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La odisea diaria de vivir en Las Perlas

Los servicios de agua y luz y los colectivos son problemas cotidianos.
Más cercana a Neuquén que a Cipolletti, de la que depende administrativamente, Balsa Las Perlas es una localidad que en los últimos años ha sido elegida por mucha gente del Alto Valle para vivir, atraída por su tranquilidad pero sabiendo de las limitaciones por la falta de servicios en varios sectores.
Su historia está ligada a la de su pionero, el pediatra Miguel Lembeye, quien en 1958 formó la Forestadora del Limay, empresa que adquirió las tierras donde se emplazó el poblado.
Una vez que uno se aleja del cruce con la Ruta 22 y comienza a transitar las calles de tierra y ripio, y cruza el puente, siente que llegó a una zona de frontera, de transición, donde conviven lo rural y lo urbano. 
“Esto va a seguir creciendo, mientras tanto carecemos de servicios. Vendría a ser un barrio de Cipolletti, pero no lo es”, explica Valentín Munsch detrás del mostrador de su despensa mientras despacha fiambre y gaseosas a unos jóvenes que llegaron de Neuquén para refrescarse en las aguas del río Limay para aliviar el calor de la tarde del viernes.
Bien predispuesto a la conversación, este hombre de 68 años, nacido en Santa Rosa, La Pampa, comenta con orgullo que durante casi dos décadas ejerció el oficio de balsero. “Cuando empezamos era fácil porque no era tanta la gente, después  arrancábamos a las 7 de la mañana y terminábamos como a las 11 o 12 de la noche hasta que trasladábamos en balsa a toda la gente”, explica. Luego, en el año 2000, con la construcción del puente carretero hasta la orilla neuquina, la balsa dejó de ser necesaria y Valentín abrió su comercio. A pesar del fuerte crecimiento poblacional, algunos clientes aún lo reconocen por haber sido su balsero durante tanto tiempo. “La gente que ha llegado en estos años se ha escondido en los barrios, y se han hecho algunos impresionantes como Costa Esperanza. Y todo eso generó más complicaciones”, agrega.
Carlos San Martín, de 40 años, también apostó por la tranquilidad al tener la posibilidad de construir su vivienda en un terreno loteado de unas 50 hectáreas impulsado por la asociación civil La Ruca. “Hace cuatro años me escapé de la vorágine de Neuquén donde nací. Y a pesar de la pelea que tenemos que dar para contar con los servicios elegí vivir acá”, cuenta en el taller mecánico que alquila. 
A unos metros, levantando polvo pasa el colectivo, la línea 102 de Indalo, y Carlos aprovecha para comentar que, como la mayoría de los habitantes de Las Perlas, ha padecido las demoras, las roturas y los más de 45 minutos para llegar a Neuquén arriba del mismo. Maira, una joven de 20 años, coincide también en el padecimiento para viajar en colectivo. Y más aún cuando tiene que llevar a sus hijos, de 1 y 3 años, al centro de salud donde una médica generalista atiende solo hasta las 14. “Si le pasa algo a uno de mis hijos que tiene un problema en los bronquios, lo tengo que llevar al (hospital) Bouquet o al Castro (Rendón) y me ha pasado que no me han querido atender por tener domicilio en Río Negro”, apunta la joven, quien no deja de reconocer la importancia que tuvo la apertura del único jardín de infantes el año pasado.
Los días en Balsa Las Perlas pasan con los vecinos de distintas asociaciones reiterando sus reclamos por la prestación de los servicios y de poder contar con mayor control y prevención ante algunos robos “que por lo general los comete gente que no es de acá”. 
Los reclamos son tan antiguos que los vecinos ya los presentaron hasta en la Casa Rosada. Mientras esperan respuestas, siguen haciendo crecer el poblado.
 
Esperanza por el proyecto de autonomía
El referente vecinal Néstor Padilla, uno de los impulsores del proyecto de autonomía de Las Perlas, considera que “esta comunidad fue creciendo y no ha sido acompañada por la asistencia del Estado en lo que respecta a servicios: la energía eléctrica, agua potable, gas y cloacas”. Sin embargo, se muestra optimista en un futuro cercano, por los avances en el proceso de regularización dominial y los compromisos asumidos por el Municipio y la Provincia para otorgar autonomía a la población, de casi 10 mil personas y con un 30 por ciento de jóvenes de entre 18 y 35 años.
“Tuvimos muchos años de postergación, pero en los últimos se trabajó fuertemente en el traspaso de las tierras, para urbanizarlas y mejorar la calidad de los servicios y poder vivir de una manera más digna. Creo que estamos entrando a una etapa de definiciones en el sentido de la integración que es lo que pide la gente”, explica Padilla, quien reside desde hace 31 años en Las Perlas, donde ha podido desplegar su arte y pasión por la orfebrería gracias a este lugar en el que descubrió la “tranquilidad y paz” que busca todo creador “aún comprobando la falta de participación del Estado”.