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La marea de SAO le impone su ritmo a los pescadores

El movimiento del océano les marca el tiempo de entrada y salida al muelle.

El cambiante comportamiento del océano Atlántico que se produce en las costas rionegrinas regala dos paisajes distintos todos los días. Es que esta parte del mar Argentino es uno de los lugares en que es más notable el constante cambio de la masa marina.

En la ría de San Antonio, donde se encuentran el muelle de pescadores y varios balnearios, se puede percibir con claridad esa oscilación que en la playa de Las Grutas determina cuando hay espacio hasta para armar una cancha de fútbol y cuando es tiempo de pegarse a la sombrilla de al lado para no quedarse sin espacio.

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En pleamar el agua alcanza los registros máximos inundando los sectores más elevados de la orilla. Es el momento que esperan los marineros de los barcos pesqueros para partir en busca de capturas o para ingresar a puerto con sus bodegas llenas, dado que luego corren el riesgo de encallar las embarcaciones por falta de profundidad, algo que ha sucedido en innumerables oportunidades.

Es también la ocasión preferida de quienes se acercan a las playas por esparcimiento, mientras que los pescadores deportivos aprovechan para tirar sus líneas.

Seis horas después, como por un milagro de la naturaleza que se repite a diario, el mar comenzará a retirarse hasta dejar enormes extensiones de terrenos totalmente vacías. Los buques del muelle quedan apoyados en sus casos en un suelo apenas húmedo, permitiendo ver la real magnitud de sus tamaños.

A su alrededor, donde horas antes había un cauce, se transforma en una llanura seca donde abundan pequeños cangrejos que se introducen en diminutas cuevas que habitan no bien advierten la presencia humana.

A lo lejos se puede observar un canal que sobrevive a pesar de todo, por donde escurren los últimos vestigios del mar que estuvo un poco antes. Se debe caminar no menos de 200 metros para llegar a ese cauce, o bien se puede hacer el recorrido en un vehículo, aunque siguiendo huellas consolidadas que los lugareños conocen bien, pues persisten lodazales en los que han quedado enterrados vehículos de conductores que ignoran las características del terreno o se arriesgan demasiado. Quien lo padeció alguna vez difícilmente olvide la experiencia, ya que se debe conseguir un tractor o máquina vial para sacar el rodado del pantano. Incidentes que han ocurrido muchas veces también.

En ese río que persiste hasta convertirse en un hilito de agua, los experimentados suelen pescar grandes cantidades de cornalitos o también enganchan pulpos que se guarecen entre las piedras.

Suelen observarse a grupos de niños y jóvenes nativos del lugar que se dedican a capturarlos, para luego venderlos en los comercios cercanos donde los ofrecen como productos frescos, lo que es totalmente cierto.

La ausencia marina tampoco debe desconcentrar al visitante que se adentra en busca de aventura, porque así como se fue, inevitablemente tiene que volver.

CIFRA
200 metros separan el muelle del río.
En el muelle de pescadores, cuando el mar se va, sólo se ve un pequeño río, que sobrevive hasta que vuelve el océano.

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