Es la otra cara uno de los rincones paradisíacos que tiene la costa atlántica rionegrina, y que por sus particulares características muestra notorios y paulatinos cambios del paisaje, por el eterno subibaja del mar.

Al retirarse un cauce lento que va languideciendo hasta la siguiente pleamar queda en el acceso a la bahía. Es ideal para remar, pescar con red, bucear con snorkel, practicar paddle surf (o surf de remo) o zambullirse una y otra vez.

Unos metros más arriba se extiende una formación rocosa abrupta, con la superficie tapizada de mejillones en miniatura que la hacen rugosa y agresiva a las plantas de los pies.

Innumerables lagunas de distinto tamaño, cuevas y otras oquedades, por donde el agua desciende de unos a otros como una fuente natural gigante, quiebran el paisaje.

Esas ollas llegan a tener algunas varios metros de diámetro y hasta uno y medio de profundidad, suficiente para hacer clavados como en una piscina.

Cada tanto aparecen cardúmenes de pececitos huidizos que se pierden entre las irregularidades de las piedras, pero ni siquiera llegan al tamaño de los tradicionales cornalitos que se pueden pescar hasta con un balde en las playas céntricas de Las Grutas, o degustarse en los bares.

Lo más sorprendente es la temperatura que adquiere el agua en esos compartimentos, ya que es habitual que en las jornadas veraniegas pase de tibia a caliente, y no es una exageración.

Quienes lo experimentaron afirman que es una sensación comparable a la que producen las aguas termales.

Es sumamente agradable sumergirse en una de las concavidades y permanecer un buen rato en medio de la quietud que suele reinar allí.

La calidez suele llevar a un encantamiento placentero, pero que desaparecerá bruscamente al salir a la intemperie y una sensación de frescura erizante envuelva, aunque el sol esté pegando con fuerza. Prueba de la temperatura que alcanzan las ollas.

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