un álbum con cientos de fotografías del tramo final donde aparece el suyo cruzando primero y de la barra de amigos de siempre con rostros exultantes por el triunfo.

Y en muchas de las imágenes luce sobre la cruz Patricio Peredo, y apreciado jockey que falleció tras una penosa enfermedad en 2018, con quien Chiacchiarini había entablado una estrecha relación de amistad.

Rugby y frutas

Otra pasión que cultivó el Chacha a lo largo de su vida fue el rugby. Jugó en Marabunta desde 18 hasta los 30 años e integró la selección del Alto Valle. Los recuerdos fotográficos lo muestran más esbeltos, con un montón de jugadores destacados entonces.

Por mandato familiar, por otro lado, el Chacha tuvo un extenso desempeño también dentro de la industria de la fruticultura. Su padre tuvo chacras y galpón de empaque, y él lo acompañó. Luego tuvo sus propios emprendimientos.

“El negocio lo conozco bien de punta a punta, años lo hice”, sostiene. Pero aclara que hoy no están dadas las condiciones por el escenario económico desfavorable.

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